Pilar






CADA LOCO CON SU TEMA



En la planta alta se reunieron los más viejos; sube bebidas, Ismael, ordenó el hombre de larga barba blanca. No necesitaba tomar nota del pedido, se lo sabía de memoria: dos tilas, un poleo, una manzanilla y un té verde.
¡Menudas juergas se correr los abuelillos!, murmuraba Ismael cada tarde. Las juergas se alimentaban de momentos vividos en otro tiempo y él estaba harto de subir y bajar la escalera y de escucharlos.
Y es que sus arrugas contaban historias que unos y otros ya se contaron mil veces: el barrio o el pueblo de su infancia, la mili, las novias, el trabajo… Tras la euforia inicial de la jubilación, el tedio se fue adueñado de ellos y ahora se dedicaban a matar el tiempo antes de que él los matase. Lo intentaban con el paseo matinal, la partida de dominó y la charla.
Ismael también lo intentaba y se dedicaba a mirar el reloj, a contar las horas que le quedaban para irse a casa y ponerse las zapatillas. Él tampoco era joven.

En la planta baja se reunían los menos viejos, los más animosos. Durante la semana hacían manualidades, gimnasia de mantenimiento, talleres de pintura o creación literaria. Los sábados había baile. Asistían pocos hombre, pero eso no desanimaba a las mujeres y bailaban entre ellas. Ismael se encargaba de servir las bebidas; le gustaban los sábados, no tener que subir y bajar las escaleras, la música, las señoras tan arregladas y alegres. Ahora también él es viejo, y jubilado. Los sábados va a bailar y se toma un gim tonic. No ha vuelto a subir a la planta alta.

FIN

Pilar


                                  





AROMAS NAVIDEÑOS


Las vacaciones habían llegado con el sonsonete de los niños de San Ildefonso: veinticinco miiiiil pesetaaas. Resonaba en todos los aparatos de radio, trepando desde la calle y por el patio, colándose por las ventanas abiertas. Me gustaba escucharlo en la cama, sin la obligación de madrugar para ir al colegio.
Mamá trajinaba; arriba, niñas, que hay mucho que hacer, nos avivaba desde el pasillo.
La casa de la abuela Tarsila se llenaba de bullicio cuando llegábamos, con los tíos, las primas, vecinas que entraban para saludar. Ella lo tenía ya todo organizado: las cajas con las figuritas para montar el belén, manteles y vajillas para preparar las mesas…
Mi Navidad de entonces olía a leña en la chimenea, a fogones con ollas y cazuelas bullendo con la sopa de almendras, la lombarda con manzana y piñones, al pollo en pepitoria. Al ajo que frotaban en las fuentes de la ensalada de escarola con granada y gajos de naranja.
Y sonaba a campanas llamando a misa del gallo, a villancicos de zambomba y pandereta. Al volver de la iglesia la abuela Tarsila nos ponía en fila y nos daba unos besos prietos, el aguinaldo y también una copita de quina. Para los mayores quedaban la botella de anís “La Asturiana” el 103, ponche Soto y Sidra el Gaitero. 
Hemos procurado mantener esas tradiciones y aunque las modas gastronómicas han variado, en mi familia seguimos preparando el  “menú degustación de la abuelita menuda” con las recetas que de ella heredamos. Pero nada sabe igual.

FIN

   


Pilar







EL SACOIME 

Yo vivía en un concejo marinero, en Asturias. No recuerdo quien determinó las reglas; imagino que sería el Rufi, era el mayor y el resto de los rapaces le teníamos respeto. Nos poníamos en fila y echábamos a pies para formar equipo; luego, uno a uno, metíamos la mano en el Sacoime y cogíamos las papeletas. Algunas estaban medio rotas de tanto sobarlas; como ya nos sabíamos de memoria las pruebas, no nos daba más.
Por ser el pequeño de la cuadrilla nadie quería cargar conmigo y me dejaban él último. El Rufi me elegía, me tenía un aprecio especial, sospecho que a causa de Marita, mi hermana; le gustaba y no perdía ocasión de pasar por la casa con la excusa de buscarme. 
A las chapas no era yo muy ducho, ni al burro, que enseguida me derrengaba; al balón prisionero no había quien me ganase, era tan chiquenino que lograba escabullirme sin que me alcanzasen. Pero cuando sacaba del Socaime la papeleta para ver quién llegaba más lejos con la meada, ahí yo era el rey.
Hace años que vivo en la capital, aunque en los pueblos ya se sabe, te cuelgan un mote y lo arrastras de por vida. Soy Mateo “mealejos”.

