DESDE LA DISTANCIA
Se nota con mirarte que no te han querido bien. No es difícil adivinarlo, los ojos huidizos, ese gesto nervioso de las manos y el más indicativo: replegarte evitando la cercanía, el contacto.
Paseas por el jardín como un espectro, añorando las rosas aún sin abrir, sin apenas fijarte en la belleza que te rodea. Cuando te veo así tengo que frenarme para no correr a tu lado; ansío abrazarte, acunarte y repetirte bajito que estás a salvo, que yo cuidaré para que él nunca más pueda dañarte.
Sería maravilloso acariciarte el pelo. A veces lo llevas suelto, desplegado por la espalda como una mantilla negra; es como más me gusta.
Cuando sales con él siempre lo llevas recogido. Cuando sales con él siempre vas un paso por detrás, mirando al suelo, sin hablar. Cuando sales con él me hierve la sangre.
Es terrible estar a tu lado y saber que nunca te podré tener.
Es terrible que la primavera venga tardía.
Es terrible ser el insignificante jardinero que cuida tus rosales.
FIN
DESDE LA DISTANCIA
Se nota con mirarte que no te han querido bien. No es difícil adivinarlo, los ojos huidizos, ese gesto nervioso de las manos y el más indicativo: replegarte evitando la cercanía, el contacto.
Paseas por el jardín como un espectro, añorando las rosas aún sin abrir, sin apenas fijarte en la belleza que te rodea. Cuando te veo así tengo que frenarme para no correr a tu lado; ansío abrazarte, acunarte y repetirte bajito que estás a salvo, que yo cuidaré para que él nunca más pueda dañarte.
Sería maravilloso acariciarte el pelo. A veces lo llevas suelto, desplegado por la espalda como una mantilla negra; es como más me gusta.
Cuando sales con él siempre lo llevas recogido. Cuando sales con él siempre vas un paso por detrás, mirando al suelo, sin hablar. Cuando sales con él me hierve la sangre.
Es terrible estar a tu lado y saber que nunca te podré tener.
Es terrible que la primavera venga tardía.
Es terrible ser el insignificante jardinero que cuida tus rosales.
FIN
LA VISITA
Tuve la sensación de no estar sola, el olor de su colonia flotaba en el aire de la habitación. Sentí un escalofrío por la espalda y me volví rápida. No había nadie y, por supuesto, mi padre no podía ser en modo alguno aunque el perfume fuese el mismo que él acostumbraba a usar.
Pensé que estaba obsesionada; su muerte, a pesar de no encontrarse bien de salud, cogió por sorpresa a toda la familia que desconocíamos la dolencia cardiaca que papá padecía y no había confesado.
El ataque le sobrevino estando de viaje y el día que debía regresar llegó el avión, pero no él. Desde el aeropuerto le ingresaron en una clínica sin posibilidad de traslado. Descansa donde él quería, en un lugar bañado por el Mediterráneo que amaba y en el que había sido feliz.
Al entrar en casa mi hermana olfateó y dijo: ¿Has notado que papá está aquí?
FIN
BREVE ABRAZO
Cada verano vuelvo, recorro la playa donde la conocí; peregrino por las calles que transitamos escudriñando cada rincón silente y umbrío, testigo de nuestros abrazos y acabo aprisionado entre el recuerdo y la frustración, derrotado en la anodina habitación del hotel. Los amores efímeros, pero intensos, dejan tanta huella… El nuestro duró apenas un suspiro; lo llenamos con silencios elocuentes, ¿para qué hablar? Los sentidos y el latente deseo lo hacían por nosotros, inmersos en una loca embriaguez de besos y caricias urgentes, tanto que padezco resaca inacabable, una sed que no se sacia jamás. Ni siquiera otros labios, otros brazos consiguen hacerme olvidar aquellos, dulces y posesivos a la vez. A veces dudo de que el romance fuese tan idílico como lo atesoro, pero el tiempo, inefable escultor, cincela con mano experta las aristas y él es quién, en definitiva, eterniza el espejismo. O quizá es que los sueños son el alimento de la realidad, por eso me resisto a despertar.
FIN
JOHNNY COGIÓ SU FUSIL
Algunos lloran; el rugido de los Boeing C-17 solapa los supiros de los familiares que los rodean, apurando los últimos minutos. Madres y novias, a pesar de las lágrimas y de las oraciones mudas, intentan sonreir; los acarician, los besan, dicen que están guapísimos con el uniforme y se esfuerzan por ahuyentar la punzante imagen de esa bandera doblada como un acerico. Los adolescentes, silenciosos, sueñan aventuras heroícas. Los padre les palméan la espalda y proclaman el orgullo que siente por su patriotismo, su valor, aunque, de inmediato, aseguran que el presidente pronto ordenará la retirada de las tropas; íntimamente también lloran, también rezan para que cumpla su palabra.
FIN
INTRANSIGENCIA
Relleno folios por no vaciar el cargador delante del primero que se me presente… dadme tinta, un asesino anda suelto.
No estoy desquiciado, simplemente no soporto que toquen mis útiles de escribir. Colecciono libretas, bolígrafos… en la universidad todos lo saben. Prefiero prestar dinero o el coche antes que un lápiz.
Hoy mi taquilla estaba descerrajada y mis más preciadas pertenencias rotas o desaparecidas. Lusy, popular y guapa oficial, rodeada de su cohorte acechaba mi reacción. Así aprenderás dijo, nadie me rechaza. Y los incondicionales corearon sus carcajadas.
Se les congeló la risa cuando me volví empuñando la pistola. Mañana seré yo el más popular de la universidad y mi foto recorrerá el mundo.
