TESTIGOS PÉTREOS
Me gustaba aquel jardín calmoso, recoleto y
cuidado, mi lugar preferido para pintar; instalaba el caballete en distintos
rincones y los plasmaba en mis lienzos.
Así fueron llenando las paredes de casa cuadros con árboles y pájaros,
parterres floridos, caminos con paseantes…
Y la fuente de las damas curiosas, un pilón con una columna rematada por
dos efigies femeninas, que parecían
atisbar el horizonte. Imaginaba que ellas vigilaban a los niños que jugaban en
la arena con sus palas y cubos. A los deportistas madrugadores, a las parejas
que se arrullaban de oscurecida. Bajo su
atenta mirada pétrea conocí a Silvia, como yo habitual del jardín; ella sacaba
sus cartas del tarot, las echaba y leía
el futuro a cuantos se acercaban a la mesita portátil que montaba frente a la
fuente. Ella me auguró éxito de venta y crítica de la exposición que planeaba
hacer.
Yo la pronostiqué que si me entregaba su
corazón la amaría siempre. Las damas curiosas han sido testigo mudo de nuestro
amor, un amor que ha perdurado cuarenta años y que seguimos paseando por
nuestro calmoso, recoleto y cuidado jardín.
FIN
MATICES
ROJO-BLANCO-NEGRO
Mi realidad estaba tan falta de
esperanza como mis sueños. Era incapaz de superar la malsana sumisión, de
despistar a la depresión que me
perseguía sin tregua. Me abocó a desear
acabar con todo y dejar atrás mi negra realidad: las habituales visitas a urgencias,
las mentiras para justificar lo injustificable… Y ver llegar la noche sin
haberme quitado todavía las gafas de sol, pretendiendo ocultar lo evidente.
La tarde que cambió mi vida todo en la
habitación se tiñó de rojo; roja la colcha y las cortinas. Roja la pared y la
alfombra. Roja mi ropa y la suya, mis manos y su pecho.
Ahora todo en mi habitación es blanco.
Blancos los muros. Blancas las sábanas, el visillo, las toallas… Y la persiana
y el armario, la cama y el suelo. Las
batas del personal y mi camisón.
Negros son los barrotes de la ventana;
negros como la noche. Me preguntó para qué sirve la noche si apenas logro
dormir porque los recuerdos me mantienen en vela. Y si duermo las pesadillas me
atormentan y vuelvo a verlo todo rojo; roja la colcha y las cortinas. La pared
y la alfombra. Mi ropa. La suya. Y mis manos, mis manos, mis manos…
FIN
POR QUÉ. POR QUÉ
Me
acuerdo de cuando nació mi hermana. Y de mamá sentada en una sillita de enea
dándole el pecho y yo con una cucharilla de juguete pidiéndole que me pusiera
un poquito de leche; sabia malísima, como agria.
Recuerdo
a mi padre en casa, celebrando con sus compañeros de trabajo el nacimiento, y a
uno de ellos que cantaba: “cuando salí de
mi Huerva…”
También
me acuerdo de las navidades; cenábamos en casa de los tíos las tres familias.
Por la tarde, a los niños, nos mandaban al patio de atrás a jugar, al cuidado del primo Nico
que era mayor; también dejaban que nos llevase de paseo hasta la calle ancha.
Allí daba vuelta el tranvía porque era final de línea y también el de la calle
que terminaba en un solar descampado, donde se ponía la feria. Si cierro los ojos me acuerdo del olor aceitoso
a churros y del dulce del chocolate; del aroma refrescante de los pinos y abetos
que se vendían. Del punzante del carburo que iluminaba varios tenderetes, del
picante de los petardos ruidosos. Y el de las castañas asadas. Y el del carbón
y la leña que en bidones quemaban los vendedores para calentarse las manos… Tantos olores tan sugerentes.
