LA VISITA
Tuve la sensación de no estar sola, el olor de su colonia flotaba en el aire de la habitación. Sentí un escalofrío por la espalda y me volví rápida. No había nadie y, por supuesto, mi padre no podía ser en modo alguno aunque el perfume fuese el mismo que él acostumbraba a usar.
Pensé que estaba obsesionada; su muerte, a pesar de no encontrarse bien de salud, cogió por sorpresa a toda la familia que desconocíamos la dolencia cardiaca que papá padecía y no había confesado.
El ataque le sobrevino estando de viaje y el día que debía regresar llegó el avión, pero no él. Desde el aeropuerto le ingresaron en una clínica sin posibilidad de traslado. Descansa donde él quería, en un lugar bañado por el Mediterráneo que amaba y en el que había sido feliz.
Al entrar en casa mi hermana olfateó y dijo: ¿Has notado que papá está aquí?
FIN
LA VISITA
Tuve la sensación de no estar sola, el olor de su colonia flotaba en el aire de la habitación. Sentí un escalofrío por la espalda y me volví rápida. No había nadie y, por supuesto, mi padre no podía ser en modo alguno aunque el perfume fuese el mismo que él acostumbraba a usar.
Pensé que estaba obsesionada; su muerte, a pesar de no encontrarse bien de salud, cogió por sorpresa a toda la familia que desconocíamos la dolencia cardiaca que papá padecía y no había confesado.
El ataque le sobrevino estando de viaje y el día que debía regresar llegó el avión, pero no él. Desde el aeropuerto le ingresaron en una clínica sin posibilidad de traslado. Descansa donde él quería, en un lugar bañado por el Mediterráneo que amaba y en el que había sido feliz.
Al entrar en casa mi hermana olfateó y dijo: ¿Has notado que papá está aquí?
FIN
BREVE ABRAZO
Cada verano vuelvo, recorro la playa donde la conocí; peregrino por las calles que transitamos escudriñando cada rincón silente y umbrío, testigo de nuestros abrazos y acabo aprisionado entre el recuerdo y la frustración, derrotado en la anodina habitación del hotel. Los amores efímeros, pero intensos, dejan tanta huella… El nuestro duró apenas un suspiro; lo llenamos con silencios elocuentes, ¿para qué hablar? Los sentidos y el latente deseo lo hacían por nosotros, inmersos en una loca embriaguez de besos y caricias urgentes, tanto que padezco resaca inacabable, una sed que no se sacia jamás. Ni siquiera otros labios, otros brazos consiguen hacerme olvidar aquellos, dulces y posesivos a la vez. A veces dudo de que el romance fuese tan idílico como lo atesoro, pero el tiempo, inefable escultor, cincela con mano experta las aristas y él es quién, en definitiva, eterniza el espejismo. O quizá es que los sueños son el alimento de la realidad, por eso me resisto a despertar.
FIN
JOHNNY COGIÓ SU FUSIL
Algunos lloran; el rugido de los Boeing C-17 solapa los supiros de los familiares que los rodean, apurando los últimos minutos. Madres y novias, a pesar de las lágrimas y de las oraciones mudas, intentan sonreir; los acarician, los besan, dicen que están guapísimos con el uniforme y se esfuerzan por ahuyentar la punzante imagen de esa bandera doblada como un acerico. Los adolescentes, silenciosos, sueñan aventuras heroícas. Los padre les palméan la espalda y proclaman el orgullo que siente por su patriotismo, su valor, aunque, de inmediato, aseguran que el presidente pronto ordenará la retirada de las tropas; íntimamente también lloran, también rezan para que cumpla su palabra.
FIN
INTRANSIGENCIA
Relleno folios por no vaciar el cargador delante del primero que se me presente… dadme tinta, un asesino anda suelto.
No estoy desquiciado, simplemente no soporto que toquen mis útiles de escribir. Colecciono libretas, bolígrafos… en la universidad todos lo saben. Prefiero prestar dinero o el coche antes que un lápiz.
