MATICES
ROJO-BLANCO-NEGRO
Mi realidad estaba tan falta de
esperanza como mis sueños. Era incapaz de superar la malsana sumisión, de
despistar a la depresión que me
perseguía sin tregua. Me abocó a desear
acabar con todo y dejar atrás mi negra realidad: las habituales visitas a urgencias,
las mentiras para justificar lo injustificable… Y ver llegar la noche sin
haberme quitado todavía las gafas de sol, pretendiendo ocultar lo evidente.
La tarde que cambió mi vida todo en la
habitación se tiñó de rojo; roja la colcha y las cortinas. Roja la pared y la
alfombra. Roja mi ropa y la suya, mis manos y su pecho.
Ahora todo en mi habitación es blanco.
Blancos los muros. Blancas las sábanas, el visillo, las toallas… Y la persiana
y el armario, la cama y el suelo. Las
batas del personal y mi camisón.
Negros son los barrotes de la ventana;
negros como la noche. Me preguntó para qué sirve la noche si apenas logro
dormir porque los recuerdos me mantienen en vela. Y si duermo las pesadillas me
atormentan y vuelvo a verlo todo rojo; roja la colcha y las cortinas. La pared
y la alfombra. Mi ropa. La suya. Y mis manos, mis manos, mis manos…
FIN
POR QUÉ. POR QUÉ
Me
acuerdo de cuando nació mi hermana. Y de mamá sentada en una sillita de enea
dándole el pecho y yo con una cucharilla de juguete pidiéndole que me pusiera
un poquito de leche; sabia malísima, como agria.
Recuerdo
a mi padre en casa, celebrando con sus compañeros de trabajo el nacimiento, y a
uno de ellos que cantaba: “cuando salí de
mi Huerva…”
También
me acuerdo de las navidades; cenábamos en casa de los tíos las tres familias.
Por la tarde, a los niños, nos mandaban al patio de atrás a jugar, al cuidado del primo Nico
que era mayor; también dejaban que nos llevase de paseo hasta la calle ancha.
Allí daba vuelta el tranvía porque era final de línea y también el de la calle
que terminaba en un solar descampado, donde se ponía la feria. Si cierro los ojos me acuerdo del olor aceitoso
a churros y del dulce del chocolate; del aroma refrescante de los pinos y abetos
que se vendían. Del punzante del carburo que iluminaba varios tenderetes, del
picante de los petardos ruidosos. Y el de las castañas asadas. Y el del carbón
y la leña que en bidones quemaban los vendedores para calentarse las manos… Tantos olores tan sugerentes.
Y
ruidos. También recuerdo los sonidos: risas y voces, panderetas y zambombas, el
campanilleo del tranvía llegando y saliendo, la musiquilla alegre del carrusel,
los disparos del tiro al blanco, el vocerío de la tómbola… Nos entreteníamos
curioseando por entre los puestos con adornos navideños, con figuritas del
belén o artículos de broma. Y terminábamos montando en los caballitos; a mí me
gustaba especialmente una moto y en cierta ocasión la moto se desprendió y me
caí; no me hice nada, pero me asusté y lloraba; Nico organizó un escándalo y el
hombre del tiovivo nos invitó a montar gratis hasta que llegó la hora de volver
a casa.
Me
acuerdo que después de cenar los papás encendían cohetes y bengalas y nos daban
guirnaldas y gorros; a mí me tocó uno como de dama antigua y recuerdo que era
de color azul con un tul muy largo que se enroscaba en el cuello. Era precioso.
