Pilar
LARGO OLVIDO

Los sentidos y el deseo hablaban por nosotros inmersos en una loca embriaguez de caricias urgentes, tanto que padezco resaca infinita, sed insaciable. Ni siquiera otros labios ni abrazos logran hacerme olvidar aquellos, dulces y exigentes a la vez. Dudo que el romance fuese tan idílico como lo atesoro; el tiempo, inefable escultor, cincela con mano experta las aristas y él es, en definitiva, quien eterniza el espejismo. O quizá es que los sueños alimentan la realidad y me resisto a despertar, por eso vagabundeo como sonámbulo buscándola. Los amores eternos son tan breves…

                                                           FIN

Pilar



LA SALA ESPERA


Herminia es asidua del centro de salud y no precisamente por estar enferma, su dolencia más notable y sin cura posible es la edad, ochenta años que no le pesan tanto como el otro mal que sufre: la soledad. Ha llegado a la vejez sin permitir que su amor por Rufino se marchite, idealizado con cada evocación, aunque es doloroso no tenerle ya ni tener a nadie con quien compartir los recuerdos más íntimos, nadie que le caliente la cama, que atempere su desamparo.
Por eso cada tarde acude al ambulatorio; necesita estar rodeada de gente y allí se siente en la gloria. Herminia va rotando de sala de espera en sala de espera intentando charlar con unos y otros. Cuando se acomoda en la zona de pediatría disfruta mucho; le encantan los niños aunque las madres dan poco juego porque suelen estar pendientes de sus pequeños que corretean, se suben por los asientos, lloran… A veces le aturde un poco el bullicio que organizan y se cambia de consulta.
Su preferida suele ser la de enfermería, generalmente frecuentada por pacientes de edad que, como ella, nunca tienen prisa;  los viejos acuden a tomarse la tensión, a  vacunarse, a pedir recetas… Siempre hay alguien dispuesto a lamentar el incordio que es tomar Sintrón, lo mal que está de la espalda, que no puede dar un paso con el maldito reúma o lo que cuesta leer porque las cataratas… Ella propone asuntos superficiales y manidos: cómo se ha puesto de cara la vida, lo difícil que lo tienen los jóvenes, qué hermosa está La Esteban, lo delgada que parece Leticia…  
El tiempo también es un tema muy socorrido para iniciar una conversación; Herminia odia el invierno, un motivo más que la empuja a ir al centro de salud, mantiene una temperatura grata y ella siempre tiene frío, un frío adherido al corazón desde que su queridísimo Rufino falleció y dejó la casa desolada, las sábanas como escarcha… Y es que para Herminia la viudedad es una cuesta abajo que la empuja a salir para abrigarse con ese mínimo calor humano que encuentra en el centro de salud, en las salas que la esperan.

FIN


Pilar



ENTRE POEMAS Y ROSAS


Una vereda empedrada acuchilla el jardín hasta la rotonda de la rosaleda, el lugar favorito de Julia. Le gusta sentarse en el banco que hay junto a la estatua de Anaïs, la escultura de una hermosa mujer con un libro en la mano; Julia también acostumbra a llevar uno de poemas y lo lee en voz alta, para compartirlo con su pétrea acompañante. También le cuenta sus cosas; los paseantes la miran de reojo, sorprendidos al escucharla hablar sola y mueven la cabeza con pesar. A Julia no le importa que piensen que chochea, que está loca… También ella se extraña al verlos enfrascados con los teléfonos móviles, se sorprende y no puede comprenderlo: “con lo hermoso que es hablar cara a cara” le dice a Anaïs, añorando tener a alguien con quien compartir mesa y mantel, una sobremesa dilatada hasta la hora de la merienda. La penosa realidad es que la merienda la comparte con gorriones y palomas que rondan a su alrededor aguardando las migas que Julia les regala.
Y el tiempo corre ignorante de los años que se le escapan a Julia; atrás quedan los días de impartir sus clases de literatura ¡cómo le gustaba su profesión! No siempre los resultados eran satisfactorios, aunque cuando lograba despertar el interés de algunos alumnos, emocionarlos al escuchar un poema o disfrutar con una lectura, se sentía compensada. De sus aulas han salido buenos profesionales: periodistas, maestros, escritores… Se enorgullece cuando ve a alguno en televisión, o lee sus artículos, si presentan una novela, un poemario…
“Porque, ¿sabes Anaïs? son muchos los he iniciado yo inculcándoles el amor por las letras. Recuerdo a…”
Y así Julia va desgranado remembranzas y anécdotas que relata a su interlocutora pedregosa y a los pajarillos glotones que picotean a sus pies.
Últimamente, cuando Julia llega a su lugar favorito encuentra en el asiento una flor; se ha fijado que Juan, el jardinero, ronda trasteando por la rosaleda.  Y ella ha cambiado el libro de poemas por uno de jardinería.

