Pilar

 

      


    VIRULENCIA

 

 Me apena mirar mi calendario. Es un regalo de Navidad que espero con impaciencia; me lo hacen mis hijas con fotos y en él voy apuntando día a día mis actividades y horarios: Prado, 5/30. Salida TAF visita y comida. Fecha tope correcciones. Presentación “No todo es azar”. Oftalmólogo 11h.

En el mes de marzo la vida se paralizó y empecé a borrar anotaciones; no todas, quedaron el Pago impuesto de circulación, Declaración de la renta, Contribución de Palma… Para echarse a llorar.

El paréntesis a la monotonía del confinamiento lo marcaba el reloj, a las ocho, para aplaudir y saludar desde la ventana a gente con la que, después de años de vecindad sin ninguna relación, intercambiábamos nombres, saludos, recetas y ofertas de ayuda. El resto del día las horas se arrastraban perezosas y la apatía se adueñaba de mí; no encontraba alicientes, ni me centraba en nada, ni siquiera en leer. Me atracaba de series de la tele, algunas las había visto, pero me daba igual, tampoco ponía demasiado interés; estaba bastante “espesa”. Para colmo al ordenador también le atacó un virus y resultaba imposible llevarlo a arreglar.

Y, por encima de todo ese sin sentido, el dolor de saber que algún allegado se había infectado, que no podías estar con la familia, con los compañeros, que algunos amigos pasaban por un mal trance y era imposible acompañarlos. Sí, quedaba el teléfono, los mensajes, las video conferencias, pero faltaban el abrazo, los besos…

Y la incertidumbre, la preocupación. ¡Y las noticias! Cada noticia un cabreo. La única divertida era ver esos carros rebosantes de papel higiénico. ¡Qué locura! Para qué tantos. Yo compro paquetes de doce y siempre tengo de repuesto. O no. Resultó que mucho reírme de los demás y a mí solo me quedaban dos rollos. Menos mal que tengo bidet porque terminé con las servilletas de papel, con el de cocina…

Han pasado los meses y mi querido calendario sigue sin apuntes. Bueno, queda uno: el pago del IBI en noviembre.

                                                                 FIN

 




Pilar







                           
OJALÁ QUE LLUEVA

Vivo en un edificio añejo, en el piso quince. Son apartamentos pequeños, con un alquiler asequible; la mayoría de vecinos somos gente joven, estudiantes y trabajadores con sueldos basura. El dueño del inmueble es un tacaño, no arregla nada; hay humedades, las cañerías se atascan… Tan roñoso es que tiene clausurado el ascensor y solo sube hasta la séptima planta; dice que los engranajes se desgastan y que el gasto de luz es excesivo.
Para remate tenemos un conserje que es un desastre: vago y bastante espeso; supongo que el casero le pagará una miseria, pero eso no quita para que haga su trabajo. La escalera, del séptimo hasta el quince, la barre de higos a brevas; no puedo subir andando, que tengo reuma, replica si alguien protesta. Solo sube arriba cuando llueve; ha encontrado un truco para poner en funcionamiento el ascensor. Que me ponen las escaleras perdidas y tengo que darme la paliza, refunfuña, así, al menos, solo hay que pasar la fregona en la cabina; ¡cómo si limpiase mucho otros días!
En vista de que la sequía es cada vez más pertinaz, los vecinos de los pisos altos hemos tenido una reunión para sobornarle; de momento no traga, pero si aumentamos la apuesta…

                                                         FIN


Pilar





CARUSO

Cuando llegó encontró la puerta abierta.  La jaula vacía. 
Garabato, enroscado en su cojín, ronroneaba satisfecho.
FIN

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MI AMIGO INVISIBLE


Le pregunté si podía quedarme con su canica; me gustaba la azul con rayas amarillas, la más gorda; rodaba muy bien y siempre ganaba a todas las demás. No quiso dármela. Se la cambiaba por cinco de las mías. Por ocho. Le daba hasta la de plata. No quiso. No es de plata, dijo. Entonces le empujé. Le empujé fuerte. Mucho.
Ahora juego solo. Y nunca saco la canica azul con rayas amarillas; a veces desaparece.

