EL TIEMPO ENTERRADO
Bajo la primera capa de barro, aparece una imagen sorprendente.
Amuro el escobón, el cobertizo puede esperar; se avecina otra tormenta. Rescato la caja y, al desenfangarla, aparece la imagen completa: un velero. El niño que era cuando la abuela me la regaló, fantaseaba con ser corsario, aventurero.
Resulta sorprendente que, aún sepultada, oxidada, custodie mis añosos tesoros. Un rizo, fotos, canicas… objetos ligados a momentos especiales, a recuerdo de los que apenas guardo memoria vuelven a mí nítidos. Gento y Zarra me sonríen bajo la cera que recubre las chapas; intento un toque y los dedos artríticos protestan negándose a obedecer.
-Abuelo, ¿a qué juegas?
-A ser niño otra vez.
FIN
EL TIEMPO ENTERRADO
Bajo la primera capa de barro, aparece una imagen sorprendente.
Amuro el escobón, el cobertizo puede esperar; se avecina otra tormenta. Rescato la caja y, al desenfangarla, aparece la imagen completa: un velero. El niño que era cuando la abuela me la regaló, fantaseaba con ser corsario, aventurero.
Resulta sorprendente que, aún sepultada, oxidada, custodie mis añosos tesoros. Un rizo, fotos, canicas… objetos ligados a momentos especiales, a recuerdo de los que apenas guardo memoria vuelven a mí nítidos. Gento y Zarra me sonríen bajo la cera que recubre las chapas; intento un toque y los dedos artríticos protestan negándose a obedecer.
-Abuelo, ¿a qué juegas?
-A ser niño otra vez.
FIN
Pilar
NO HAY MÁS SORDO QUE…
El candidato a la reelección subió al estrado, se colocó ante los micrófonos… Y se quedó en blanco.
Miró en derredor del inmenso recinto a las caras expectantes de correligionarios y periodistas, y se preguntó cómo era el discurso que llevaba semanas memorizando.
Se ajustó el nudo de la corbata de seda, los puños de la camisa celeste, y comprobó que los gemelos de oro estuviesen bien ajustados. Sudando, flaqueó y se apoyó en el atril buscando ayuda en los rostros benevolentes de los afiliados, entregados, que le contemplaban expectantes.
La presidenta consorte sonreía animándole; hasta le envió un beso furtivo, pero él seguía sin saber qué decir. La memoria le jugó una mala pasada y lanzó las mismas consignas de la campaña de cuatro años atrás. Habló y habló… Y salió airoso del trance.
Las promesas electorales, a los incondicionales asistentes, les sonaron a novedad.
FIN
Pilar
SINE DÍE
Me acerco y, en la libreta negra, anoto sus nombres. Huelen a fracaso, a miedo… Sólo miro la mano que recoge el pañuelo rojo que les entrego; algunas temblorosas, otras con teatral desdén.
Los apostantes rugen al verlos desfilar. La pistola, oscura y fría cual serpiente mortal, aguarda en el centro de la mesa redonda que ocupan los jugadores.
A cada ¡clic! del arma le sigue un suspiro de alivio. Un murmullo de decepción. Cuando se disipa el eco del disparo fatal y del cuerpo al caer, tacho su nombre de la lista. Los ganadores, bulliciosos, se reparten los billetes manchados de sangre. Los supervivientes saludan triunfantes, pero siguen oliendo a fracaso. A miedo aplazado.
FIN
Pilar
AL MAL TIEMPO…
Llueve. Y yo sin paraguas. Las prisas… Las prisas y el pataleo. Y el maldito tiempo; hacía un sol rabioso y, sin más, se lía una tormenta furibunda. Aguanto un rato frente al portal, refugiada bajo la cornisa del super. Miro a nuestras ventanas; se darán cuenta de la que está cayendo y se asomarán para buscarme. Espío esperando verlos aparecer preocupados, deseosos de perdonarme. Los padres siempre quieren perdonarnos aunque suspendamos, aunque no ordenemos la habitación, incluso si les tratamos mal y salimos vociferando, dando un portazo.
Sigue la lluvia. Siguen las ventanas cerradas. Sigue el portal atrancado. Y yo… congelada. Hambrienta.
Las luces del super se van apagando, el personal despidiéndose a toda prisa y queda la calle solitaria, silenciosa de voces… Sólo el ruido de las alcantarillas tragando agua sin cesar me acompaña. Yo también trago: las lágrimas frustrantes, el orgullo, y cruzo corriendo. En casa hace calor y la cena estará preparada.
