Pilar


                     
 DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN

Su conciencia no podría soportarlo, chocaba con todas sus creencias; aún así, Eugenio acalló dudas y remordimientos  convenciéndose de que un oportuno “accidente” podría ser el aliado perfecto de un hombre sin voluntad para domeñar sus pecaminosos apetitos.
Subió al campanario. A sus pies, la ciudad congelada dormía en silencio. Cerró los ojos y fingió un resbalón accidental.
                                                                 FIN


Pilar



VESTIDA PARA MORIR

Puntualmente, el día de su aniversario, Custodia se prueba el inmaculado vestido de novia que nunca llegó a lucir; la muerte le arrebató a su amado la víspera del enlace.
Desde aquella nefasta tarde su razón se desbarató. Vaga de la casa a la iglesia, de la iglesia al camposanto, y pasa horas arreglando las flores, sentada en la lápida contándole al difunto las novedades del pueblo… A veces canta o lee poemas de amor.
Inopinadamente, su salud sufre un revés; el diagnóstico es poco esperanzador y una obsesión enfermiza la lleva a considerar el traje como la mortaja que debe vestir cuando vaya al encuentro de su amado. Corre el tiempo y aunque la parca pasa de largo y parece ignorarla, ella no olvida su propósito. Así el traje nupcial pierde blancura, se transforma a razón de los cambios que se operan en Custodia que ajusta o suelta las costuras un año tras otro.
Y se va pasando la vida y ella, cual Penélope afanosa, cose y descose; el vestido y la eterna novia languidecen y esperan.

FIN
Pilar
LARGO OLVIDO

Los sentidos y el deseo hablaban por nosotros inmersos en una loca embriaguez de caricias urgentes, tanto que padezco resaca infinita, sed insaciable. Ni siquiera otros labios ni abrazos logran hacerme olvidar aquellos, dulces y exigentes a la vez. Dudo que el romance fuese tan idílico como lo atesoro; el tiempo, inefable escultor, cincela con mano experta las aristas y él es, en definitiva, quien eterniza el espejismo. O quizá es que los sueños alimentan la realidad y me resisto a despertar, por eso vagabundeo como sonámbulo buscándola. Los amores eternos son tan breves…

                                                           FIN

Pilar



LA SALA ESPERA


Herminia es asidua del centro de salud y no precisamente por estar enferma, su dolencia más notable y sin cura posible es la edad, ochenta años que no le pesan tanto como el otro mal que sufre: la soledad. Ha llegado a la vejez sin permitir que su amor por Rufino se marchite, idealizado con cada evocación, aunque es doloroso no tenerle ya ni tener a nadie con quien compartir los recuerdos más íntimos, nadie que le caliente la cama, que atempere su desamparo.
Por eso cada tarde acude al ambulatorio; necesita estar rodeada de gente y allí se siente en la gloria. Herminia va rotando de sala de espera en sala de espera intentando charlar con unos y otros. Cuando se acomoda en la zona de pediatría disfruta mucho; le encantan los niños aunque las madres dan poco juego porque suelen estar pendientes de sus pequeños que corretean, se suben por los asientos, lloran… A veces le aturde un poco el bullicio que organizan y se cambia de consulta.
Su preferida suele ser la de enfermería, generalmente frecuentada por pacientes de edad que, como ella, nunca tienen prisa;  los viejos acuden a tomarse la tensión, a  vacunarse, a pedir recetas… Siempre hay alguien dispuesto a lamentar el incordio que es tomar Sintrón, lo mal que está de la espalda, que no puede dar un paso con el maldito reúma o lo que cuesta leer porque las cataratas… Ella propone asuntos superficiales y manidos: cómo se ha puesto de cara la vida, lo difícil que lo tienen los jóvenes, qué hermosa está La Esteban, lo delgada que parece Leticia…  
El tiempo también es un tema muy socorrido para iniciar una conversación; Herminia odia el invierno, un motivo más que la empuja a ir al centro de salud, mantiene una temperatura grata y ella siempre tiene frío, un frío adherido al corazón desde que su queridísimo Rufino falleció y dejó la casa desolada, las sábanas como escarcha… Y es que para Herminia la viudedad es una cuesta abajo que la empuja a salir para abrigarse con ese mínimo calor humano que encuentra en el centro de salud, en las salas que la esperan.

FIN


Pilar



ENTRE POEMAS Y ROSAS


Una vereda empedrada acuchilla el jardín hasta la rotonda de la rosaleda, el lugar favorito de Julia. Le gusta sentarse en el banco que hay junto a la estatua de Anaïs, la escultura de una hermosa mujer con un libro en la mano; Julia también acostumbra a llevar uno de poemas y lo lee en voz alta, para compartirlo con su pétrea acompañante. También le cuenta sus cosas; los paseantes la miran de reojo, sorprendidos al escucharla hablar sola y mueven la cabeza con pesar. A Julia no le importa que piensen que chochea, que está loca… También ella se extraña al verlos enfrascados con los teléfonos móviles, se sorprende y no puede comprenderlo: “con lo hermoso que es hablar cara a cara” le dice a Anaïs, añorando tener a alguien con quien compartir mesa y mantel, una sobremesa dilatada hasta la hora de la merienda. La penosa realidad es que la merienda la comparte con gorriones y palomas que rondan a su alrededor aguardando las migas que Julia les regala.
Y el tiempo corre ignorante de los años que se le escapan a Julia; atrás quedan los días de impartir sus clases de literatura ¡cómo le gustaba su profesión! No siempre los resultados eran satisfactorios, aunque cuando lograba despertar el interés de algunos alumnos, emocionarlos al escuchar un poema o disfrutar con una lectura, se sentía compensada. De sus aulas han salido buenos profesionales: periodistas, maestros, escritores… Se enorgullece cuando ve a alguno en televisión, o lee sus artículos, si presentan una novela, un poemario…
“Porque, ¿sabes Anaïs? son muchos los he iniciado yo inculcándoles el amor por las letras. Recuerdo a…”
Y así Julia va desgranado remembranzas y anécdotas que relata a su interlocutora pedregosa y a los pajarillos glotones que picotean a sus pies.
Últimamente, cuando Julia llega a su lugar favorito encuentra en el asiento una flor; se ha fijado que Juan, el jardinero, ronda trasteando por la rosaleda.  Y ella ha cambiado el libro de poemas por uno de jardinería.

                                                     FIN