Me
acuerdo de muchas cosas de mi infancia, pero por qué no me acuerdo de mi
nombre, ni de qué hago en esta habitación, de cuándo y qué he comido… No me
acuerdo, señorita. Por qué no me acuerdo…
FIN
EL
BOTONES
Ya de lejos, antes
siquiera de que nos presentasen, Lucía Quiroga, la nueva directora, empezó a
caerme mal. Llegaba con aires de reina,
rodeada de una cohorte de admiradores que la adulaban buscando una mirada, una sonrisa,
un gesto que indicase que había reparado en él pelota de turno. Era vergonzoso ver a todos los empleados de
la oficina compitiendo a brazo partido para proclamar su buen hacer, su capacidad y experiencia…
Yo, con mi
uniforme impecable, los botones de la chaquetilla más relucientes que nunca y
el gorro en la mano, permanecía
respetuosamente en mi puesto, observando, tomando nota mental de los lame
culos:
A la cabeza, Juan,
el contable, seguro que acababa deslomado de tanta reverencia. A Cosme,
guaperas oficial de la empresa, se le
iban a constipar los ojos y a caer las pestañas de tanto abanicarlas para
lucirse. Hasta a Petrita, la oronda y
canosa secretaria, seguramente se le oxidarían
los pendientes y los empastes de tanta sonrisa como lucía. Y lo de
Nemesio, el temible jefe de recursos humanos, ya era de vergüenza su servilismo
y baboseo.
Pasaron ante mí en
tropel, sin dedicarme ni un “buenos días.”
De acuerdo, me dije, Ángelito, la hora del café no está lejos y hoy me
parece que a más de uno se le va a amargar la mañana: un empujoncito aquí, un
descuido allá…
FIN
A
VISTA DE PÁJARO
Aparecen de noche por la
esquina de la calle intentando controlar a sus perros, que casi los arrastran a
fuerza de tirar de las correas. Me gusta observarlos desde la ventana, no por
curiosear, sino por ver los alegres jugueteos de los animales brincando y
olisqueándose. Los dueños hablan, seguramente
comentando las incidencias del día, se ríen y caminan del brazo arriba y abajo en
la plaza, sin perder de vista a sus mascotas. Me gusta observarlos porque
cierta noche, desde mi ventana, asistí a su primer encuentro. Un encuentro
bastante accidentado, por cierto: sus respectivos perros, entonces cachorros,
se enredaron con las correas a las piernas de la mujer, que cayó al suelo; el
golpe fue bastante fuerte, tanto que quedó tendida, inmóvil. El hombre le daba
golpecitos en las mejillas para reanimarla, miraba a todas partes buscando
ayuda; no fue necesario, ella se repuso y él la ayudó a sentarse en el
encintado hasta que, al parecer, se le pasaron el mareo y el susto; después,
solícito, la acompañó. Posteriormente y al charlar con la panadera me enteré de
que ella era soltera, solterona, en realidad, que vivía sola con su perro, un
gato y dos periquitos. Él, viudo, un jubilado de buen ver y mejor pasar.
He seguido noche a
noche el desarrollo de su amistad, como en la película esa del Show de Truman pero a diferencia del
final de Truman que logra liberarse, la soltera y el viudo han ligado. Los perros
también y vuelven a tener cachorros.
FIN
HA VUELTO
Le veía rondando por el barrio, en la entrada de la panadería, del banco
o en las escaleras de la iglesia a las horas de oficio. Aquella noche llegó hasta mi puerta y
siguiendo un irreflexivo impulso, abrí y le invité a entrar. Su presencia, por un tiempo mágico, llenó los
vacíos que habitaban mi casa. Por un tiempo; después, se desvaneció y con él mi
anhelo voló como pelusa liviana zarandeada por una ventolera caprichosa.
Esta mañana he vuelto a encontrar la tapa del váter levantada, la segunda
vez en una semana. El baño huele a champú, a crema de afeitar y a loción. En el lado izquierdo de la cama queda una
huella ligeramente hundida y las sábanas, arrugadas, guardan una leve tibieza. ¿Le
tengo o le sueño? ¿Por cuánto tiempo? No importa; mientras, soy feliz.
