Pilar

DE PADRES GATOS… El niño paró de colorear en amarillo las trenzas del dibujo que estaba haciendo en su cuaderno. -Le regalaré a Henar un collar, como el que papá te compró ayer- aseguró- Y unos pendientes. Y un abrigo de piel, el más bonito que tengan en la tienda. La madre dejó de lado el libro, y una sombra de tristeza le nubló el rostro. Abrazó a su hijo y le cubrió de besos. -Pero eso cuenta mucho dinero- alegó dulcemente - ¿De dónde piensas sacarlo? -Pues del Banco- replicó cargado de razón el pequeño y se desligó del abrazo- ¡Mamá, no sabes nada! -¿Y cuando le darás esos regalos a Henar?- continuó interrogándole, ignorando el comentario último. -Se los daré cada vez que sea buena y no me haga enfadar. Igual que hace papi cuando te pide perdón. Así, con tantos regalos, dejará de llorar. Como haces tú. Y no querrá marcharse a vivir a otra casa. Tú no te vas a marchar, ¿a que no, mami? La madre no respondió. Una lágrima furtiva le rodó por la mejilla tumefacta. El niño volvió a enfrascarse en el dibujo y terminó de colorear las trenzas amarillas. FIN
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EVOLUCIÓN Se ofreció Laureano voluntario para el novedoso ensayo. Su carácter, iracundo, intransigente y prepotente le condicionaba, tanto en el trabajo como en las relaciones sociales. Debido a él, había dejado de optar a ese ascenso al que era merecedor y candidato. De igual manera, las mujeres pasaban por su vida como cuentas de rosario, sin llegar a desgranar la letanía. Sintió de inmediato los efectos del tratamiento: se atemperó, colaboraba y ayudaba ahí donde se le requería, incluso sin necesidad de que se lo pidiesen… También notó que se volvía más eficiente y resolutivo, con una capacidad inagotable para solventar asuntos que anteriormente se le hacían muy cuenta arriba. Hasta físicamente comprobó que, aunque apenas perceptible, su cuerpo evolucionaba suavizando los rasgos adustos de su rostro, sus maneras perdieron hosquedad y la voz se tornó comedida. En consecuencia, al finalizar el experimento era una persona nueva. Tan nueva, que pasados unos meses sufrió un cambio más, el definitivo. Estupefacto, corrió a buscar una farmacia para comprar un paquete de compresas. FIN
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AMOR DE SALDO De seis a ocho Emilia vende amor con la mano, por 10 euros, en rincones umbríos, en cines pestilentes, en retretes tabernarios. Cuando el marido llega, a las nueve, la encuentra afanosa, enredada en cazuelas y sartenes; prueba el guiso y se congratula de la buena mano que tiene Emilia para darle el punto preciso. Ella sonríe y le besa en la frente. FIN
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LOS PLATOS ROTOS 
  -¿Dónde está el perro?- El tufo a alcohol precedió a la voz pastosa. Daaani. Hijo de perraaaa… Temblando, Daniel huyó a esconderse bajo la cama, preguntándose de qué mal le culparía ahora. Se acercaban titubeantes los pasos de su padre, sin prisa, hasta rozar la colcha. Podía ver la puntera de la zapatilla rota y un dedo asomando como un periscopio inquisidor. Oyó el golpeteo metódico de la mano sobre el muslo, esperando, empecinada en castigar injustamente. ¿Por qué si él también sufría su ausencia? Recordó el tiempo, cercano, que esa misma mano le acariciaba, la voz amable de papá, cuando le miraba como a un niño… Fue antes de que mamá saliera un día para no volver. ¡Por favor, vuelve! Imploró silencioso. FIN
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PUNTO FINAL
En cuanto entré vi la boina sobre la mesa. Solté la carpeta y sonreí feliz, anticipando el sabor de los caramelos de menta que el abuelo llevaba en el bolsillo para mí, el calor de su abrazo, de sus besos húmedos y sonoros, la caricia de su mano rugosa en mi mejilla; un ritual que se repetía hasta donde alcanzaba mi memoria. Corrí a su encuentro con la ilusión de que se animase a dar un paseo, unos paseos tan largos y ligeros como, ahora, las piernas maltrechas le permitían. Le gustaba hablar; me iba relatando historias antiguas, curiosidades de los lugares por los que deambulábamos; era como leer un libro, pero más divertido porque lo adornaba y contaba tan bien…
Mamá me salió al paso, vestida de oscuro, llorosa, con los brazos abiertos para acogerme, para consolarme.
Odié la boina, redonda y negra, porque era como un punto final.
FIN
Pilar


QUERER CREER
No consigo recordar. ¿Qué es un hada? Me esfuerzo rebuscando en la cabeza embotada por el hambre, el frío que engaño con vino peleón.
Una chispa fugaz me asalta y entreveo a un niño en el regazo de una mujer hermosa, que le acaricia el pelo. ¿Sería ella un hada? Creo que no. ¡Lástima! Era agradable la sensación de sentirse protegido, amado.
Por entre la manta mugrosa que me cubre veo venir, calle abajo, a una muchacha; arrastra los pies por el peso de las bolsas que carga y sonríe a los colegas que van saliendo de los soportales, de entre cartones y trapos, como muertos vivientes; tienden las manos desheredadas hacia los bocadillos y cafés que reparte, y se pierden en las sombras, urgidos por el ansia de devorar.
También a mí ella me regala comida, y una sonrisa luminosa. Vuelvo a mi rincón empuñando mi ración, contento, porque ya sé lo que es un hada.