Pilar


SALTO SIN RED

Solo quiso volar como antes. Si repasan la trayectoria de los últimos años se darán cuenta de que su abuelo había perdido  bastantes facultades desde el accidente. No era el mismo, estaba desorientado, disminuido. No era consciente de sus lagunas y pasaba del raciocinio a la obcecación en un momento. ¿Suicidarse? ¡Ni pensarlo! Si creen eso son ustedes los que desvarían, ¿a quién se le ocurre suicidarse saltando al suelo desde arriba de un silla?
                                                                  
                                                                     FIN
Pilar




PARANOIA

Hace tiempo que sobrevivo alimentándome de momentos robados; de fragmentos de recuerdos, como fotogramas que pasan por mi cabeza sin ilación. Muchas de esas imágenes ni siquiera logro identificarlas: ¿quién será ese niño? ¿Dónde queda esa casa o aquel jardín? Tampoco consigo saber porqué me espían y me persiguen. ¿Y de quiénes son las voces que escucho sin cesar? Me atormentan sin dejarme descansar ni pensar con claridad. Pero al final lo identifiqué: era mi vecino; no paraba de poner música a todo volumen, de gritar, de fisgar por la mirilla, acecharme en la escalera, entrometerse si estoy bien, si necesito algo…  No he tenido más remedio que taparle la boca. ¡Se lo merecía!
Ahora me pregunto quién será la mujer que va a mi lado en este furgón blanco; la miro de reojo y lo que veo me agrada: su perfil correcto, la línea suave del cuello, el busto generoso…  mueve la cabeza y por entre la cofia se le escapan unos rizos del pelo que desprende un intenso perfume a flores. Mejor, porque el furgón huele a medicinas y no me gusta nada. Su ropa, inmaculada, también me agrada. Lástima que sea una perfecta desconocida, o puede que sea uno de los fotogramas…  Lo que no me gusta es que no para de hablar: que cómo me encuentro, que no me preocupe, que me van a cuidar... Y lo repite como una cotorra dislocada una vez y otra y otra… Lástima que las correas que me sujetan las manos me impidan taparle la bocaza. ¡Se lo merece!   

                                                                 FIN
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Pilar


EL ÚLTIMO CAPÍTULO

Se me murió mi viejito querido. Hace ya tiempo que cumplimos las bodas de oro, ¡toda una vida juntos! De todo hubo: lo bueno lo disfrutamos, lo malo lo afrontamos apoyándonos uno en otro.  Nunca tuvimos una palabra más alta que otra; mi viejito tenía un carácter apacible y dejaba en mis manos todos los asuntos domésticos y familiares. No puedo tener ni una queja de él, si acaso, por poner algo, me molestaba que roncara; roncaba mucho y tenía un dormir inquieto, desbarataba la cama y yo pasaba la noche encogida en una esquinita, con la cabeza bajo la almohada para no oírlo. A veces, hasta pensé cambiar el dormitorio y poner camas separadas, pero enseguida me arrepentía, se me antojaba una deserción, una infidelidad, como faltar a los votos que hice cuando me casé: en lo bueno y en lo malo, en la salud y en la enfermedad…  La enfermedad, ¡maldita enfermedad que me lo ha quitado! Sí, ya sé que no tenía esperanza, pero si me lo hubiera respetado un poco más. No, ¡cómo puedo ser tan egoísta sabiendo lo que iba a padecer! ¿Y cómo he podido pensar ni por un momento lo que he pensado? No tengo la cabeza en su sitio y cavilo cosas de lo más peregrinas. Después del entierro, cuando entré en nuestro cuarto, tan vacío, tan desangelado, me quedé parada en la puerta y me eché a llorar; de repente me pasó por la cabeza una idea mezquina: la cama para mí sola, un pensamiento ventajoso, aunque empañado por la dolorosa ausencia de mi querido viejito.
Por la noche, al acostarme, no podía conciliar el sueño, daba vueltas y más vueltas, midiendo la anchura de la cama, con el silencio machacándome en los oídos. ¡Qué incongruencia! Tanto protestar por los ronquidos, y encendí la radio para enjugar el mutismo del cuarto, me acurruqué en mi rincón y al fin me dormí pensando que se cerraba un capítulo de mi vida; al día siguiente, sin falta, compraría una cama individual.
                                        