FIN
CUENTA ATRÁS
Seis minutos. Tic, tac. Casi es la hora. No se retrasa. Nunca se retrasa. La puntualidad es importante. Lo sabe. Él siempre lo sabe todo. Nena, ¿qué se te ha perdido a ti en la calle? Me pregunta y enseguida contesta: nada, la calle tiene muchos peligros para una jovencita tan guapa. Por eso sabe que lo mejor es que no salga del cuarto. Que no abra la puerta, que abra sólo cuando viene a traerme la comida. Y las medicinas. Las medicinas son importantes. Muy importantes porque si no las tomo oigo las voces todo el tiempo; incluso, a veces, veo las manos. Esas garras horribles están en el espejo y se alargan para poder cogerme y, aunque no las vea sé que están por ahí rondándome, no se marchan nunca, Están acechando; entran cuando él abre la puerta y esperan a que me descuide para agarrarme. Si tomo las pastillas puedo dormir y así no me entero si las manos me tocan.
Tic, tac. Tic, tac. Cuatro minutos, faltan cuatro minutos. No me gusta que las manos me desnuden. Ni que me toquen. Dos minutos. El reloj me hace compañía, nunca se para. Tic, tac, tic, tac. Tic… No quiero que me lave con la esponja y esa espuma que huele a flores. Aunque huele mejor que el aliento de él cuando se acerca. Oigo sus pasos. La llave en la cerradura… Ya es la hora, nena, dirá en cuanto abra. Preciosa, ¿no le vas a dar un besito a papá?
FIN
PRIMICIA
En el salón del Ateneo ya no cabe un alma. El insigne escritor, Ricardo Luna, anticipa el primer capítulo de su última y demandada obra. Muchos fueron los rumores que, en los dos años que lleva retirado de la vida pública, se barajaron sobre su controvertida persona: que si sufría una enfermedad, que si depresión, que atravesaba una crisis de inspiración, terror al folio en blanco… incluso sus más temerarios detractores y chismógrafos varios dudaban de su cordura. Conjeturas que el excéntrico autor, si no alimentaba, tampoco esclarecía, negándose a pronunciarse ni a recibir en el austero y solitario caserón serrano donde se encerraba.
El acto comienza puntual. Luna es recibido con una cerrada ovación. Se hace el silencio, roto únicamente por el frufrú de los folios que el autor despliega sin prisa. Se ajusta los lentes. Carraspea y procede a leer:
“En un lugar de la Mancha, de cuyo nombre no quiero acordarme, no ha mucho…”
FIN
EL DÍA QUE ME QUIERAS
Yo no existía hasta que estreché su mano. No supe lo que era amor hasta que su mirada ambarina reparó en mí. Tampoco conocía el odio hasta que la vi en brazos de él, embaucador arrogante, depredador infatigable que levantó en torno a ella una cárcel con barrotes de halagos y palabrería hueca, por el mero afán de arrebatármela. Él no la quería. No como yo. Los engaños, traiciones y menosprecio la velaban el rostro, le hacían sufrir, la sonrisa se le congelaba en los labios pálidos, y languidecía.
Después de cuatro días ha dejado de llover. Ya no importa. La sangre, con las primeras gotas, desapareció entre el barrizal y los charcos del solar baldío; lo he comprobado. El cielo sigue cubierto, ahora con una manta de nubes algodonosas que se derraman neviscas. El cuchillo quedó mezclado entre los cubiertos desordenados del cajón de la cocina, sin rastro de rojo viscoso la hoja filosa.
Él sigue en el descampado, en un hoyo bien profundo, despanzurrado con los ojos vidriosos y la boca torcida. Pronto empezará a pudrirse. No me produce ninguna impresión. Ni remordimiento. Nada. Él se lo ha buscado. Le odiaba. Le odiaba tanto como la quiero a ella que, sentada a mi lado, se pregunta bajito, entre angustiada y liberada, si la habrá abandonado, si volverá, si…
La abrazo protector; me embriago con el aroma suave de su pelo y la consuelo. La conforto y miento sin recato. Y espero.
FIN