FIN
Pilar
Pilar
Pilar
UN PELDAÑO MENOS
Ni subido a una escalera conseguiría besarte.
Siempre lo supe, aunque vivía aferrado a tu perfil. Desde el banco del parque en el que pasaba las horas te veía trajinar, a través de la cristalera, y soñaba ese beso imposible.
El día que descubrí el cartel de “Se traspasa” también mi quimera pereció atravesada.
Ya, ni brillando el sol me abandona la sensación de penumbra, de oscuridad; la misma que envuelve el local desamparado, frío sin tu cálida presencia.
¿Qué me queda?, la luna, el fulgor de las estrellas… Y la amargura, porque nunca reparaste en mí, ¿quién mira a un mendigo?
FIN
Pilar
DULCE ESPERAPara que no se enteren de que me he marchado me desvanezco del dormitorio, pero el hedor a flores marchitas, a lodo, queda prendido en el aire, en los rincones, en los muebles… Están dormidos; ella abrazada al pecho de mi viudo, todavía ambos con el pánico pintado en los rostros crispados. No se merecen este gesto generoso. No después de la traición que acabó con mi cordura, con el gusto por la vida. El vientre de ella, palpitante de vida nueva, me llena de envidia. De ternura. Por eso me disipo. Regresaré dentro de cinco meses. No hay prisa, tengo por delante una eternidad. FIN
Pilar
SALVADO POR UN BESO
Es el diluvio, pero no mi barca, hoy no es mi día pensé mientras me llovían los golpes y estaba a punto de derrumbarme. Me salvó la campana. Tenía que seguir. Era mi oportunidad, el bienestar de mi familia. Los ojos fieros de mi oponente me decía que yo estaba perdido y él tan seguro de ganar que decidí que lucharía hasta el final, aunque me dejase la vida.
Entonces vi a mi hijo. Lloraba abrazado a su madre, me suplicaban con la mirada. Ella movió la cabeza despacio, de un lado a otro, sus labios dibujaron un beso, un “te quiero”.
Y tiré la toalla.
FIN
Pilar
LA HORA DE LOS GRILLOS
El aroma a café me despierta. En la penumbra, los objetos se reflejan borrosos en el espejo; también mi imagen marchita. ¿Quién soy?
Negás la realidad, diagnosticó la porteña, psicólogo en un pasado mejor; odiás tu vida, lo que sos.
Puede. Pero, cómo romper la dinámica. Adónde volver.
En el pasillo reptan zapatillas perezosas, oigo bostezos, voces roncas de alcohol y humo. Juro que será la última vez; abandonaré esta casa, bulliciosa a la hora negra de los grillos, sosegada cuando la mano pálida del alba apaga las estrellas.
En la mesilla, los euros golosos me eclipsan la intención. Quizá mañana.
FIN
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE.
Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina, la tos cavernosa me sacude. No sé si tiemblo por ella o del terror que me produce el sobre con el nombre de la clínica en letras azules. Su sentencia. Pero me resisto a apagar el cigarrillo.
Miro la carta sin verla, sin abrirla.
-Es para el vecino del primero. Se han equivocado al meterla en el buzón- mi mujer, hosca, me la arrebata. Me mira disgustada y añade -: Pero tú... A lo tuyo.
Suspiro aliviado, aunque sigo temblando. Lo veo en la mano, al llevarme el pitillo a la boca.
FIN
Pilar
Pilar
Pilar
NAUFRAGIO
Me despertó el estertor agónico de mi compañero. Lo siento, dijo sin voz. Te quedas solo. Haz lo que tengas que hacer y reza para que te encuentren rápido.
Llevaba dos semanas haciéndolo, desde que el pesquero fue a pique. Encaramado a la barca auxiliar, milagrosamente intacta, di gracias al cielo por mi amigo superviviente. Por mí.
Poco duró la alegría, casi tan poco como la comida y el agua que redimimos del mar embravecido.
Recé mientras le cerraba los ojos. Mientras le quitaba el pantalón. Mientras me inclinaba y le hincaba los dientes en el muslo exánime.