                                                                                   FIN


Pilar




              LA VENTANA


Aunque soy un frío trozo de aluminio y cristal, echo de menos a Alicia. Ella pasaba muchos ratos asomada mirando la calle, el ajetreo de los repartidores por la mañana, el bullicio de los niños a la vuelta del colegio, el ir y venir de los paseantes de perros por la noche.
Alicia acostumbraba a hablar en voz alta, seguramente para disfrazar el silencio que había en la casa. Abría puertas y cajones y acariciaba los manteles de hilo, las tacitas de porcelana china, los candelabros de plata, y cada pieza le transportaba a un recuerdo, a momentos agradables de su infancia y adolescencia. La necesidad de desprenderse de esos objetos fue como arrancarle pedazos de su vida y con cada pedazo se iba consumiendo.
En cierto modo me siento culpable por haber sido el medio que ella ha elegido para poner fin a la farsa que interpretaba, a su desesperación. No le quedaba nada a lo que agarrarse, ni siquiera su hijo; le adoraba y precisamente por tanto quererle deseaba evitarle disgustos. Se lo decía en la carta que escribió antes de…
Sonó el timbre, golpearon la puerta amenazando con descerrajarla si no abría.
Alicia guardó la carta en el bolsillo del pijama se sentó en mi alfeizar, cerró los ojos y se dejó caer.
El salón se llenó de gente: todos gritando, recorriendo las habitaciones buscándola.  Cuando alguien dio la voz de alarma se empujaban para asomarse a mirar la acera.
Se fueron, por fin se fueron. El silencio pesa en la casa más vacía que nunca y ni siquiera tengo el consuelo de escuchar los ruidos de la calle. Me han dejado cerrada.


                                                                       FIN

Pilar





                                                  DÍA A DÍA

No es tan difícil pasar al otro lado. Cuando tu vida está regida por la rutina: trabajo, familia, salud… parece impensable que todo eso pueda dar un vuelco y mandarte a ese otro lado oscuro.  
No, no es tan difícil; a veces las circunstancias se confabulan para desbaratarte la vida, una vida cómoda, institucionalizada que por causas ajenas a tu voluntad se trastorna. Mi caso no fue nada especial; el desplome de la economía, el despido, esa edad intermedia, difícil para reintegrarte al mundo laboral, la depresión… La puntilla vino de mano de mi pareja y a mí alrededor todo se desmoronó.
Tres años llevo en la calle. Paso el día a la puerta del mercado de Barceló; me gusta más el de mi antiguo barrio: San Antón; a ese no puedo acercarme, lo remodelaron y hay restaurantes, bares y locales con especialidades, pero siguen muchos de los puestos tradicionales; me conocen porque yo era cliente. Tampoco me apetece darme de bruces con mi ex; él sigue viviendo por allí.
Volviendo al mercado, el de Barceló también lo modernizaron y está feísimo; claro que eso a mí me da lo mismo yo me instalo a la puerta y no me puedo quejar porque la gente es bastante agradable, hasta tengo clientes fijas, les llevo las bolsas, guardo la vez, cuido al perro mientras compran… Los comerciantes también me conocen, y les echo una mano en lo que se tercia, a cambio me dan comida, incluso, a veces, algunas monedas. Las noches que hace mucho frío la frutera me deja dormir en su puesto.  
No sé que más puedo contarle. Bueno, si quiere, anécdotas todas; conozco vida y milagros de muchos parroquianos. Y lo hago porque es para la gaceta del barrio, pero fotos no, si acaso de espaldas con el mercado al fondo. Y no ponga que es feísimo. Ni mi nombre, ¡eso ni en broma!
¿Qué, jefe, hace, un cafétito y seguimos hablando?