Hoy mi taquilla estaba descerrajada y mis más preciadas pertenencias rotas o desaparecidas. Lusy, popular y guapa oficial, rodeada de su cohorte acechaba mi reacción. Así aprenderás dijo, nadie me rechaza. Y los incondicionales corearon sus carcajadas.
Se les congeló la risa cuando me volví empuñando la pistola. Mañana seré yo el más popular de la universidad y mi foto recorrerá el mundo.
FIN
LOS INTRUSOS
Supo entonces que la casa no estaba vacía. Pisadas y voces acercándose al sótano le alarmaron. Avivó a su prole, ¡escondeos y ni un ruido! Ordenó y corrió a investigar. No lo veía, pero el olfato le indicaba que pronto aparecería alguien. También que traía comida. Un haz de luz, procedente de la escalera, iluminó a un hombre. Puso algo en el suelo y salio.
Le faltó tiempo para acercarse al objeto; era raro, pero el manjar que contenía se le antojó irresistible. El hambre pudo con el miedo y mordisqueó un pedacito del queso. Un chasquido alteró el silencio.
Hartos de esperar a mamá, los ratoncillos hambrientos salieron de su escondrijo.
FIN
Pilar
EXPLÍCITO CARMÍN
Sacaba la presidente del primer cajón un espejito plateado, el lápiz de labios, y se pintaba. Lo utilizaba con una parsimonia enervante, desde la cabecera de la imponente mesa de acero de su despacho, acomodada en el asiento de cuero negro y siempre momentos antes de empezar la ronda, que acostumbraba a dar por sus dominios. El personal de la Compañía aguardábamos expectantes su aparición, el tono del carmín era el indicativo de su estado de ánimo y de las decisiones que se proponía tomar.
Aquella fatídica mañana, me dijeron después mis ex compañeros, cuando hizo su aparición su boca era rosa pálido, casi transparente, subió a fucsia al pillar a un administrativo enfrascado en una partida de mus en el ordenar. Pero al entrar al cuarto de la impresora y sorprenderme haciéndole un trabajo fino y en profundidad a la telefonista, ella con la falda por la cintura y yo con los pantalones por la rodilla, el tono cambió súbitamente a morado y, de inmediato, a rojo fuego tan ardiente como nuestras mejillas y las chispas que lanzaban los ojos de la presidente.
De ejecutivo con brillante porvenir he pasado a gris vendedor en unos grandes almacenes y ¡maldita sea! me han asignado a la sección de cosmética.
FIN
RENACER DE LAS CENIZAS
La vetusta biblioteca se consumía. Luisa se recostó en la pared para soportar tanta tristeza, el espanto del fuego escapando por las cristaleras astilladas lamiendo la fachada, devorando aleros… Los muros se desmoronaban, igual que su esperanza de poder salvar algún libro. La obra que su abuelo, maestro y lector insaciable, recopiló con tanto amor, que era el orgullo de la familia, del pueblo al que la había donado, ardía sin remisión.
Las lágrimas le surcaban el rostro tiznado y, aunque ya todo estaba perdido, amontonado en cenizas humeantes, no tenía fuerzas para alejarse.
Sintió que una mano le tocaba en el brazo y descubrió a un niño que, tímidamente, le tendía un cuento manoseado, después fue una joven, una pareja, un anciano… Todos depositaban a sus pies libros y más libros, de historia, de aventuras, infantiles…
Luisa continuaba llorando, pero sus lágrimas ahora eran de alegría y esperanza reverdecida.