                                                         FIN

Pilar










NO SOMOS PERFECTAS


         Nuria estiró la colcha y acabó de recoger la habitación. No soporto su actitud de víctima, me crispa los nervios, murmuró.
De camino al baño se asomó al dormitorio de Silvia, estaba sentada en la cama, todavía en pijama, cabizbaja, como una niña enfurruñada. Cuando levantó la cabeza, las lágrimas le brillaban en las pestañas. Sabía que si la abrazada, el incipiente llanto se convertiría en un torrente. Era la historia de siempre, igual que cuando eran pequeñas.
­­­Tampoco es para ponerse así dijo pacificadora.
¿Acaso crees que tú eres perfecta?Silvia se enjugó la cara y pasó de estar abatida a estirarse retadora.
No, no lo soy, pero al menos lo intento. —Replicó Nuria— No es tanto pedir que seas más ordenada; con este apartamento tan pequeño es fundamental, llega un momento que no podemos ni movernos.
—Pues querida amiga, tu eres insoportable, una dictadora,  ocúpate de tus cosas y deja que yo me organice como quiera.
—¿Qué dices? Si para acostarte necesitas quitar antes medio armario que tienes por ahí tirado. Y por mí, que te coma la mierda en tu cuarto pero en el resto de la casa yo también estoy y no quiero vivir así.
Era la discusión diaria y no tenía solución. Después de tantos años seguían sin acostumbrarse a ciertos rasgos del carácter de cada una.
Terminaron de arreglarse empecinadas en un silencio incómodo, que rompió el reloj con ocho campanadas.
No se miraron mientras bajaban en el ascensor; al llegar a la calle Silvia, sin decir ni una palabra, echó a andar por el camino inverso al habitual. Apretó el paso y ni se molestó en despedirse.
No puedo con ella; está obsesionada con el orden y se pone de lo más borde, dando lecciones, siempre ha sido así desde que la conozco y con los años, empeora.
Cuando regresó del trabajo Nuria ya había llegado y trajinaba en la cocina.
—Silvia, llegas tarde, estaba preocupada.
—Lo siento. He pasado por la tienda del gourmet y he traído un poco de salmón, queso y ese paté tan bueno que te encanta.
Nos vamos a poner moradas porque yo he comprado bocaditos de nata y profiteroles.
—Qué ricos, ¡cómo me conoces!
—Y tú a mí —dijo Nuria guiñándole un ojo.

                                                  FIN






Pilar






DUROS MOMENTOS

La tarde está apagada. El viento doblega los árboles y juega con las hojas amarillas que alfombran la calle. Desde la ventana veo el parque; un mendigo pasa arrastrando los pies; camina mirando el suelo, pasito a paso con la parsimonia de alguien que no va ninguna parte, ni espera nada.
Ese hipnótico tic tac me machaca el cerebro. Una invisible tela de araña va enredando mis recuerdos con momentos vividos en otro tiempo, ese tiempo que es el peor de los ladrones y me ha arrebatado tanto…  El día no estaba completo hasta que él estaba a mi lado. Ahora todos los días son interminables.
Afortunado aquel que tiene tiempo para esperar. Yo no lo hago. Ya no.


                                                                     FIN

Pilar






CADA LOCO CON SU TEMA



En la planta alta se reunieron los más viejos; sube bebidas, Ismael, ordenó el hombre de larga barba blanca. No necesitaba tomar nota del pedido, se lo sabía de memoria: dos tilas, un poleo, una manzanilla y un té verde.
¡Menudas juergas se correr los abuelillos!, murmuraba Ismael cada tarde. Las juergas se alimentaban de momentos vividos en otro tiempo y él estaba harto de subir y bajar la escalera y de escucharlos.
Y es que sus arrugas contaban historias que unos y otros ya se contaron mil veces: el barrio o el pueblo de su infancia, la mili, las novias, el trabajo… Tras la euforia inicial de la jubilación, el tedio se fue adueñado de ellos y ahora se dedicaban a matar el tiempo antes de que él los matase. Lo intentaban con el paseo matinal, la partida de dominó y la charla.
Ismael también lo intentaba y se dedicaba a mirar el reloj, a contar las horas que le quedaban para irse a casa y ponerse las zapatillas. Él tampoco era joven.