                                                     FIN
Pilar
 Foto:Iñaki Ferreras




GATITO


A Gatito le recogió una joven novicia. El minino era un puñado de huesos y pelo abandonado en el zaguán del convento y ella se apiadó de él.
No le estaba permitido tenerle en su celda, pero buscó una caja, le abrigó con una bufanda vieja y le acomodó en un rincón confortable del sótano.  A fuerza de sopas de leche le sacó adelante, el pelo rubio se le puso lustroso y creció hasta convertirse en un hermoso animal,  hermoso y fiel para con su benefactora; mientras ella trabajaba en el jardín, Gatito, zalamero, ronroneaba frotándose contra sus piernas hasta que la monja le acariciaba las orejas, después, alegre, paseaba arriba y abajo por entre las plantas purgándose, olisqueando las aromáticas, haciéndose las uñas en el tronco de algún árbol…
Algunas noches su naturaleza fisgona y aventurera le llevaba a escabullirse y escapar a la calle; rondaba por los alrededores del convento rebuscando manjares en las basuras que sacaban de los bares y restaurantes cercanos y jugaba con otros gatos del barrio a perseguirse. Pero siempre volvía junto a su dueña y cuando no conseguía salir se consolaba asomándose a la pequeña ventana que se abre en la fachada principal del edificio.
Por la barriada se fue corriendo la voz y Gatito se ha convertido en una atracción más del vetusto convento. Parece saber que llama la atención y se hace notar, a veces, con maullidos lastimeros, que congregan a los paseantes intentando consolarle; otras se queda muy quieto, como una estatua dejando que le contemplen y no atiende a chistidos ni bisbiseos; todo ello ha derivado en una fuente de ingresos para la modesta economía de las monjitas que junto con los rosarios y rogativas, las estampas de santas y beatos venden las fotos del retablo de la capilla y las de la atracción estrella: el gato curioso.


                                                                       FIN
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Pilar



LA CASUALIDAD LLEVA EL NÚMERO 5


El destino juega con nosotros, a veces a favor y otras la fatalidad interviene para cambiar nuestro sino; así le sucedió a Amelia, mi hija. No acostumbraba a viajar en el autobús de la línea 5, pero aquella noche fatídica por alguna razón lo hizo; nunca sabremos lo que la llevó a cambiar la rutina: salir de la academia de inglés a las nueve, tomar con los compañeros un pincho, bajar al metro para llegar a casa a la hora de cenar…  El caso es que lo hizo y aquél malnacido se cruzó en su camino. Ella fue la primera víctima del que se ganó el aborrecible alias de “depredador de la línea 5.” 
Valentín Urraca nunca raptaba a las chicas en la misma parada, pero sí en algún punto del itinerario del bus y cuando la elegida se apeaba él la seguía, la amenazaba con un cuchillo obligándola a meterse en un portal o cualquier rincón discreto. Lo contó sin un ápice de remordimiento durante el juicio y no escatimó detalles escabrosos al referir la violación y el posterior navajazo mortal.
Detenerle fue pura casualidad, otra vez el destino; su quinta elegida era una profesora de artes marciales, experta en defensa y lucha cuerpo a cuerpo y el sometido resultó ser él; en el colmo del descaro pretendió denunciarla por agresión, pero las pruebas contra Urraca eran demoledoras: el arma, el ADN, objetos de las víctimas… La condena pretendía ser ejemplarizante: treinta años.
Pero la justicia no es la ley, y una nueva jugarreta del destino le ha puesto en la calle tras cumplir ocho años de prisión. Para los familiares de las asesinadas ha sido una puñalada directa al corazón que nos ha arrebatado el pírrico consuelo que suponía saberle apartado de la sociedad, que mujeres como mi hija estaban a salvo de un desalmado depredador.
Y el azar ha querido que me haya topado con él; yo iba distraído mirando el reloj de la iglesia cercana que ha tocado cinco campanadas, cinco campaneos como aldabonazos. El asesino violador ha salido de un bar; nos hemos quedado frente a frente tan cerca que he podido oler su aliento a anís, el humo del cigarrillo que lleva en la mano, el tufo a fritanga que se desprende de su ropa… Han sido unos segundos eternos, tensos.  No sé lo qué ha visto en mi cara Urraca, puede que sorpresa, temor, angustia… seguro que odio y rabia, una furia amarga que me retuerce las entrañas, que me corta la respiración... Aprieto los dientes y las manos, como si tuvieran vida propia, se crispan acercándose al cuello del asesino. Valentín empieza a retroceder y, de repente, echa a correr; vuelve la cabeza, riéndose, y me hace un corte de mangas mientras cruza la calle. Por la esquina aparece el autobús, el 5. El atropello es brutal.
El reloj de la iglesia marca las cinco y cinco. Definitivamente el destino juega con nosotros, en esta ocasión a favor.

                                                                 FIN