FIN
Pilar
MI HERMOSA HECHICERA
Coloreaba en dorados la tarde otoñal. Desde algún rincón del parque llegaba el sonido de una voz hechicera. Me dejé guiar por la melodía y entonces la vi. Cantaba encarando el ocaso que dibujaba pinceladas de oro en sus rizos oscuros, en el vaporoso vestido blanco, en sus rasgos exóticos… una visión tan prodigiosa que me subyugó; cuanto más la miraba, más hermosa y misteriosa parecía. Así conocí a Kalimba, un espíritu libre que nada me prometió, pero que mientras estuvo a mi lado era como si se abriese un balcón a la vida porque a cada momento se reinventaba y cada minuto era un regalo, un renacer, un poema. Cierto amanecer, cuando llegaron las golondrinas colonizando rincones y afanándose en hacer nidos, Kalimba voló de mi vida. Los amores eternos son tan cortos…y ella estaba hecha de la materia que nutre los sueños, y los sueños se desvanecen. Ruego para que llegue el día que, al despertarme, descubra que puedo vivir sin ella; entre tanto, sobrevivo alimentado por su mágico recuerdo.
FIN
EL MIEMBRO IMPRESCINDIBLE
El ambiente se puede cortar en la impresionante sala de juntas. El silencio, tan denso como la atmósfera, se rompe cuando la presidente tamborilea con la pluma dorada sobre el tablero de caoba de la mesa. Mira sin disimulo, uno por uno, las tan familiares caras de los rancios miembros del consejo. Últimamente las rencillas entre ellos son habituales; la crisis tiene la culpa, la siniestra sombra del inminente ERE planea sobre sus cabezas y la lista de los defenestrados no acaba de darse a conocer. En su fuero interno todos se consideran imprescindibles y se regodean pensando que “la china” les va a caer a otro aunque, circunspectos, guardan la compostura y se muestran tensos. Todos menos Amando, el más joven, que parece relajado, incluso divertido con la situación, como si supiese algo que los demás ignoran.
A la presidente se le escapa la estilográfica y Armando se apresura a recogerla de debajo de la mesa y, de pasada, aprovecha para acariciarle los muslos entreabiertos a la mujer.
FIN
Pilar
PÉTALOS MENSAJEROS
Un tratado de oftalmología en braille se abre ante él. Las gafas oscuras favorecen su aspecto atractivo. Los dedos delicados recorren los puntos negros, reguero de hormigas pedagogas, silentes. Se siente observado, la mano detiene su labor lectora y alza la cara, venteando en torno; la biblioteca huele a papel, a tinta y madera antigua. Con suma cautela me acerco y dejo una flor sobre el libro.
De vuelta a mi sitio acecho su reacción: roza la rosa y sonríe deleitándose con su perfume.
─ Hasta mañana, Andrés ─ me entrega el libro al despedirse y yo lo coloco en la estantería correspondiente.
No comenta nada sobre el regalo. Su silencio me hace concebir esperanzas.
FIN
TODAVÍA ES POSIBLE
Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros.
La gran urbe desnaturaliza todo y a todos. Tanta premura por abandonar el terruño, por hacerme un sitio lejos del duro faenar del campo, ¿para qué? El oficio de descargador me rila el cuerpo y el recuerdo de Palmira me machaca el alma. Volveré rico, le dije, espérame.
Me persigue el desconsuelo de su figura adolescente,la mano frágil cortando el aire lánguidamente, empequeñecida a medida que el tren se alejaba.
Hoy vuelvo igual de pobre, aunque más recio. Palmira me espera, me sonríe; ese proyecto de cadera ahora es un poema y, asombrado, descubro que aún se producen prodigios.
FIN
Pilar
IMPOSIBLE DE DIGERIR.
La cena se enfriaba en la mesa, y el chico sin llegar. Por la ventana, el estridente ruido de un tubo de escape, le alertó. Se asomó rápida. La moto pasó veloz por la calle y se perdió dejando una estela de humo negro y el eco retumbando en la noche desapacible.
Encendió el televisor para solapar el tic-tac del reloj acusador, aunque apenas prestó atención al último telediario; dudaba en si calentar la verdura o esperar a escuchar la llave en la cerradura. Cuando dieron la noticia del accidente, como una autómata tiró la comida helada a la basura.