En la planta baja se reunían los menos viejos, los más animosos. Durante la semana hacían manualidades, gimnasia de mantenimiento, talleres de pintura o creación literaria. Los sábados había baile. Asistían pocos hombre, pero eso no desanimaba a las mujeres y bailaban entre ellas. Ismael se encargaba de servir las bebidas; le gustaban los sábados, no tener que subir y bajar las escaleras, la música, las señoras tan arregladas y alegres. Ahora también él es viejo, y jubilado. Los sábados va a bailar y se toma un gim tonic. No ha vuelto a subir a la planta alta.

FIN

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AROMAS NAVIDEÑOS


Las vacaciones habían llegado con el sonsonete de los niños de San Ildefonso: veinticinco miiiiil pesetaaas. Resonaba en todos los aparatos de radio, trepando desde la calle y por el patio, colándose por las ventanas abiertas. Me gustaba escucharlo en la cama, sin la obligación de madrugar para ir al colegio.
Mamá trajinaba; arriba, niñas, que hay mucho que hacer, nos avivaba desde el pasillo.
La casa de la abuela Tarsila se llenaba de bullicio cuando llegábamos, con los tíos, las primas, vecinas que entraban para saludar. Ella lo tenía ya todo organizado: las cajas con las figuritas para montar el belén, manteles y vajillas para preparar las mesas…
Mi Navidad de entonces olía a leña en la chimenea, a fogones con ollas y cazuelas bullendo con la sopa de almendras, la lombarda con manzana y piñones, al pollo en pepitoria. Al ajo que frotaban en las fuentes de la ensalada de escarola con granada y gajos de naranja.
Y sonaba a campanas llamando a misa del gallo, a villancicos de zambomba y pandereta. Al volver de la iglesia la abuela Tarsila nos ponía en fila y nos daba unos besos prietos, el aguinaldo y también una copita de quina. Para los mayores quedaban la botella de anís “La Asturiana” el 103, ponche Soto y Sidra el Gaitero. 
Hemos procurado mantener esas tradiciones y aunque las modas gastronómicas han variado, en mi familia seguimos preparando el  “menú degustación de la abuelita menuda” con las recetas que de ella heredamos. Pero nada sabe igual.

FIN

   


Pilar







EL SACOIME 

Yo vivía en un concejo marinero, en Asturias. No recuerdo quien determinó las reglas; imagino que sería el Rufi, era el mayor y el resto de los rapaces le teníamos respeto. Nos poníamos en fila y echábamos a pies para formar equipo; luego, uno a uno, metíamos la mano en el Sacoime y cogíamos las papeletas. Algunas estaban medio rotas de tanto sobarlas; como ya nos sabíamos de memoria las pruebas, no nos daba más.
Por ser el pequeño de la cuadrilla nadie quería cargar conmigo y me dejaban él último. El Rufi me elegía, me tenía un aprecio especial, sospecho que a causa de Marita, mi hermana; le gustaba y no perdía ocasión de pasar por la casa con la excusa de buscarme. 
A las chapas no era yo muy ducho, ni al burro, que enseguida me derrengaba; al balón prisionero no había quien me ganase, era tan chiquenino que lograba escabullirme sin que me alcanzasen. Pero cuando sacaba del Socaime la papeleta para ver quién llegaba más lejos con la meada, ahí yo era el rey.
Hace años que vivo en la capital, aunque en los pueblos ya se sabe, te cuelgan un mote y lo arrastras de por vida. Soy Mateo “mealejos”.

