Pilar




La calle aún duerme. El camión, despacio, asoma por una esquina, como un ladrón, el ladrón que viene a robarle ilusiones y fotogramas a la historia del barrio.

Con jadeos de viejo asmático aparca frente al local. Los operarios empuñan sus despiadadas herramientas. Al primer mazazo Fermín siente una punzada dolorosa, incapaz de asistir impasible al derribo del cine. Su cine.

Se viste el deslucido uniforme, baja a la calle y se cuela en la sala por la puerta trasera.

Rememora emocionado la inauguración, en 1954: “Proyectaron Peter Pan y Jeromín; allí estábamos la chiquillería del vecindario para conseguir una entrada en la sesión de las cuatro. Íbamos repeinados, con ropa de domingo. En los bolsillos dos reales de pipas; en la mano la merienda liada en papel de estraza.

El cine me cautivó. Empecé vendiendo en los descansos: ¡Bombón helado, caramelos, chicle americano! Después ascendí a acomodador. He llorado, reído, sufrido y alegrado con cada película y, sin sentir, me sorprendieron las canas.”

El martilleo le trae a la realidad, le arranca lágrimas. Los cascotes caen sin compasión; la pantalla se resquebraja, se blanquean las butacas de terciopelo verde… el uniforme que Fermín viste por última vez.


                                                                  THE END

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Pilar

 

EL PRECIO DE UNA LÁGRIMA



Los hombres que a mí me enamoran, saben llorar.

Virginia lo dijo con tanta firmeza que tragué saliva y la sonrisa, que momentos antes de su inapelable aseveración afloraba a mis labios, quedó congelada. 
Ella me miraba seria, esperando mi reacción, jugueteando con un delicado pañuelo bordado con sus iniciales. Y yo no quería, ¡no podía dejarla escapar! 

La incipiente sonrisa se ensanchó, creció hasta transformarse en carcajada. Una carcajada incontrolable, casi histérica, que me llenó los ojos de lágrimas.
Pilar


FILIAS Y FOBIAS

¡Qué bueno está este coñac! Aunque ya somos pocos los que lo apreciamos, no está de moda, en los sesenta lo desbancó el güisqui y ahora lo más de lo más es el Ging Tonic a la carta, de diseño. ¡Muy chic! Pues a mí me sigue gustando el coñac y si va acompañado de un café ya es perfecto, sobre todo en días como el de hoy, que parece que los angelitos hubieran tirado la casa por la ventana: Hace viento, llueve sin parar… Vamos, lo ideal para salir a la calle, y con paraguas.

Odio los paraguas, no me gustan, me parecen una constante fuente de disgustos; seguro que son gafes, no es la primera vez que le han saltado a alguien un ojo, aunque ahí también tiene parte de culpa el usuario, la verdad. ¡Hay que ver la gente!, cuando llueve andan despendolados; estás tan tranquila esperando, por ejemplo, a cruzar, vas tan campante con tu chubasquero y el gorro y se para alguien a tu lado con el dichoso paraguas, ¿qué sucede? Pues que te pone a escurrir, nunca mejor dicho; igual que si viajas en el metro o el autobús: entran chorreando, empapan el suelo, se acercan te dejan las piernas pingando… Ahora, en los museos, dan unas fundas estupendas para guardarlos mientras la visita, eso me encanta. 

 ¿Y cuando se pierden los dichosos paragüitas? Estoy convencida de que se escaquean a propósito para volver loco al dueño, que se estruja la sesera para recuperarlo: “¿dónde lo he olvidado? He ido al banco en un taxi, luego a comprar las botas, también a…” Y todo eso porque después de cargar con el maldito cachivache deja de llover y el “siniestro hongo protector” pasa a ser un jodido incordio. Debo reconocer que el pobre artilugio tiene su parte positiva como bastón o arma defensiva, si viene al caso. Aunque ni por esas, sigue sin convencerme; yo, de momento, no necesito ayuda para andar, me mantengo en forma con mis clases de baile, que me encanta, y lo de liarme a mamporros no va conmigo, odio las discusiones… como para pegarme con alguien.

Nada, un coñac, el café y aquí me las den todas y lo que digo: solo hay que mirar por el balcón para ver a la gente peleando contra el viento y la lluvia. Los paraguas se vuelven del revés y en lugar de parecer setas bienhechoras se convierten en artefactos peligrosos, con las varillas como garras arrastrando a las víctimas que no saben si sujetarse la ropa, el pelo, agarrarse a una farola…  en definitiva, hacen de todo menos guarecerlos del chaparrón.

¡Vamos, con lo bien que se está en casa! El sofá, la mantita, una música suave, un buen libro… ¡Ah, y otra copita!


                                                                 FIN
Pilar



SOÑAR-VIVIR

Siempre he sido previsora, excesivamente sensata y bastante miedosa, aunque no me refiero a las típicas situaciones  que  asustan: la oscuridad, las tormentas, los fantasmas… No. No son esos mis temores sino las circunstancias más mundanas que afectan a mi entorno: conflictos familiares, problemas laborales, económicos…  Le doy vueltas y más vueltas a los “Y si… “

Curiosamente la mayoría de las cosas que me han quitado el sueño jamás han sucedido y de repente algo en lo que nunca he pensado ha venido a trastocar mi mundo de solterona con un buen pasar.  He conocido a Lorenzo;  ahora no quiero más que vivir el momento y soñar despierta.

FIN
Pilar


                     
 DEJAD QUE LOS NIÑOS SE ACERQUEN

Su conciencia no podría soportarlo, chocaba con todas sus creencias; aún así, Eugenio acalló dudas y remordimientos  convenciéndose de que un oportuno “accidente” podría ser el aliado perfecto de un hombre sin voluntad para domeñar sus pecaminosos apetitos.
Subió al campanario. A sus pies, la ciudad congelada dormía en silencio. Cerró los ojos y fingió un resbalón accidental.
                                                                 FIN


Pilar



VESTIDA PARA MORIR

Puntualmente, el día de su aniversario, Custodia se prueba el inmaculado vestido de novia que nunca llegó a lucir; la muerte le arrebató a su amado la víspera del enlace.
Desde aquella nefasta tarde su razón se desbarató. Vaga de la casa a la iglesia, de la iglesia al camposanto, y pasa horas arreglando las flores, sentada en la lápida contándole al difunto las novedades del pueblo… A veces canta o lee poemas de amor.
Inopinadamente, su salud sufre un revés; el diagnóstico es poco esperanzador y una obsesión enfermiza la lleva a considerar el traje como la mortaja que debe vestir cuando vaya al encuentro de su amado. Corre el tiempo y aunque la parca pasa de largo y parece ignorarla, ella no olvida su propósito. Así el traje nupcial pierde blancura, se transforma a razón de los cambios que se operan en Custodia que ajusta o suelta las costuras un año tras otro.
Y se va pasando la vida y ella, cual Penélope afanosa, cose y descose; el vestido y la eterna novia languidecen y esperan.

FIN