                                                                  FIN



Pilar




LOS VECINOS DEL BAJO


Lo he visto todo a través de la ventana, la tenían abierta. Marcelo y Sara viven en el bajo y yo enfrente, en el primero. Es una pareja agradable, de mediana edad, de esas que cuando pasa un drama así nadie se explica porqué. Yo sospechaba la causa: celos, ignoro si justificados.  Él era muy galante y siempre tenía un requiebro una sonrisa cortes cuando nos cruzábamos. Y la verdad es que entre la pareja no era la primera vez que oía reproches y presenciaba empujones y cachetes; no me gusta entrometerme y nunca he dicho nada. 
Anoche la mesa que tienen debajo de la ventana estaba preparada para la cena, un mantel de cuadros azules y blancos, los platos de duralex, una barra de pan y la jarra con agua. Marcelo parece que llegaba más tarde de lo habitual porque Sara le recibió con malas maneras. La discusión no sé como ha empezado; me he asomado al escuchar un portazo y voces. La mujer le acusaba de engañarla, que por eso llegaba tarde, que la ropa le olía a perfume. Él parece que quería contemporizar y calmarla, pero ella cada vez estaba más desquiciada. Marcelo ha hecho intención de salir del saloncito y ella gritaba: de aquí no sales.
Coger la jarra y estampársela en la cabeza ha sido visto y visto.  Él se cae como un saco y Sara, con el impulso y supongo que por el agua derramada, resbala y se golpeó en la nuca con el borde de la mesa.
Y eso es todo lo que le puedo contar, señor comisario. ¡Una tragedia, quién lo iba a pensar, tan agradables que parecían!

FIN

Pilar






REFLEXIÓN



Yo había olvidado lo que era el amor.

Su rostro triste me hirió como el filo de un cuchillo.

Aquella mirada húmeda suya, cayendo en perlas 

saladas, borró mis dudas. 

Me arrodillé y le pedí perdón. 


FIN
Pilar

Autor del cuadro: Kotxetxeart



                                                          EN BOCA CERRADA...

Dos años ya. Nunca pensamos que el destierro pudiera ser tan largo y tan monótono. El asteroide X13 es bastante diferente de nuestro planeta y la falta de luz natural hace imposible la vegetación. Más que la comida sintética y la posibilidad de entablar alguna relación social eso es lo que más añoramos: los bosques, el mar, tumbarse al sol… esas maravillas naturales que teníamos en la querida Atlantis. 
Precisamente ser tan patriotas y para salvaguardar nuestra forma de vida de ataques externos, es lo que nos llevó a convertirnos en agentes secretos. La filtración de que se nos acusaba no había salido de nuestra boca. ¡Impensable! Siempre habíamos sido discretos comportándonos como una pareja corriente, un trabajo “tapadera” rutinario, una casita sencilla, el perro… ¡Pobre Orión!, está deprimido, todavía busca árbol donde poder mear, no se acostumbra a ese cubículo que le fumiga y le rocía con desinfectante. Y es que no es grato vivir entre robots y androides que nos controlan constantemente. 
Todavía nos preguntamos para qué la cremallera, si no tenemos con quién hablar…

                                                                       FIN 


Pilar






PERDIDA EN EL OLVIDO


Sus arrugas cuentan historias que el otoño de sus sienes mantiene

prisioneras.


FIN


Pilar







UNA OPORTUNIDAD

Pedro  tiene un ojo a la virulé. Le ha echado un ojo, el bueno, a 

Juanita y piensa solicitar un kiosco para vender cupones; seguro 

que se lo concede, como ya no ve nada…


FIN


Pilar


DOS CARAS


Seis minutos fueron suficientes para hacerse inseparables. Tras la sorpresa inicial de Irene al destapar la caja, vinieron los gritos de júbilo; había deseado tanto tener un gatito… 
El minino, un ovillo blanco, permanecía encogido en un rincón, asustado por el palmoteo y las voces nerviosas de la pequeña. No se atrevía a tocarle todavía, temerosa de hacerle daño o que se le pudiese escapar.
Gracias, papi. Gracias, gracias, repetía Irene, abrazada a mis piernas. Se le salaban las lágrimas de feliz y emocionaba que estaba.  Yo no podía hablar y también lloraba: la alergia me estaba matando.