                                                                                   FIN


Pilar




              LA VENTANA


Aunque soy un frío trozo de aluminio y cristal, echo de menos a Alicia. Ella pasaba muchos ratos asomada mirando la calle, el ajetreo de los repartidores por la mañana, el bullicio de los niños a la vuelta del colegio, el ir y venir de los paseantes de perros por la noche.
Alicia acostumbraba a hablar en voz alta, seguramente para disfrazar el silencio que había en la casa. Abría puertas y cajones y acariciaba los manteles de hilo, las tacitas de porcelana china, los candelabros de plata, y cada pieza le transportaba a un recuerdo, a momentos agradables de su infancia y adolescencia. La necesidad de desprenderse de esos objetos fue como arrancarle pedazos de su vida y con cada pedazo se iba consumiendo.
En cierto modo me siento culpable por haber sido el medio que ella ha elegido para poner fin a la farsa que interpretaba, a su desesperación. No le quedaba nada a lo que agarrarse, ni siquiera su hijo; le adoraba y precisamente por tanto quererle deseaba evitarle disgustos. Se lo decía en la carta que escribió antes de…
Sonó el timbre, golpearon la puerta amenazando con descerrajarla si no abría.
Alicia guardó la carta en el bolsillo del pijama se sentó en mi alfeizar, cerró los ojos y se dejó caer.
El salón se llenó de gente: todos gritando, recorriendo las habitaciones buscándola.  Cuando alguien dio la voz de alarma se empujaban para asomarse a mirar la acera.
Se fueron, por fin se fueron. El silencio pesa en la casa más vacía que nunca y ni siquiera tengo el consuelo de escuchar los ruidos de la calle. Me han dejado cerrada.


                                                                       FIN

Pilar





                                                  DÍA A DÍA

No es tan difícil pasar al otro lado. Cuando tu vida está regida por la rutina: trabajo, familia, salud… parece impensable que todo eso pueda dar un vuelco y mandarte a ese otro lado oscuro.  
No, no es tan difícil; a veces las circunstancias se confabulan para desbaratarte la vida, una vida cómoda, institucionalizada que por causas ajenas a tu voluntad se trastorna. Mi caso no fue nada especial; el desplome de la economía, el despido, esa edad intermedia, difícil para reintegrarte al mundo laboral, la depresión… La puntilla vino de mano de mi pareja y a mí alrededor todo se desmoronó.
Tres años llevo en la calle. Paso el día a la puerta del mercado de Barceló; me gusta más el de mi antiguo barrio: San Antón; a ese no puedo acercarme, lo remodelaron y hay restaurantes, bares y locales con especialidades, pero siguen muchos de los puestos tradicionales; me conocen porque yo era cliente. Tampoco me apetece darme de bruces con mi ex; él sigue viviendo por allí.
Volviendo al mercado, el de Barceló también lo modernizaron y está feísimo; claro que eso a mí me da lo mismo yo me instalo a la puerta y no me puedo quejar porque la gente es bastante agradable, hasta tengo clientes fijas, les llevo las bolsas, guardo la vez, cuido al perro mientras compran… Los comerciantes también me conocen, y les echo una mano en lo que se tercia, a cambio me dan comida, incluso, a veces, algunas monedas. Las noches que hace mucho frío la frutera me deja dormir en su puesto.  
No sé que más puedo contarle. Bueno, si quiere, anécdotas todas; conozco vida y milagros de muchos parroquianos. Y lo hago porque es para la gaceta del barrio, pero fotos no, si acaso de espaldas con el mercado al fondo. Y no ponga que es feísimo. Ni mi nombre, ¡eso ni en broma!
¿Qué, jefe, hace, un cafétito y seguimos hablando?

                                                                  FIN



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LOS VECINOS DEL BAJO


Lo he visto todo a través de la ventana, la tenían abierta. Marcelo y Sara viven en el bajo y yo enfrente, en el primero. Es una pareja agradable, de mediana edad, de esas que cuando pasa un drama así nadie se explica porqué. Yo sospechaba la causa: celos, ignoro si justificados.  Él era muy galante y siempre tenía un requiebro una sonrisa cortes cuando nos cruzábamos. Y la verdad es que entre la pareja no era la primera vez que oía reproches y presenciaba empujones y cachetes; no me gusta entrometerme y nunca he dicho nada. 
Anoche la mesa que tienen debajo de la ventana estaba preparada para la cena, un mantel de cuadros azules y blancos, los platos de duralex, una barra de pan y la jarra con agua. Marcelo parece que llegaba más tarde de lo habitual porque Sara le recibió con malas maneras. La discusión no sé como ha empezado; me he asomado al escuchar un portazo y voces. La mujer le acusaba de engañarla, que por eso llegaba tarde, que la ropa le olía a perfume. Él parece que quería contemporizar y calmarla, pero ella cada vez estaba más desquiciada. Marcelo ha hecho intención de salir del saloncito y ella gritaba: de aquí no sales.
Coger la jarra y estampársela en la cabeza ha sido visto y visto.  Él se cae como un saco y Sara, con el impulso y supongo que por el agua derramada, resbala y se golpeó en la nuca con el borde de la mesa.
Y eso es todo lo que le puedo contar, señor comisario. ¡Una tragedia, quién lo iba a pensar, tan agradables que parecían!