                                                                 FIN
Pilar
LA PIANISTA

Me paso la tarde con la mirada enredada en el balcón de mí vecina, trepando por los visillos entornados para terminar prendida en su espalda. Se inclina sobre el piano y la tensión que imprime a la interpretación se refleja en sus hombros, sus brazos.
Pongo un disco de polonesas y nocturnos de Chopin y me imagino que ella lo interpreta para mí. Por un girón de las nubes, desafiando a la lluvia mansa, se cuela un rayo de sol que ilumina su cabello plateado.
Desde que quedó viuda ha empezado a dar clases; para entretenerse y sacar unas pesetas, me cuenta nuestra charlatana portera.
Sus pupilos son todos niños; los observo aporrear las teclas y a ella corregirlos, marcarles el compás, mostrarles las notas con un paciencia infinita.
Me reconcomo de envidia. ¿Aceptará a un solterón tímido, amante de la música? Quizá mañana me decida a cruzar el rellano.
                                                   
                                                                FIN

Pilar

 Fotografía original de Michele Cohen



                                               LOS DÍAS BRUMOSOS
Son muchos los días que no puedo con mi vida, especialmente los que, como hoy, amanecen brumosos, con girones de niebla enredados entre los árboles otoñales. Es duro estar solo; los recuerdos acompañan, sí, pero tras el agrado de rememorar un suceso o un encuentro viene la nostalgia, el dolor de saber que ya nada de eso volverá a suceder, que esas personas, los seres queridos, ya no están. Quedo yo, yo solo; bueno, están las chicas, pero ellas tienen su vida, sus obligaciones, su casa… 
¡Qué razón tenía Amelia!, parece que la estoy oyendo: “Fernando, ven a la cocina y mira cómo hago esto. Guarda los recibos del banco en su carpeta, ahí, en el segundo cajón.  Entérate un poco porque si no, el día que yo llegué a faltar…”
Anda, anda, le replicaba yo, seguro que me entierras, si te saco una pila de años y estás como una rosa. Se me fue de la noche a la mañana, sin tiempo para nada y me encontré sin saber qué hacer con mi vida. Tanto como yo había despotricado de mis yernos; no, a mis hijas no les decía nada, pero con Amelia me despachaba: serán muy buenos, pero son unos calzonazos, si solo les falta parir, porque el resto lo hacen todo en la casa.
Como siempre, ella tenía razón y ahora mejor me iría. La asistenta una vez a la semana me soluciona la limpieza y la ropa, pero los papeles, las facturas… Lo bien que me vendría ahora saber guisarme unas lentejitas, por ejemplo, en lugar de comerme unas de bote. Aunque, a estas alturas, ya no tengo gusto por nada, ni alicientes, ¡qué hago ya en este mundo! No sirvo más que para dar incumbencias, cuando no tengo que ir al médico es hacer alguna gestión, o compras y me siento inútil, yo que en mi trabajo fui un líder que no se me ponía nada por delante y ahora me ahogo en un charco. Cualquier día tiró por la calle de en medio y se acabó, un problema menos para mis hijas.
Vaya, ahora parece que quiere abrir el día; mi Amelia lo decía: mañanita de niebla, tarde de paseo, y que agradable está el parque, con los árboles que parece que los han bañado con miel, tan brillantes y dorados; sería bueno salir a dar una vuelta esta tarde, pero ¿adónde voy yo solo? A sentarme en un banco con otros viejos que nada más hablan de enfermedades, de lo mal que está todo… ¡Menudo plan!
Y ahora el teléfono; será uno de esos plastas que quieren venderme algo, porque otra cosa…
Abuelo, que dice mami que si me puedes recoger esta tarde en el cole, que ella no puede y papá está de viaje. Podíamos ir al parque, a los columpios hasta que venga mamá a buscarme, porfa, abu…
Vaya, parece que definitivamente hoy habrá sol.

                                                                 FIN