FIN
Pilar

INSTINTO
Aquél sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Yo tenía siete años cuando mi hermano rompió mi muñeca; le hundió un lado de la cabeza y un ojo. Llorando, la abracé y mecí como mi madre hacía conmigo. No me consolaba saber que me comprarían otra; quería esa, la quería de verdad, y verla lisiada me dolía como si la muñeca pudiese sentir. La suponía humillada, avergonzada de su aspecto y decidí arreglarlo. Mamá tejió un gorro de lana rosa para ella y yo, con un bolígrafo, le dibujé gafas, negras igual a las del ciego que vendía cupones en la puerta del mercado. Mamá dijo: serás buena madre, tienes instinto. Mis hijos creen que lo soy. FIN
Pilar
AÑICOS
Me costó una depresión restarle tu mitad a mi corazón. Los cajones vacíos seguían llenos de tu perfume. Las perchas huérfanas se apiñaban, como pájaros asustados, en un rincón del armario, ahora demasiado grande para mis trajes. Hasta la casa sentía tu ausencia, sin el calor y el color que imprimías a cada objeto, a cada guiso…
La injusta muerte me arrebató tu hermosura, tu juventud y mi capacidad para entregarme a nadie. Mi vida estaba hecha añicos.
Me rescató Rosa, tu hermana. Me remendó el corazón con jirones del suyo. A veces, la sorprendo mirándome con los ojos ansiosos del perro entregado que aguarda una caricia. Es doloroso saberse amado y reconocerse incompetente para corresponder.
Me pregunto sí Rosa tendrá la fortuna de encontrar a alguien digno de su entrega, alguien que le remiende el corazón que yo la he roto.
FIN
Pilar
ROJO RABIOSO
Me llamo Domingo. Soy uno de los siete hijos de Semana y Mes, el que sale en los calendarios en color rojo. Soy el primero, aunque algunos aseguren que es el lunes, y represento el sol; al igual que él, en algunas culturas me han considerado una jornada sagrada merced al emperador Constantino; cuentan que soñó con el sol y la cruz de Jesús y se convirtió al cristianismo. Me denominó Dominica, que quiere decir día del Señor, dedicado al recogimiento espiritual. Mucho ha cambiado la sociedad y las costumbres. Actualmente ese rito de la misa, que tenía yo en exclusiva, lo comparto con mi hermano Sábado; me fastidia, pero no tanto como la desconsideración que se me tiene en otros aspectos. Antaño, se aguardaba mi llegada con entusiasmo, yo era símbolo de descanso, de ocio, porque hasta la década de los setenta se trabajaban los otros seis días, y en el mío los novios salían a bailar o al cine, las familias se reunían para comer, se organizaban guateques, excursiones al campo, a los ríos si hacía buena temperatura, y en general me celebraban con regocijo. Ahora no; los jóvenes salen a divertirse Viernes y Sábado, algunos hasta en Jueves, y cuando llega mi turno se pasan la mañana en la cama, agotados en el mejor de los casos o con resaca en el peor, y por la tarde tirados en el sillón y protestando porque se acerca Lunes y con él la hora de volver a clase.
Los mayores, si se quedan en la ciudad, van a cenar o a algún espectáculo en la noche del sábado, porque en domingo no hay quien salga, dicen con cara de aburrimiento, Lo único que parece interesarles de mi jornada es el partido de fútbol. También se desplazan a las casas que tienen en la sierra y regresan protestando por la circulación, porque han estado parados una eternidad en la carretera, y la entrada a Madrid estaba insufrible… ¿Qué ha sido de aquellas mañanas dominicales en El Retiro amenizadas por la banda municipal? Qué de la hora del aperitivo a la salida de misa, de los jardines colonizados por niños en bicicleta y patines ¿Y las meriendas invernales al calor del brasero, con chocolate y churros jugando al parchís o al Monopoly? Costumbres encantadoras que pasaron a la historia; como la de descansar los días festivos; ahora abren al público los comercios sin importar que el almanaque indique el color rojo. Todo son protestas y reproches para mí, ¡hasta del tiempo me culpan! Durante la semana con un sol radiante y llega el domingo, y llueve; mañana que toca currar seguro que hace buenísimo, despotrican amargados.
Yo también lo hago y estoy deseando que pase un segundo de las doce para que mi hermano Lunes me releve, que me deprime tanta bronca y tan poca consideración.
Pese a quién pese siempre seguiré siendo rojo, en este momento rojo de rabia.
FIN
Pilar
HOJAS MUERTAS
No reconocí al hombre que tenía frente al espejo. Sorprendente después de media vida juntos. Nos miramos en silencio a través del cristal; en mi rostro un gesto de gris impotencia, en el suyo un patético deslumbramiento reverdecido. Luego, en ambos, la decepción del amor agostado. Me tapé los oídos para no escuchar más justificaciones, explicaciones que no me consolaban. Él posó una mano marchita en mi hombro antes de darse la vuelta deprisa. Las lágrimas me ahogaron y cerré los ojos para no ver mis canas, sus arrugas… Para no verle recoger la maleta y abrir la puerta huyendo de nuestro destemplado otoño en pos de una cálida primavera.
