SALVADO POR UN BESO
Es el diluvio, pero no mi barca, hoy no es mi día pensé mientras me llovían los golpes y estaba a punto de derrumbarme. Me salvó la campana. Tenía que seguir. Era mi oportunidad, el bienestar de mi familia. Los ojos fieros de mi oponente me decía que yo estaba perdido y él tan seguro de ganar que decidí que lucharía hasta el final, aunque me dejase la vida.
Entonces vi a mi hijo. Lloraba abrazado a su madre, me suplicaban con la mirada. Ella movió la cabeza despacio, de un lado a otro, sus labios dibujaron un beso, un “te quiero”.
Y tiré la toalla.
FIN
SALVADO POR UN BESO
Es el diluvio, pero no mi barca, hoy no es mi día pensé mientras me llovían los golpes y estaba a punto de derrumbarme. Me salvó la campana. Tenía que seguir. Era mi oportunidad, el bienestar de mi familia. Los ojos fieros de mi oponente me decía que yo estaba perdido y él tan seguro de ganar que decidí que lucharía hasta el final, aunque me dejase la vida.
Entonces vi a mi hijo. Lloraba abrazado a su madre, me suplicaban con la mirada. Ella movió la cabeza despacio, de un lado a otro, sus labios dibujaron un beso, un “te quiero”.
Y tiré la toalla.
FIN
Pilar
LA HORA DE LOS GRILLOS
El aroma a café me despierta. En la penumbra, los objetos se reflejan borrosos en el espejo; también mi imagen marchita. ¿Quién soy?
Negás la realidad, diagnosticó la porteña, psicólogo en un pasado mejor; odiás tu vida, lo que sos.
Puede. Pero, cómo romper la dinámica. Adónde volver.
En el pasillo reptan zapatillas perezosas, oigo bostezos, voces roncas de alcohol y humo. Juro que será la última vez; abandonaré esta casa, bulliciosa a la hora negra de los grillos, sosegada cuando la mano pálida del alba apaga las estrellas.
En la mesilla, los euros golosos me eclipsan la intención. Quizá mañana.
FIN
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE.
Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina, la tos cavernosa me sacude. No sé si tiemblo por ella o del terror que me produce el sobre con el nombre de la clínica en letras azules. Su sentencia. Pero me resisto a apagar el cigarrillo.
Miro la carta sin verla, sin abrirla.
-Es para el vecino del primero. Se han equivocado al meterla en el buzón- mi mujer, hosca, me la arrebata. Me mira disgustada y añade -: Pero tú... A lo tuyo.
Suspiro aliviado, aunque sigo temblando. Lo veo en la mano, al llevarme el pitillo a la boca.
FIN
Pilar
Pilar
Pilar
NAUFRAGIO
Me despertó el estertor agónico de mi compañero. Lo siento, dijo sin voz. Te quedas solo. Haz lo que tengas que hacer y reza para que te encuentren rápido.
Llevaba dos semanas haciéndolo, desde que el pesquero fue a pique. Encaramado a la barca auxiliar, milagrosamente intacta, di gracias al cielo por mi amigo superviviente. Por mí.
Poco duró la alegría, casi tan poco como la comida y el agua que redimimos del mar embravecido.
Recé mientras le cerraba los ojos. Mientras le quitaba el pantalón. Mientras me inclinaba y le hincaba los dientes en el muslo exánime.
FIN
Pilar

INSTINTO
Aquél sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Yo tenía siete años cuando mi hermano rompió mi muñeca; le hundió un lado de la cabeza y un ojo. Llorando, la abracé y mecí como mi madre hacía conmigo. No me consolaba saber que me comprarían otra; quería esa, la quería de verdad, y verla lisiada me dolía como si la muñeca pudiese sentir. La suponía humillada, avergonzada de su aspecto y decidí arreglarlo. Mamá tejió un gorro de lana rosa para ella y yo, con un bolígrafo, le dibujé gafas, negras igual a las del ciego que vendía cupones en la puerta del mercado. Mamá dijo: serás buena madre, tienes instinto. Mis hijos creen que lo soy. FIN
Pilar
AÑICOS
Me costó una depresión restarle tu mitad a mi corazón. Los cajones vacíos seguían llenos de tu perfume. Las perchas huérfanas se apiñaban, como pájaros asustados, en un rincón del armario, ahora demasiado grande para mis trajes. Hasta la casa sentía tu ausencia, sin el calor y el color que imprimías a cada objeto, a cada guiso…
La injusta muerte me arrebató tu hermosura, tu juventud y mi capacidad para entregarme a nadie. Mi vida estaba hecha añicos.