                                                           FIN
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Juana es de andalucía

toda gracia y simpatía.


Baila y canta bulerías


y se alimenta de "olés"


La Juana de mis amores.




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VACACIONES REDONDAS


El hotel y la brillante alfombra tostada, que era la playa, forman un todo. Desde la terraza de la habitación la vista se pierde en las aguas caribeñas. Al fondo la excesiva vegetación brilla con una sinfonía de verdes. Esa lámina, sacada de una revista de viajes, ha estado colgada en mi salita durante dos años. Mes a mes he ido ahorrando para poder hacer realidad mi sueño: diez días en Cuba.
Me he sacrificado sin ir al cine, sin comprarme ropa, matándome en la oficina. Soportando al cabrón de mi jefe, un tirano, un ogro… Toda la oficina le tiene pánico a don Severino; jamás pronuncia una palabra amable, no reconoce el trabajo bien hecho. Nadie se atreve a pedir un permiso, ¿Y un aumento? Ni soñando. Como en su casa sea igual de seco y de borde compadezco a su mujer y sus hijos.
Pero por diez días no quiero pensar en nada más que en disfrutar de las excursiones, de las actividades del hotel, tirarme en esa arena tostada, gozar con el agua, los mojitos…
Las noches huelen a diversión y sexo. Los locales bullen de actividad, de risas y música.
Es tarde cuando regreso al hotel, cansada de bailar.  Mientras espero al ascensor, en el vestíbulo escucho una voz que me suena familiar. ¡No puedo creerlo!
¿Don Severino abrazando a una mulata imponente que podría ser su hija?
Al día siguiente vuelvo a verlo. ¿Pero es mi jefe ese hombre con una camisa estampada con peces de colores, bermudas y descalzo que baila salsa en la terraza del hotel? En la mano lleva una copa, con sombrillita y todo. Sigue con la misma moza y me dedico a inmortalizar con mi móvil todos sus movimientos. Un reportaje en toda regla. Para que no falte nada le pido a un camarero que me haga un video: yo en primer plano y por detrás, tirado en la arena, don Severino retozando. No se esconde, ni disimula; se nota que está feliz, sonriente, dicharachero… Quién diría que es el mismo ogro de la oficina; parece que se hubiera sacudido de encima el mal carácter y diez años también.
Se terminan las vacaciones, ¡pero qué redondas han sido! Me parece que de aquí en adelante no necesitaré ahorrar para repetirlas; seguro que voy a ascender en la oficina y con un sueldo acorde a mi experiencia y conocimientos.


