Pilar
PRIMICIA En el salón del Ateneo ya no cabe un alma. El insigne escritor, Ricardo Luna, anticipa el primer capítulo de su última y demandada obra. Muchos fueron los rumores que, en los dos años que lleva retirado de la vida pública, se barajaron sobre su controvertida persona: que si sufría una enfermedad, que si depresión, que atravesaba una crisis de inspiración, terror al folio en blanco… incluso sus más temerarios detractores y chismógrafos varios dudaban de su cordura. Conjeturas que el excéntrico autor, si no alimentaba, tampoco esclarecía, negándose a pronunciarse ni a recibir en el austero y solitario caserón serrano donde se encerraba. El acto comienza puntual. Luna es recibido con una cerrada ovación. Se hace el silencio, roto únicamente por el frufrú de los folios que el autor despliega sin prisa. Se ajusta los lentes. Carraspea y procede a leer: “En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho…” FIN
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Pilar
EL DÍA QUE ME QUIERAS Yo no existía hasta que estreché su mano. No supe lo que era amor hasta que su mirada ambarina reparó en mí. Tampoco conocía el odio hasta que la vi en brazos de él, embaucador arrogante, depredador infatigable que levantó en torno a ella una cárcel con barrotes de halagos y palabrería hueca, por el mero afán de arrebatármela. Él no la quería. No como yo. Los engaños, traiciones y menosprecio la velaban el rostro, le hacían sufrir, la sonrisa se le congelaba en los labios pálidos, y languidecía. Después de cuatro días ha dejado de llover. Ya no importa. La sangre, con las primeras gotas, desapareció entre el barrizal y los charcos del solar baldío; lo he comprobado. El cielo sigue cubierto, ahora con una manta de nubes algodonosas que se derraman neviscas. El cuchillo quedó mezclado entre los cubiertos desordenados del cajón de la cocina, sin rastro de rojo viscoso la hoja filosa. Él sigue en el descampado, en un hoyo bien profundo, despanzurrado con los ojos vidriosos y la boca torcida. Pronto empezará a pudrirse. No me produce ninguna impresión. Ni remordimiento. Nada. Él se lo ha buscado. Le odiaba. Le odiaba tanto como la quiero a ella que, sentada a mi lado, se pregunta bajito, entre angustiada y liberada, si la habrá abandonado, si volverá, si… La abrazo protector; me embriago con el aroma suave de su pelo y la consuelo. La conforto y miento sin recato. Y espero. FIN
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