Pilar






                                            EL ENCUENTRO

Se conocieron debajo de la escalera; la culpa fue de un trocito de queso, se le había caído de la merienda a la niña de la casa.

Ratita vivía en el sótano y, en cuanto olía a comida, subía para ver si encontraba algo. Aquella tarde, Ratón apareció para disputarle el queso. Se detuvieron sorprendidos por la inesperada presencia del otro, retándose, alerta para saltar sobre el bocado y salir escapados. De repente Ratón cerró los ojillos colorados y se quedó como derrengado, con las patas abiertas y la barriga pegada al suelo. Es un truco, sospechó Ratita, y le observó sin arrimarse;  nunca antes le había visto por allí, ni siquiera por el patio. Era guapo, con unas orejas grandes, la cola fina y un hociquillo con largos bigotes. Demasiado flaco, debe estar muerto de hambre, pensó luego y le acercó el queso.

Ratón no se movió; olisqueó y como si el delicioso aroma le despabilase lo devoró en dos mordiscos. Se sentía avergonzado por mostrarse tan ansioso ante aquella preciosa y generosa ratita, pero estaba desfallecido, no tenía donde vivir…

Ratita le invitó a bajar al sótano; hasta que te recuperes, le dijo, se está calentito, y hay cajas, libros, baúles, telas… montones de sitios estupendos donde poder acomodarte. No han vuelto a separarse: Ratón ha recuperado el lustre del pelo; corre rapidísimo para buscar comida porque Ratita ahora se mueve menos, la abultada panza le pesa mucho y está deseando parir para ver a sus crías.

Ya tengo pensados los nombres, le cuenta a Ratón. Como el queso nos ha unido los pequeños se llamarán: Pecorino, Niolo, Sardo, Idiazabal, Cabrales;  y las ratitas Fontina, Cantal, Feta, Oveja, Bola, Tetilla.  Porque… No querrás que se llamen Presumida o Pérez, Miqui o Mini.  Pues eso.


                                                                  FIN
Pilar






SUAVEMENTE ME ABRASAS CON TU CANCIÓN


La noche estaba destemplada y yo solo, sin ningún plan. El ambiente decadente, el humo azulado y el terciopelo granate de aquella pequeña sala que descubrí, parecía sacado de una escena de cine negro. Un cuarteto interpretaba piezas de jazz. Había pocos clientes que aplaudieron con entusiasmo cuando apareció en el escenario la vocalista. Ella armonizaba a la perfección con el estilo del local: la melena ondulada, el ceñido traje de lamé plateado...  Cuando empezó a cantar sus movimientos cadenciosos y la lánguida mirada me esclavizaron; imposible apartar la vista de la abertura de la falda que dejaba entrever la piel dorada. El mundo se detuvo y el tiempo pasó sin sentir. Al salir compré un CD de ella.
De vuelta a casa no podía quitarme de la cabeza el recuerdo de su imagen tan sensual, los ojos aterciopelados, los labios provocativamente rojos, como una herida, esa piel hecha para acariciar… Necesitaba urgentemente una ducha que apagase la calentura; mientras me desnudaba puse el CD y su voz cálida se apoderó de cada rincón de la habitación. De mí. La ducha podía esperar, decidí. Me tumbé en la cama y soñé con ella.



                                                     FIN
Pilar








DULCE INSISTENCIA
 
Llamó a mi puerta; llevaba en la mano una tacita minúscula y, después de presentarse como mi vecino, me pidió una cucharadita de azúcar. Volvió una y otra vez, y otra más… Me hacía gracia y me conmovía su insistencia. Un día apareció con un bote de cristal enorme que contenía todas las cucharaditas de azúcar que me pedía; yo, sorprendida, me quedé sin habla. Él, ruborizado como un adolescente, me confesó que era diabético. En ese momento me enamoré.

FIN