                                                                       FIN
Pilar


DEMASIADO PARA UN DÍA


Ya llevo tres vomitonas; no sufro gastritis ni soy anoréxica, es que tengo compromisos, muchas comidas y quiero quedar bien con todo el mundo.
Primero desayunar con las chicas de gimnasia, que es el último día; después del ejercicio el zumo de naranja, un pincho de tortilla y el café me dejan como un reloj, hasta la hora del aperitivo con las ex compañeras de la oficina para, como todos los años, cambiarnos la lotería de Navidad. ¡Qué locas! han pedido de todo: calamares, oreja, patatas bravas… Y bien regado con cañas.
Luego había quedado a comer con mi madre. Sabe que me encanta la fabada, y eso ha puesto de primero; me he metido un buen plato y aunque el pixin del segundo apenas lo he probado, al arroz con leche he sido incapaz de resistirme. Cuando he llegado a casa parecía una boa, la morcilla me estaba matando y ni siquiera una generosa ración de sal de frutas me ha ayudado. Solo de pensar en merendar con las amigas de los museos me daban sudores. Solución: meterme los dedos y vomitar.
Un desperdicio, pero ¡qué gusto! Una cabezada una ducha y como nueva.
La cafetería esa es famosa por su chocolate con churros y, justo, eso tomamos, unas buenas raciones reforzadas por media docena de porras. No sé si ha sido por el calor que hacía en el metro, o por el atracón, el caso es que al salir no he tenido más remedio que meterme en un bar para echar la pota. Allí mismo he pedido una manzanilla.
Al llegar Ricardo ya estaba en casa, esperándome. ¡Olvidé que teníamos la cena de su empresa! Cuando le he dicho que no iba, que no me encontraba bien, no ha consentido en escucharme. “Si no quieres no comas nada, pero tienes que acompañarme; sabes que este año me tocaba organizarla a mí y no puedes faltar”. Imposible  convencerle.
La verdad es que tengo buen diente y como parece que la manzanilla me ha entonado, al final he picoteado de los entrantes: surtido de ibéricos, salmón, ensalada de tomate con ventresca, espárragos cojonudos, y pastel de cabracho. De segundo un entrecot que se deshacía. La tarta de milhojas del postre me la he perdonado, y el champán también. Me apetecía más un licor de hierbas, que es bueno para hacer la digestión. 
Poco me ha ayudado el chupito. Meterme a la cama y tener que salir corriendo al baño ha sido fulminante. Y la tercera vomitona de medalla de oro. Mañana no pienso abrir la boca en todo el día.
¿Mañana es jueves? ¡Horror, toca cocido en casa de mi suegra! Igual si me tomo un omeplazol… ¿O mejor Almax?

                                                                       FIN





Pilar





                                     ¡SORPRESA!

Un ciego antiguo amigo de mi mujer, iba a venir a pasar la noche en casa. Su mujer había muerto.
Había muerto ocho años atrás. ¿Ahora a qué esta visita sorpresiva? Desde que a Mercedes, mi mujer, la trasladaron a Soria en calidad de interventora de la oficina que se inauguraba, habían mantenido un contacto esporádico. Adolfo, Rosalía y Merche entraron a la vez al banco y los tres aspiraban al ascenso; eso enturbió la relación entre ellos, aunque, la verdad, es que con Rosalía ya iba algo torcida; estaba enamorada de Adolfo y él solo tenía ojos para Mercedes, por entonces todavía tenía ojos. Nosotros ya éramos novios y a mí, por supuesto, me odiaba; no aceptaba el rechazo de Merche, que jamás le había tomado por otra cosa que un amigo y compañero.  
No le traté demasiado, enseguida nos casamos y nos trasladamos a Soria, pero nunca me gustó, tenía muchas aristas el tipo, lo mismo criticaba, acusaba o ponía la zancadilla a algún compañero que corría a la iglesia a darse golpes de pecho. Un hombre poco claro.
A Rosalía, pobre chica, la camelaba un día y al siguiente la ignoraba. Para ella perder de vista a mi mujer fue un regalo: el campo libre, Adolfo para ella sola. O eso creía.
Entonces sobrevino el accidente, un choque frontal y Adolfo salió con la cabeza por el cristal. Le visitamos en el hospital; Rosalía no se movía de su lado, no le importaba la ceguera, las cicatrices, la depresión posterior… La decepción fue tremenda; Adolfo se enamoró de una joven que conoció en la ONCE y poco después se casaron. Rosalía no lo soportó: Se tomó un bote de pastillas. Dejó una carta en la que reprochaba al ciego su egoísmo, después de lo que ella le quiso y le apoyó en su desgracia. Él lamentó la decisión, perdió la vista aunque no su costumbre bipolar: unas veces la culpaba a ella y otras se fustigaba él.
Y ahora al ciego viudo se le ocurría venir a visitarnos, a cenar y dormir con nosotros. Mercedes se debatía entre la sorpresa y la curiosidad; ella estaba nerviosa y yo cabreado.
­—Me parece mucha geta auto invitarse; siempre me tuvo entre ojos, una ojeriza furiosa.
—¿Entre ojos, ojeriza? Cariño, no seas cruel ni rencoroso— me regañaba mi mujer tratando de calmarme— son cosas del pasado, ya están superadas. Seguro que ha cambiado. Cuando la vida te da tantos palos, baja los humos y él es un pobre infeliz que no ha tenido suerte.
Lo dejé estar por no discutir.
Adolfo siempre fue maniáticamente puntual y, haciendo honor a su costumbre, el timbre sonó al unísono de las ocho campanadas del reloj de pared.
Abrimos la puerta y nos quedamos mudos, parados frente a Adolfo, sorprendente figura de negro de pies a cabeza.
-Ave María Purísima; querida Mercedes.