Me rescató Rosa, tu hermana. Me remendó el corazón con jirones del suyo. A veces, la sorprendo mirándome con los ojos ansiosos del perro entregado que aguarda una caricia. Es doloroso saberse amado y reconocerse incompetente para corresponder.
Me pregunto sí Rosa tendrá la fortuna de encontrar a alguien digno de su entrega, alguien que le remiende el corazón que yo la he roto.
FIN
Pilar
ROJO RABIOSO
Me llamo Domingo. Soy uno de los siete hijos de Semana y Mes, el que sale en los calendarios en color rojo. Soy el primero, aunque algunos aseguren que es el lunes, y represento el sol; al igual que él, en algunas culturas me han considerado una jornada sagrada merced al emperador Constantino; cuentan que soñó con el sol y la cruz de Jesús y se convirtió al cristianismo. Me denominó Dominica, que quiere decir día del Señor, dedicado al recogimiento espiritual. Mucho ha cambiado la sociedad y las costumbres. Actualmente ese rito de la misa, que tenía yo en exclusiva, lo comparto con mi hermano Sábado; me fastidia, pero no tanto como la desconsideración que se me tiene en otros aspectos. Antaño, se aguardaba mi llegada con entusiasmo, yo era símbolo de descanso, de ocio, porque hasta la década de los setenta se trabajaban los otros seis días, y en el mío los novios salían a bailar o al cine, las familias se reunían para comer, se organizaban guateques, excursiones al campo, a los ríos si hacía buena temperatura, y en general me celebraban con regocijo. Ahora no; los jóvenes salen a divertirse Viernes y Sábado, algunos hasta en Jueves, y cuando llega mi turno se pasan la mañana en la cama, agotados en el mejor de los casos o con resaca en el peor, y por la tarde tirados en el sillón y protestando porque se acerca Lunes y con él la hora de volver a clase.
Los mayores, si se quedan en la ciudad, van a cenar o a algún espectáculo en la noche del sábado, porque en domingo no hay quien salga, dicen con cara de aburrimiento, Lo único que parece interesarles de mi jornada es el partido de fútbol. También se desplazan a las casas que tienen en la sierra y regresan protestando por la circulación, porque han estado parados una eternidad en la carretera, y la entrada a Madrid estaba insufrible… ¿Qué ha sido de aquellas mañanas dominicales en El Retiro amenizadas por la banda municipal? Qué de la hora del aperitivo a la salida de misa, de los jardines colonizados por niños en bicicleta y patines ¿Y las meriendas invernales al calor del brasero, con chocolate y churros jugando al parchís o al Monopoly? Costumbres encantadoras que pasaron a la historia; como la de descansar los días festivos; ahora abren al público los comercios sin importar que el almanaque indique el color rojo. Todo son protestas y reproches para mí, ¡hasta del tiempo me culpan! Durante la semana con un sol radiante y llega el domingo, y llueve; mañana que toca currar seguro que hace buenísimo, despotrican amargados.
Yo también lo hago y estoy deseando que pase un segundo de las doce para que mi hermano Lunes me releve, que me deprime tanta bronca y tan poca consideración.
Pese a quién pese siempre seguiré siendo rojo, en este momento rojo de rabia.
FIN
Pilar
HOJAS MUERTAS
No reconocí al hombre que tenía frente al espejo. Sorprendente después de media vida juntos. Nos miramos en silencio a través del cristal; en mi rostro un gesto de gris impotencia, en el suyo un patético deslumbramiento reverdecido. Luego, en ambos, la decepción del amor agostado. Me tapé los oídos para no escuchar más justificaciones, explicaciones que no me consolaban. Él posó una mano marchita en mi hombro antes de darse la vuelta deprisa. Las lágrimas me ahogaron y cerré los ojos para no ver mis canas, sus arrugas… Para no verle recoger la maleta y abrir la puerta huyendo de nuestro destemplado otoño en pos de una cálida primavera.