FIN

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REFLEXIÓN



Yo había olvidado lo que era el amor.

Su rostro triste me hirió como el filo de un cuchillo.

Aquella mirada húmeda suya, cayendo en perlas 

saladas, borró mis dudas. 

Me arrodillé y le pedí perdón. 


FIN
Pilar

Autor del cuadro: Kotxetxeart



                                                          EN BOCA CERRADA...

Dos años ya. Nunca pensamos que el destierro pudiera ser tan largo y tan monótono. El asteroide X13 es bastante diferente de nuestro planeta y la falta de luz natural hace imposible la vegetación. Más que la comida sintética y la posibilidad de entablar alguna relación social eso es lo que más añoramos: los bosques, el mar, tumbarse al sol… esas maravillas naturales que teníamos en la querida Atlantis. 
Precisamente ser tan patriotas y para salvaguardar nuestra forma de vida de ataques externos, es lo que nos llevó a convertirnos en agentes secretos. La filtración de que se nos acusaba no había salido de nuestra boca. ¡Impensable! Siempre habíamos sido discretos comportándonos como una pareja corriente, un trabajo “tapadera” rutinario, una casita sencilla, el perro… ¡Pobre Orión!, está deprimido, todavía busca árbol donde poder mear, no se acostumbra a ese cubículo que le fumiga y le rocía con desinfectante. Y es que no es grato vivir entre robots y androides que nos controlan constantemente. 
Todavía nos preguntamos para qué la cremallera, si no tenemos con quién hablar…

                                                                       FIN 


Pilar






PERDIDA EN EL OLVIDO


Sus arrugas cuentan historias que el otoño de sus sienes mantiene

prisioneras.


FIN


Pilar







UNA OPORTUNIDAD

Pedro  tiene un ojo a la virulé. Le ha echado un ojo, el bueno, a 

Juanita y piensa solicitar un kiosco para vender cupones; seguro 

que se lo concede, como ya no ve nada…


FIN


Pilar


DOS CARAS


Seis minutos fueron suficientes para hacerse inseparables. Tras la sorpresa inicial de Irene al destapar la caja, vinieron los gritos de júbilo; había deseado tanto tener un gatito… 
El minino, un ovillo blanco, permanecía encogido en un rincón, asustado por el palmoteo y las voces nerviosas de la pequeña. No se atrevía a tocarle todavía, temerosa de hacerle daño o que se le pudiese escapar.
Gracias, papi. Gracias, gracias, repetía Irene, abrazada a mis piernas. Se le salaban las lágrimas de feliz y emocionaba que estaba.  Yo no podía hablar y también lloraba: la alergia me estaba matando.


                                                           FIN
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Juana es de andalucía

toda gracia y simpatía.


Baila y canta bulerías


y se alimenta de "olés"


La Juana de mis amores.