FIN
Pilar
DESHOJANDO LA MARGARITA
Miré las fotografías y los reconocí. Cerré el sobre y lo dejé sobre la mesa, junto a la taza con el café. Bebí un sorbo y apenas noté que me abrasa ni lo amargo que estaba. Prolongué la tregua encendiendo un cigarrillo -Salían de…-El detective se acomodó dispuso a leer el informe. Le acallé con un gesto; extendí un cheque con sus honorarios y le despedí sin pronunciar palabra. ¿Cuánto tiempo estuve en la cafetería? No lo sé. Tampoco las vueltas que di con el coche por la ciudad, sin saber adonde iba, sin decidir cómo afrontar lo que llevaba tiempo sospechando. Y de repente, unas cartulinas en blanco y negro... ¿Y ahora, qué? Preguntaba negándome la respuesta. Yo no soy violento, ni irascible, ni grosero, aunque racionalmente querría insultar, descontrolarme, matar. No, eso no. No podría hacer daño a quien amo desesperadamente. La herida estaba abierta, sangrando los jirones de mi corazón sin saber cómo remendarlos. Otra cicatriz más, contabilicé. La más profunda aún dolía algunas veces, con cada recuerdo de mi vida pasada, cuando era un hombre casado, cuando ocultaba mi inclinación, cuando me enamoré como un colegial de Quique; el Quique becario que se desvivía por aprender y cumplir mis órdenes. El Quique que se reveló sagaz y supo ver dentro de mí lo que yo me resistía a asumir pero que, irremediablemente, afloraba en su atractiva presencia. Ha sido arduo el proceso, la aceptación, vivir la vida sin que mis noches se desvelasen de zozobra, de arrepentimiento… Irracionalmente me reprocho haber contratado al investigador, por querer saber la verdad. Odio la cobardía de Enrique y su falta de sinceridad, su doblez, no ser capaz de afrontar el hecho de que ya no me quiere. Sí, sí me quiere. Por eso no da el paso definitivo, para no herirme, para no hundirme, a mi edad, en una sima de desesperación. Me quiere, pero no me ama. A esa conclusión he llegado casi al tiempo que, sin percatarme, me descubro aparcado frente a su portal. El dedo me tiembla mientras decido si pulsar el botón del portero automático de su piso. Sí, no. Sí, no, sí… No llego a hacerlo. A través de las cristaleras de la puerta veo abrirse el ascensor. Enrique sale primero; a su espalda, con las manos posesiva ciñéndole los hombros, aparece el tipo de la fotografía. Si se sorprenden al verme lo disimulan muy bien. -¿Recuerdas a Sergio?- me pregunta desenfadado. Por supuesto que le recuerdo. Es un directivo de la multinacional en la que ambos trabajan, y nunca me gustó cómo le miraba. -No te esperaba- añade ignorando mi mudez-, íbamos a tomar algo. ¿Nos acompañas? Palpo el sobre que guardo en el bolsillo de la chaqueta y tiró de él despacio. El vidrio del portal refleja mi imagen caduca, la de ellos dolorosamente lozana, y devuelvo a su sitio las fotografías acusadoras. Fuerzo una sonrisa y acepto la invitación. Yo también soy un cobarde. FIN
Pilar
CARA A CARA
¿Te acuerdas de mí?
En absoluto; ni siquiera lo intente. ¡Tantas mujeres habían pasado por mis manos! Apenas me fijaba en la cara; no era, precisamente, lo que me interesaba de ellas.
Esta no estaba mal, mustia; olía a hembra necesitada de un macho que le alegrase la noche. Y yo estaba loco por pillar carne; el mes en la trena pareció un siglo. Me acerqué haciendo como que quería echarle un vistazo más de cerca.
Ella retrocedió hasta quedar apoyada en la pared, con las manos en los bolsillos. Igual pensaba que la iba a robar… ¡Imbécil!
Yo hice lo propio y empuñe el destornillador.
¿De verdad no te acuerdas?
¡Qué plasta, la tía! Pronto iba a dejar de preguntar. Di unos pasos más y… El empellón me pilló a contrapié, me cortó el resuello y salí despedido; igual que el destornillador, que rodó hasta los zapatos de la zorra salvaje. Quedé tirado en el suelo, mareado. Cuando sentí el pinchazo en la entrepierna supe que la conocía, aunque no me hubiese fijase en su cara. Ella si lo hizo.
FIN