FIN
Pilar
DESHOJANDO LA MARGARITA
Miré las fotografías y los reconocí. Cerré el sobre y lo dejé sobre la mesa, junto a la taza con el café. Bebí un sorbo y apenas noté que me abrasa ni lo amargo que estaba. Prolongué la tregua encendiendo un cigarrillo -Salían de…-El detective se acomodó dispuso a leer el informe. Le acallé con un gesto; extendí un cheque con sus honorarios y le despedí sin pronunciar palabra. ¿Cuánto tiempo estuve en la cafetería? No lo sé. Tampoco las vueltas que di con el coche por la ciudad, sin saber adonde iba, sin decidir cómo afrontar lo que llevaba tiempo sospechando. Y de repente, unas cartulinas en blanco y negro... ¿Y ahora, qué? Preguntaba negándome la respuesta. Yo no soy violento, ni irascible, ni grosero, aunque racionalmente querría insultar, descontrolarme, matar. No, eso no. No podría hacer daño a quien amo desesperadamente. La herida estaba abierta, sangrando los jirones de mi corazón sin saber cómo remendarlos. Otra cicatriz más, contabilicé. La más profunda aún dolía algunas veces, con cada recuerdo de mi vida pasada, cuando era un hombre casado, cuando ocultaba mi inclinación, cuando me enamoré como un colegial de Quique; el Quique becario que se desvivía por aprender y cumplir mis órdenes. El Quique que se reveló sagaz y supo ver dentro de mí lo que yo me resistía a asumir pero que, irremediablemente, afloraba en su atractiva presencia. Ha sido arduo el proceso, la aceptación, vivir la vida sin que mis noches se desvelasen de zozobra, de arrepentimiento… Irracionalmente me reprocho haber contratado al investigador, por querer saber la verdad. Odio la cobardía de Enrique y su falta de sinceridad, su doblez, no ser capaz de afrontar el hecho de que ya no me quiere. Sí, sí me quiere. Por eso no da el paso definitivo, para no herirme, para no hundirme, a mi edad, en una sima de desesperación. Me quiere, pero no me ama. A esa conclusión he llegado casi al tiempo que, sin percatarme, me descubro aparcado frente a su portal. El dedo me tiembla mientras decido si pulsar el botón del portero automático de su piso. Sí, no. Sí, no, sí… No llego a hacerlo. A través de las cristaleras de la puerta veo abrirse el ascensor. Enrique sale primero; a su espalda, con las manos posesiva ciñéndole los hombros, aparece el tipo de la fotografía. Si se sorprenden al verme lo disimulan muy bien. -¿Recuerdas a Sergio?- me pregunta desenfadado. Por supuesto que le recuerdo. Es un directivo de la multinacional en la que ambos trabajan, y nunca me gustó cómo le miraba. -No te esperaba- añade ignorando mi mudez-, íbamos a tomar algo. ¿Nos acompañas? Palpo el sobre que guardo en el bolsillo de la chaqueta y tiró de él despacio. El vidrio del portal refleja mi imagen caduca, la de ellos dolorosamente lozana, y devuelvo a su sitio las fotografías acusadoras. Fuerzo una sonrisa y acepto la invitación. Yo también soy un cobarde. FIN
Pilar
CARA A CARA
¿Te acuerdas de mí?
En absoluto; ni siquiera lo intente. ¡Tantas mujeres habían pasado por mis manos! Apenas me fijaba en la cara; no era, precisamente, lo que me interesaba de ellas.
Esta no estaba mal, mustia; olía a hembra necesitada de un macho que le alegrase la noche. Y yo estaba loco por pillar carne; el mes en la trena pareció un siglo. Me acerqué haciendo como que quería echarle un vistazo más de cerca.
Ella retrocedió hasta quedar apoyada en la pared, con las manos en los bolsillos. Igual pensaba que la iba a robar… ¡Imbécil!
Yo hice lo propio y empuñe el destornillador.
¿De verdad no te acuerdas?
¡Qué plasta, la tía! Pronto iba a dejar de preguntar. Di unos pasos más y… El empellón me pilló a contrapié, me cortó el resuello y salí despedido; igual que el destornillador, que rodó hasta los zapatos de la zorra salvaje. Quedé tirado en el suelo, mareado. Cuando sentí el pinchazo en la entrepierna supe que la conocía, aunque no me hubiese fijase en su cara. Ella si lo hizo.
