Pilar








DULCE INSISTENCIA
 
Llamó a mi puerta; llevaba en la mano una tacita minúscula y, después de presentarse como mi vecino, me pidió una cucharadita de azúcar. Volvió una y otra vez, y otra más… Me hacía gracia y me conmovía su insistencia. Un día apareció con un bote de cristal enorme que contenía todas las cucharaditas de azúcar que me pedía; yo, sorprendida, me quedé sin habla. Él, ruborizado como un adolescente, me confesó que era diabético. En ese momento me enamoré.

FIN
Pilar




SIN TI                            

Amable mano que acecha
A tus heridas abiertas
Que tiembla acariciando
Y muy lentamente besas.
Besos que quedan prendidos
En el recuerdo de antaño
Y que por ser tan ansiados
Su falta me causa daño
Gritaba con mi silencio
Misteriosas poesías
Que prendidas en el viento
Volaban las  penas mías.

FIN
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Pilar







DEPREDADOR

Acechar a las víctimas constituye un placer especial, casi más que el desenlace. Las elijo al azar: no son mejor ni peor, ni más joven o atractiva que otras, simplemente se cruzan en mi camino y las escojo.
La luna, rotunda y clara, marca la fecha para pasar a la acción.
Ella sale y echa a andar por la calle solitaria. Se para y presta atención al sonido que mis pasos hacen en la acera. Me detengo, pero la sombra proyectada en el suelo me delata. Alarmada, corre y la alcanzo al doblar la esquina. Me mira sabiendo que su vida está en mis manos. No me convencen sus súplicas, las lágrimas, el terror en los ojos… Como un cepo en torno a su garganta, mis dedos ahogan el grito.
Ha sido rápido, demasiado. Mañana volveré al deleite de seleccionar, de seguir, vigilar movimientos y costumbres… tengo tiempo hasta la siguiente luna. 

              FIN
Pilar

[Raíces de Papel] 

"CARA Y CRUZ" DE PILAR UGARTE MUÑOZ, 

TERCER PREMIO DEL VI CERTAMEN DE MICRORRELATOS 

ARVIKIS - DRAGONFLY 2015.‏






TERCER PREMIO
CARA Y CRUZ                                                                          Pilar Ugarte Muñoz

   Las lentejuelas del chaleco refulgen bajo los focos que persiguen tenaces al hombre. Con el sombrero emboscándole el rostro pasea perezosamente el escenario, mostrándose.  
   Se apoya en la farola que preside el estrado y la abraza, la acaricia, se enrosca seductor en torno al fuste. El murmullo crece a medida que él baila y se contorsiona.
   Se inclina. El pantalón con un tirón enérgico desaparece descubriendo las piernas musculadas, los glúteos rotundos, el sexo lujuriante apenas oculto por el mínimo tanga. El vocerío se generaliza, las féminas claman demandándole besos, una cita, un hijo… Los hombres lanzan chillidos agudos, histéricos, y tienden las manos ansiosas deseando tocarle. Todos corean su nombre de guerra ¡Bombón, Bombón! Se empujan para llegar hasta él, para ponerle un billete en las botas, en el elástico del tanga y, de paso, acariciar esa tentadora piel de chocolate.
   Él sonríe a todos, una sonrisa aprendida que olvida en cuanto sale del escenario y se obliga a pensar que el fin justifica los medios. Se viste deprisa, sube a la Vespino y recorre la ciudad dormida hasta llegar a la barriada marginal, a la menesterosa parroquia… Se acuesta rápido; a las siete celebra la primera misa.  



Pilar



¿POR QUÉ A LOS CARACOLES LES GUSTA LA NAVIDAD?

Rosendo, Elvira y su numerosa familia viven en un pequeño cementerio; está próximo a la iglesia y ellos se han ido acomodando en las vallas circundantes. Llegaron allí entre unos manojos de acelgas y decidieron quedarse; el lugar es tranquilo, fresquito en verano y soleado en invierno. Tienen cerca una hermosa huerta que cuida el tío Frascasio, el sacristán, y comida no les falta. Pero, a pesar de esas ventajas, los caracoles no son felices: casi todo el tiempo se aburren. Se encaraman a lo alto de la valla para ver lo que pasa por el pueblo, pero de poco se enteran por mucho que estiren los cuernos y abran los ojillos. Se tienen que conformar con ver pastar a las vacas y a las ovejas, que por cierto parecen bobas y son un peñazo, ¡pero es lo que tienen más a mano!
En noviembre, el día de difuntos, hay más jaleo en el cementerio, visitas sí, algunas flores muy sabrosas para variar el menú, pero diversiones y alegría… Hasta cuando tocan las campanas suenan tristes.  Por eso lo que más le gusta a Rosendo y su prole es la época de las Navidades.
Es estupendo el ir y venir de la gente, el bullicio que se siente en la calle. Ni siquiera necesitan estirar los cuernitos para ver lo que pasa en el pueblo porque las luces brillan en las ventanas y en los árboles decorados con bolas, bombillas y tiras de colores.
En Navidad la iglesia está abierta mucho más tiempo. Suena música, los niños cantan acompañados de panderetas y zambombas. ¡Hasta por la noche hay misa! Una bendición. Pero eso no es lo mejor, lo mejor, es que, aprovechando el trajín de la feria, los parientes que viven en las huertas vecinas se meten entre las hojas de lechuga y de las berzas que llevan al mercado y van a visitarlos. Intercambian regalos, se cuentan noticias y novedades, cantan y bailan...
 ¡Y eso sí que es una fiesta!

                                                                FIN
Pilar





ESPERANDO LA PRIMAVERA


Sólo hago planes desde que suena el despertador, a las siete y media, hasta la puesta del sol. Después, mi vida está tan vacía que no soporto su peso. Es una incongruencia, vacío, peso… Lo sé, sé lo que digo.
Bueno, también lo de los planes es un disparate, pero es que me resisto a dejarme ganar por la desidia, el desaliento, por eso sigo poniendo el despertador como cuando me levantaba para ir a trabajar, como cuando había un sitio adónde ir a trabajar. Deambulo por el pueblo, entro en hoteles y pensiones, paso por bares, cafeterías y restaurantes preguntando si hay un puesto para mí, de cualquier cosa, añado, soy muy mañoso. En la mayoría ya me conocen; la temporada está acabada, hasta Semana Santa poco movimiento habrá, me dicen, incluso me invitan a un café, como disculpándose por no poder emplearme. 
Termino la ronda hostelera y empiezo por el gremio del ladrillo: inmobiliarias, estudios de reformas, edificios en construcción, la mayoría con las grúas, esos gigantescos esqueletos oxidados, en espera de tiempos mejores. Así paso las horas y a media tarde me acerco al mar.
La playa, tan silenciosa, da miedo. Tan solitaria. En la orilla, a las huellas de mis pies desnudos solo las acompaña las señales que algunas gaviotas trasnochadas han marcado en la arena. El agua se acerca mansa y a su paso se desvanece la presencia de los pájaros, y la mía. Si fuese igual de sencillo borrar los errores, los fracasos, las despedidas…
Las desoladas hamacas arrumbadas se me antojan fósiles varados; me siento, saco mi cuaderno y me dejo llevar mientras dibujo la puesta de sol. Y espero.

FIN