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VACACIONES REDONDAS


El hotel y la brillante alfombra tostada, que era la playa, forman un todo. Desde la terraza de la habitación la vista se pierde en las aguas caribeñas. Al fondo la excesiva vegetación brilla con una sinfonía de verdes. Esa lámina, sacada de una revista de viajes, ha estado colgada en mi salita durante dos años. Mes a mes he ido ahorrando para poder hacer realidad mi sueño: diez días en Cuba.
Me he sacrificado sin ir al cine, sin comprarme ropa, matándome en la oficina. Soportando al cabrón de mi jefe, un tirano, un ogro… Toda la oficina le tiene pánico a don Severino; jamás pronuncia una palabra amable, no reconoce el trabajo bien hecho. Nadie se atreve a pedir un permiso, ¿Y un aumento? Ni soñando. Como en su casa sea igual de seco y de borde compadezco a su mujer y sus hijos.
Pero por diez días no quiero pensar en nada más que en disfrutar de las excursiones, de las actividades del hotel, tirarme en esa arena tostada, gozar con el agua, los mojitos…
Las noches huelen a diversión y sexo. Los locales bullen de actividad, de risas y música.
Es tarde cuando regreso al hotel, cansada de bailar.  Mientras espero al ascensor, en el vestíbulo escucho una voz que me suena familiar. ¡No puedo creerlo!
¿Don Severino abrazando a una mulata imponente que podría ser su hija?
Al día siguiente vuelvo a verlo. ¿Pero es mi jefe ese hombre con una camisa estampada con peces de colores, bermudas y descalzo que baila salsa en la terraza del hotel? En la mano lleva una copa, con sombrillita y todo. Sigue con la misma moza y me dedico a inmortalizar con mi móvil todos sus movimientos. Un reportaje en toda regla. Para que no falte nada le pido a un camarero que me haga un video: yo en primer plano y por detrás, tirado en la arena, don Severino retozando. No se esconde, ni disimula; se nota que está feliz, sonriente, dicharachero… Quién diría que es el mismo ogro de la oficina; parece que se hubiera sacudido de encima el mal carácter y diez años también.
Se terminan las vacaciones, ¡pero qué redondas han sido! Me parece que de aquí en adelante no necesitaré ahorrar para repetirlas; seguro que voy a ascender en la oficina y con un sueldo acorde a mi experiencia y conocimientos.


                                                                       FIN
Pilar


DEMASIADO PARA UN DÍA


Ya llevo tres vomitonas; no sufro gastritis ni soy anoréxica, es que tengo compromisos, muchas comidas y quiero quedar bien con todo el mundo.
Primero desayunar con las chicas de gimnasia, que es el último día; después del ejercicio el zumo de naranja, un pincho de tortilla y el café me dejan como un reloj, hasta la hora del aperitivo con las ex compañeras de la oficina para, como todos los años, cambiarnos la lotería de Navidad. ¡Qué locas! han pedido de todo: calamares, oreja, patatas bravas… Y bien regado con cañas.
Luego había quedado a comer con mi madre. Sabe que me encanta la fabada, y eso ha puesto de primero; me he metido un buen plato y aunque el pixin del segundo apenas lo he probado, al arroz con leche he sido incapaz de resistirme. Cuando he llegado a casa parecía una boa, la morcilla me estaba matando y ni siquiera una generosa ración de sal de frutas me ha ayudado. Solo de pensar en merendar con las amigas de los museos me daban sudores. Solución: meterme los dedos y vomitar.
Un desperdicio, pero ¡qué gusto! Una cabezada una ducha y como nueva.
La cafetería esa es famosa por su chocolate con churros y, justo, eso tomamos, unas buenas raciones reforzadas por media docena de porras. No sé si ha sido por el calor que hacía en el metro, o por el atracón, el caso es que al salir no he tenido más remedio que meterme en un bar para echar la pota. Allí mismo he pedido una manzanilla.
Al llegar Ricardo ya estaba en casa, esperándome. ¡Olvidé que teníamos la cena de su empresa! Cuando le he dicho que no iba, que no me encontraba bien, no ha consentido en escucharme. “Si no quieres no comas nada, pero tienes que acompañarme; sabes que este año me tocaba organizarla a mí y no puedes faltar”. Imposible  convencerle.
La verdad es que tengo buen diente y como parece que la manzanilla me ha entonado, al final he picoteado de los entrantes: surtido de ibéricos, salmón, ensalada de tomate con ventresca, espárragos cojonudos, y pastel de cabracho. De segundo un entrecot que se deshacía. La tarta de milhojas del postre me la he perdonado, y el champán también. Me apetecía más un licor de hierbas, que es bueno para hacer la digestión. 
Poco me ha ayudado el chupito. Meterme a la cama y tener que salir corriendo al baño ha sido fulminante. Y la tercera vomitona de medalla de oro. Mañana no pienso abrir la boca en todo el día.
¿Mañana es jueves? ¡Horror, toca cocido en casa de mi suegra! Igual si me tomo un omeplazol… ¿O mejor Almax?

                                                                       FIN