                                                                                    FIN
Pilar



                                                                              

    EL CANELO

Acostumbro a pasear apenas clarea. Otoño teñía las hojas de los árboles de amarillo, el rumor del viento competía con el discurrir de las aguas limpias y bravas de nuestro río; son famosas en la comarca por tener las mejores truchas y barbos, un reclamo perfecto para los aficionados a la pesca.
El forastero estaba en la orilla. Desde lejos le saludé y él, sin soltar la caña, movió la cabeza. A su lado un perrillo canelo dormitaba junto a diversos aperos y una mochila.
Días después volví a pasar por allí. El hombre no estaba a la vista. El perro sí; en cuanto oyó que me acercaba empezó a ladrar dando vueltas alrededor del macuto, como protegiéndolo.  No le di importancia pero tras una semana de verle solo, en el mismo sitio, empecé a preocuparme. El pobre animal parecía famélico. Intenté ofrecerle un trozo del bocadillo que llevaba para almorzar, se desgañitó y no me permitió acercarme. 
Inspeccioné la zona, tras unos matojos había unas botas y un pantalón. En el pueblo ni por los alrededores supieron dar cuenta del pescador, nadie le conocía y tampoco se encontró rastro de él. Se conjeturó al respecto: que el caudal, tan crecido, pudo arrastrarle. Que se largó abandonando al perro… Todo un misterio y ninguna certeza. Yo seguí llevándole comida al perrillo; ya no me ladraba pero no la tocaba, se limitaba a mirarme, una mirada triste, resignada…
 La escarcha perlaba las hojas la mañana que encontré al canelo con la cabeza apoyada en el macuto y los ojos quietos en el río. Los pájaros recién despertados cantaban compitiendo con el rumor del viento; el agua corría llevándose su secreto.

                                                                       FIN


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                                  LA FAENA

  SOÑADA

El cinqueño serio, bien armado, trota por el ruedo.  
Lo paro y las puntas astifinas se encelan tras los vuelos de mi capote.  Pongo al zaino en suerte con cuatro largas cambiadas rematadas por una revolera. Con un quite por navarras le saco del peto del caballo y me adorno por gaoneras y molinetes.
La cuadrilla ejecuta el tercio de banderillas y, mientras, estudio al animal: cabecea y derrota por el pitón derecho.
Inicio la faena de rodillas y, raudo, pies juntos, a dos manos ejecuto una serie de manoletinas.
Una tanda de naturales con la mano baja, la cintura quebrada, cargando la suerte.  
Lo cuadro con dos pases de trinchera; el brazo por delante, firme. Lo pasaporto sobre la misma boca de riego y. Pañuelos como palomas revolotean en las gradas. La puerta grande se abre, los gritos de maestro y las palmas acompañan la vuelta al ruedo.  
—¡Maestro, maestro! Amos ya, se acabó la siesta. Espabila. Hay que empezar a vestirse.


                                                                          FIN
Pilar

QUIMERA


El hombre rubio no se movió. La noche anterior gastó la última cerilla en consultar el mapa; alcanzar la orilla del río amarillo era un anhelo quimérico. Exhausto y sediento se derrumbó junto al dromedario y esperó resignado a que el sol rematara su ardiente cometido.

FIN
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ESPERANDO


Marcelo instala su tenderete en la explanada, a la sombra de la sabina centenaria. Saca su baraja del tarot y aguarda a que los paseantes del parque se acerquen para saber qué les reserva el futuro. 
Le gusta pensar que con su ayuda tranquiliza respecto a un negocio, calma la punzada envenenada de los celos, da alas a los enamorados... Y espera a que Martirio le diga que sí: sus cartas lo han pronosticado y nunca mienten.

FIN


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