FIN
Pilar
LA LLAMADA DE LA VIDA
El rugido del mar embravecido salva el muro que me rodea imponiéndose al silencio que entolda, habitualmente, el recinto monacal.
Cierro el breviario incapaz de centrarme en la obligada lectura; aspiro el viento salobre que me hace evocar el azul Mediterráneo, su belleza lujuriosa... Siento que ya le he perdonado. La apremiante necesidad de contemplarlo me empuja a abandonar lo que desde hace dos años es mi mundo; lo elegí libre, conscientemente, a sabiendas de qué me exigía, qué dejaba: un paisaje ocre, olor a algas y alquitrán, tempestad traicionera, aguacero encrespado lacerando barcas pesqueras, la cristalera empañada de una cafetería con aroma a chocolate… Y la espera infructuosa, y la brutal noticia, y el llanto, y el luto.
Los días desolados alcanzaron el invierno que trajo, en sus manos escarchadas, mi decisión de profesar en clausura. He sido una novicia sumisa y, hasta esta noche, no pretendía más que armonía, paz interior. Algo se ha rebelado en mí; me descubro incompleta y anhelo compartir el amor más allá de la mera espiritualidad. Mantengo a raya un deseo que el mar frustró: ser madre, darme a alguien físico y tangible, derramar la ternura que albergo. ¡Qué mejor que un hijo para hacerlo realidad! Puedo retomar mi vida, volver a la docencia, a enamorarme… También, de nuevo, sentirme defraudada, atormentada con tanta incertidumbre que impera más allá de estos muros protectores. Pero veo con claridad que es una cobardía esconderse tras ellos, enterrar mi dolor laborando una huerta, mi lozanía entre las páginas de un devocionario, mis inquietudes y anhelos bajo llave en lo más recóndito de mi mente. Ahora me siento con fuerzas renovadas para arrostrar lo negativo. Y hay tanto positivo…
Reverenda Madre Superiora: Le extrañará mi marcha tan intempestiva, tan insospechada, pero anoche escuche el mar, percibí su aroma y sentí su llamada.
Antaño me arrebató el amor, me apartó del mundo, hoy me instiga a volver a él.
FIN
Pilar
LA CACERÍA
… y luego, se fue corriendo
-¿Adónde?- pregunté intrigada.
-A llamar a la puerta de enfrente. Abrió un tío macizo, un yogurcito; descalzo, con una toalla enrollada a la cintura y las gotas de agua brillándole en el corpachón.
-¡Jesús, vaya espectáculo!
-Ya te digo. Pues, eso, que Marisa se puso a gritar histérica: ¡una cucaracha, hay una cucaracha en la cocina! El macizo, por lo visto, puso cara de “bichitos a mí” y tal y como estaba salió dispuesto a la cacería. Creo que estuvo media hora larga persiguiendo a la cuqui y Marisa, encaramada en una silla, encantada. Cuando el mozo se la cargó, ella se disculpó: “Perdona. De verdad que lo siento, pero es que me espantan esos bichos. Bueno, todos; soy tan miedosa… Debes ser nuevo en el edificio, nunca te había visto antes…” El caso es que le invitó a tomar algo, para agradecerle el favor.
-Para enrollarse con él, quieres decir. Ya me la imagino poniendo ojitos.
-Normal, parece que el chico está como para desmayarse. La cuestión es que él dijo que no podía, que en otra ocasión.
-Vaya corte.
-No creas; ya conoces a Marisa, cuando quiere algo… Hoy he hablado con ella y no podía venir; se le ha metido entre ceja y ceja que tiene un ratoncito en el armario del dormitorio. FIN
Pilar
DE PADRES GATOS…
El niño paró de colorear en amarillo las trenzas del dibujo que estaba haciendo en su cuaderno.
-Le regalaré a Henar un collar, como el que papá te compró ayer- aseguró- Y unos pendientes. Y un abrigo de piel, el más bonito que tengan en la tienda.
La madre dejó de lado el libro, y una sombra de tristeza le nubló el rostro. Abrazó a su hijo y le cubrió de besos.
-Pero eso cuenta mucho dinero- alegó dulcemente - ¿De dónde piensas sacarlo?