Y
ruidos. También recuerdo los sonidos: risas y voces, panderetas y zambombas, el
campanilleo del tranvía llegando y saliendo, la musiquilla alegre del carrusel,
los disparos del tiro al blanco, el vocerío de la tómbola… Nos entreteníamos
curioseando por entre los puestos con adornos navideños, con figuritas del
belén o artículos de broma. Y terminábamos montando en los caballitos; a mí me
gustaba especialmente una moto y en cierta ocasión la moto se desprendió y me
caí; no me hice nada, pero me asusté y lloraba; Nico organizó un escándalo y el
hombre del tiovivo nos invitó a montar gratis hasta que llegó la hora de volver
a casa.
Me
acuerdo que después de cenar los papás encendían cohetes y bengalas y nos daban
guirnaldas y gorros; a mí me tocó uno como de dama antigua y recuerdo que era
de color azul con un tul muy largo que se enroscaba en el cuello. Era precioso.
Me
acuerdo de muchas cosas de mi infancia, pero por qué no me acuerdo de mi
nombre, ni de qué hago en esta habitación, de cuándo y qué he comido… No me
acuerdo, señorita. Por qué no me acuerdo…
FIN
EL
BOTONES
Ya de lejos, antes
siquiera de que nos presentasen, Lucía Quiroga, la nueva directora, empezó a
caerme mal. Llegaba con aires de reina,
rodeada de una cohorte de admiradores que la adulaban buscando una mirada, una sonrisa,
un gesto que indicase que había reparado en él pelota de turno. Era vergonzoso ver a todos los empleados de
la oficina compitiendo a brazo partido para proclamar su buen hacer, su capacidad y experiencia…
Yo, con mi
uniforme impecable, los botones de la chaquetilla más relucientes que nunca y
el gorro en la mano, permanecía
respetuosamente en mi puesto, observando, tomando nota mental de los lame
culos:
A la cabeza, Juan,
el contable, seguro que acababa deslomado de tanta reverencia. A Cosme,
guaperas oficial de la empresa, se le
iban a constipar los ojos y a caer las pestañas de tanto abanicarlas para
lucirse. Hasta a Petrita, la oronda y
canosa secretaria, seguramente se le oxidarían
los pendientes y los empastes de tanta sonrisa como lucía. Y lo de
Nemesio, el temible jefe de recursos humanos, ya era de vergüenza su servilismo
y baboseo.
Pasaron ante mí en
tropel, sin dedicarme ni un “buenos días.”
De acuerdo, me dije, Ángelito, la hora del café no está lejos y hoy me
parece que a más de uno se le va a amargar la mañana: un empujoncito aquí, un
descuido allá…
FIN
A
VISTA DE PÁJARO
Aparecen de noche por la
esquina de la calle intentando controlar a sus perros, que casi los arrastran a
fuerza de tirar de las correas. Me gusta observarlos desde la ventana, no por
curiosear, sino por ver los alegres jugueteos de los animales brincando y
olisqueándose. Los dueños hablan, seguramente
comentando las incidencias del día, se ríen y caminan del brazo arriba y abajo en
la plaza, sin perder de vista a sus mascotas. Me gusta observarlos porque
cierta noche, desde mi ventana, asistí a su primer encuentro. Un encuentro
bastante accidentado, por cierto: sus respectivos perros, entonces cachorros,
se enredaron con las correas a las piernas de la mujer, que cayó al suelo; el
golpe fue bastante fuerte, tanto que quedó tendida, inmóvil. El hombre le daba
golpecitos en las mejillas para reanimarla, miraba a todas partes buscando
ayuda; no fue necesario, ella se repuso y él la ayudó a sentarse en el
encintado hasta que, al parecer, se le pasaron el mareo y el susto; después,
solícito, la acompañó. Posteriormente y al charlar con la panadera me enteré de
que ella era soltera, solterona, en realidad, que vivía sola con su perro, un
gato y dos periquitos. Él, viudo, un jubilado de buen ver y mejor pasar.
He seguido noche a
noche el desarrollo de su amistad, como en la película esa del Show de Truman pero a diferencia del
final de Truman que logra liberarse, la soltera y el viudo han ligado. Los perros
también y vuelven a tener cachorros.
FIN