FIN
ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Anoche habló el Santo Padre, y me quedé estupefacto.
Su homilía, preñada de “perdón”, “amor” y “libertad”, referida a la acción militar ejercida sobre un país tercermundista, me sobrecogió. Seguí transido de fervor la Eucaristía, que en manos del Papá adquiría carácter prodigioso, y elevé una sentida oración por los oprimidos masacrados.
-Excelencia- el ministro de justicia interrumpió mi rezo-, esto urge.
Me santigüé, cerré el devocionario, apagué el televisor y empuñé la estilográfica.
-¿Once hoy? ¡Vaya por Dios!- me lamenté, pero firmé con pulso seguro las sentencias de muerte.
-Gracias excelencia. Que descanse.
-Lo haré. La conciencia limpia es el mejor somnífero.
FIN
Pilar
OTRA VEZ ES PRIMAVERA
No dije que lo sabía.
Empecé a recelar porque ya apenas lloraba al ver las fotos del álbum o si sonaba esa melodía; era nuestra canción, decía suspirando.
Lo sospeché al verla sonreír sin motivo. O cuando respondía al teléfono y, sofocada, aseguraba que era una equivocación. Tampoco me pasó desapercibido que incorporaba mínimas pinceladas de color a sus trasnochados crespones negros, ni el afán de taparse las incipientes canas, de maquillar los labios, ahora menos tensos. Hasta la casa parecía más luminosa.
Por eso, cuando mi madre pronunció tímidamente aquél nombre nuevo, abrí el balcón y aspire profundamente. Ya huele a primavera, le dije, nos miramos un segundo y rompimos a reír como locas.
FIN
Pilar
POR SU PROPIO PESO
Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared de la despensa, la hoja con la dieta estuvo metida en el cajón de las facturas. Aunque no la veía, saber que estaba ahí me producía ansiedad. Enmascaraba la angustia con una onza de chocolate, un bollo… Una noche, al volver del cine, sin previo acuerdo mi marido sacó martillo y clavo y yo la hoja con las recomendaciones del dietista. Todavía me ardía la cara de vergüenza al recordar cómo nos quedamos embutidos en la butaca y, al terminar la proyección, entre un amable joven y el acomodador nos desencajaron a puro tirón.
FIN
Pilar
Pilar
UN TRABAJO BIEN HECHO
Hasta siempre, Vladimir. Trabajas bien, añadí. Muy bien.
Cerré la puerta, abrí el balcón y esperé. Vladimir apareció cargando brochas, latas… Levantó la vista, sonrió al descubrirme, y volví a pensar que parecía un actor cinematográfico. En la calle, las mujeres se giraban a mirarle, quizás fantaseando con lo que ocultaba el mono salpicado de gotas multicolores; una, le abordó. Él asentía sonriente, le tendió una tarjeta y continuó sin prisa. Le perdí de vista cuando el autobús se lo tragó.
Mi dormitorio olía a pintura fresca. Alisé las sábanas borrando huellas acusadoras, y decidí que el salón también necesitaba un buen repaso.
FIN
Pilar
RECOMPENSA
-¡Imbéciles!
La escena, habitual, sublevaba a Pedro. Cuatro adolescentes acosaban a David y Santi; éste, aferrado al pictograma que llevaba al cuello, miraba al vacío. El otro se mecía atrás, adelante, con las manos apretadas contra el estómago y profiriendo un quejido monocorde.
-¡Tarados!- insistían carcajeándose.
Consciente de que le acarrearía una sanción, Pedro tiró de freno y abrió las puertas obligando a los pendencieros a bajar del autobús.
David cesó de balancearse, de emitir sonidos. Santi compuso un remedo de sonrisa; Pedro suspiró satisfecho; en un año, era la primera mueca que veía en el semblante ausente del niño.
FIN