-Pues del Banco- replicó cargado de razón el pequeño y se desligó del abrazo- ¡Mamá, no sabes nada!
-¿Y cuando le darás esos regalos a Henar?- continuó interrogándole, ignorando el comentario último.
-Se los daré cada vez que sea buena y no me haga enfadar. Igual que hace papi cuando te pide perdón. Así, con tantos regalos, dejará de llorar. Como haces tú. Y no querrá marcharse a vivir a otra casa. Tú no te vas a marchar, ¿a que no, mami?
La madre no respondió. Una lágrima furtiva le rodó por la mejilla tumefacta.
El niño volvió a enfrascarse en el dibujo y terminó de colorear las trenzas amarillas.
FIN
Pilar
EVOLUCIÓN
Se ofreció Laureano voluntario para el novedoso ensayo. Su carácter, iracundo, intransigente y prepotente le condicionaba, tanto en el trabajo como en las relaciones sociales. Debido a él, había dejado de optar a ese ascenso al que era merecedor y candidato. De igual manera, las mujeres pasaban por su vida como cuentas de rosario, sin llegar a desgranar la letanía.
Sintió de inmediato los efectos del tratamiento: se atemperó, colaboraba y ayudaba ahí donde se le requería, incluso sin necesidad de que se lo pidiesen… También notó que se volvía más eficiente y resolutivo, con una capacidad inagotable para solventar asuntos que anteriormente se le hacían muy cuenta arriba. Hasta físicamente comprobó que, aunque apenas perceptible, su cuerpo evolucionaba suavizando los rasgos adustos de su rostro, sus maneras perdieron hosquedad y la voz se tornó comedida.
En consecuencia, al finalizar el experimento era una persona nueva. Tan nueva, que pasados unos meses sufrió un cambio más, el definitivo. Estupefacto, corrió a buscar una farmacia para comprar un paquete de compresas.
FIN
Pilar
AMOR DE SALDO
De seis a ocho Emilia vende amor con la mano, por 10 euros, en rincones umbríos, en cines pestilentes, en retretes tabernarios.
Cuando el marido llega, a las nueve, la encuentra afanosa, enredada en cazuelas y sartenes; prueba el guiso y se congratula de la buena mano que tiene Emilia para darle el punto preciso.
Ella sonríe y le besa en la frente.
FIN
Pilar
-->
PUNTO FINAL
En cuanto entré vi la boina sobre la mesa. Solté la carpeta y sonreí feliz, anticipando el sabor de los caramelos de menta que el abuelo llevaba en el bolsillo para mí, el calor de su abrazo, de sus besos húmedos y sonoros, la caricia de su mano rugosa en mi mejilla; un ritual que se repetía hasta donde alcanzaba mi memoria. Corrí a su encuentro con la ilusión de que se animase a dar un paseo, unos paseos tan largos y ligeros como, ahora, las piernas maltrechas le permitían. Le gustaba hablar; me iba relatando historias antiguas, curiosidades de los lugares por los que deambulábamos; era como leer un libro, pero más divertido porque lo adornaba y contaba tan bien…
Mamá me salió al paso, vestida de oscuro, llorosa, con los brazos abiertos para acogerme, para consolarme.
Odié la boina, redonda y negra, porque era como un punto final.
FIN
Pilar
QUERER CREER
No
consigo recordar. ¿Qué es un hada? Me esfuerzo rebuscando en la cabeza
embotada por el hambre, el frío que engaño con vino peleón.
Una
chispa fugaz me asalta y entreveo a un niño en el regazo de una mujer
hermosa, que le acaricia el pelo. ¿Sería ella un hada? Creo que no.
¡Lástima! Era agradable la sensación de sentirse protegido, amado.
Por
entre la manta mugrosa que me cubre veo venir, calle abajo, a una
muchacha; arrastra los pies por el peso de las bolsas que carga y sonríe
a los colegas que van saliendo de los soportales, de entre cartones y
trapos, como muertos vivientes; tienden las manos desheredadas hacia los
bocadillos y cafés que reparte, y se pierden en las sombras, urgidos
por el ansia de devorar.
También
a mí ella me regala comida, y una sonrisa luminosa. Vuelvo a mi rincón
empuñando mi ración, contento, porque ya sé lo que es un hada.