FIN
LOS INTRUSOS
Supo entonces que la casa no estaba vacía. Pisadas y voces acercándose al sótano le alarmaron. Avivó a su prole, ¡escondeos y ni un ruido! Ordenó y corrió a investigar. No lo veía, pero el olfato le indicaba que pronto aparecería alguien. También que traía comida. Un haz de luz, procedente de la escalera, iluminó a un hombre. Puso algo en el suelo y salio.
Le faltó tiempo para acercarse al objeto; era raro, pero el manjar que contenía se le antojó irresistible. El hambre pudo con el miedo y mordisqueó un pedacito del queso. Un chasquido alteró el silencio.
Hartos de esperar a mamá, los ratoncillos hambrientos salieron de su escondrijo.
FIN
Pilar
EXPLÍCITO CARMÍN
Sacaba la presidente del primer cajón un espejito plateado, el lápiz de labios, y se pintaba. Lo utilizaba con una parsimonia enervante, desde la cabecera de la imponente mesa de acero de su despacho, acomodada en el asiento de cuero negro y siempre momentos antes de empezar la ronda, que acostumbraba a dar por sus dominios. El personal de la Compañía aguardábamos expectantes su aparición, el tono del carmín era el indicativo de su estado de ánimo y de las decisiones que se proponía tomar.
Aquella fatídica mañana, me dijeron después mis ex compañeros, cuando hizo su aparición su boca era rosa pálido, casi transparente, subió a fucsia al pillar a un administrativo enfrascado en una partida de mus en el ordenar. Pero al entrar al cuarto de la impresora y sorprenderme haciéndole un trabajo fino y en profundidad a la telefonista, ella con la falda por la cintura y yo con los pantalones por la rodilla, el tono cambió súbitamente a morado y, de inmediato, a rojo fuego tan ardiente como nuestras mejillas y las chispas que lanzaban los ojos de la presidente.
De ejecutivo con brillante porvenir he pasado a gris vendedor en unos grandes almacenes y ¡maldita sea! me han asignado a la sección de cosmética.
FIN
RENACER DE LAS CENIZAS
La vetusta biblioteca se consumía. Luisa se recostó en la pared para soportar tanta tristeza, el espanto del fuego escapando por las cristaleras astilladas lamiendo la fachada, devorando aleros… Los muros se desmoronaban, igual que su esperanza de poder salvar algún libro. La obra que su abuelo, maestro y lector insaciable, recopiló con tanto amor, que era el orgullo de la familia, del pueblo al que la había donado, ardía sin remisión.
Las lágrimas le surcaban el rostro tiznado y, aunque ya todo estaba perdido, amontonado en cenizas humeantes, no tenía fuerzas para alejarse.
Sintió que una mano le tocaba en el brazo y descubrió a un niño que, tímidamente, le tendía un cuento manoseado, después fue una joven, una pareja, un anciano… Todos depositaban a sus pies libros y más libros, de historia, de aventuras, infantiles…
Luisa continuaba llorando, pero sus lágrimas ahora eran de alegría y esperanza reverdecida.
FIN
Pilar
MI HERMOSA HECHICERA
Coloreaba en dorados la tarde otoñal. Desde algún rincón del parque llegaba el sonido de una voz hechicera. Me dejé guiar por la melodía y entonces la vi. Cantaba encarando el ocaso que dibujaba pinceladas de oro en sus rizos oscuros, en el vaporoso vestido blanco, en sus rasgos exóticos… una visión tan prodigiosa que me subyugó; cuanto más la miraba, más hermosa y misteriosa parecía. Así conocí a Kalimba, un espíritu libre que nada me prometió, pero que mientras estuvo a mi lado era como si se abriese un balcón a la vida porque a cada momento se reinventaba y cada minuto era un regalo, un renacer, un poema. Cierto amanecer, cuando llegaron las golondrinas colonizando rincones y afanándose en hacer nidos, Kalimba voló de mi vida. Los amores eternos son tan cortos…y ella estaba hecha de la materia que nutre los sueños, y los sueños se desvanecen. Ruego para que llegue el día que, al despertarme, descubra que puedo vivir sin ella; entre tanto, sobrevivo alimentado por su mágico recuerdo.
FIN
EL MIEMBRO IMPRESCINDIBLE
El ambiente se puede cortar en la impresionante sala de juntas. El silencio, tan denso como la atmósfera, se rompe cuando la presidente tamborilea con la pluma dorada sobre el tablero de caoba de la mesa. Mira sin disimulo, uno por uno, las tan familiares caras de los rancios miembros del consejo. Últimamente las rencillas entre ellos son habituales; la crisis tiene la culpa, la siniestra sombra del inminente ERE planea sobre sus cabezas y la lista de los defenestrados no acaba de darse a conocer. En su fuero interno todos se consideran imprescindibles y se regodean pensando que “la china” les va a caer a otro aunque, circunspectos, guardan la compostura y se muestran tensos. Todos menos Amando, el más joven, que parece relajado, incluso divertido con la situación, como si supiese algo que los demás ignoran.
A la presidente se le escapa la estilográfica y Armando se apresura a recogerla de debajo de la mesa y, de pasada, aprovecha para acariciarle los muslos entreabiertos a la mujer.
FIN
Pilar
PÉTALOS MENSAJEROS
Un tratado de oftalmología en braille se abre ante él. Las gafas oscuras favorecen su aspecto atractivo. Los dedos delicados recorren los puntos negros, reguero de hormigas pedagogas, silentes. Se siente observado, la mano detiene su labor lectora y alza la cara, venteando en torno; la biblioteca huele a papel, a tinta y madera antigua. Con suma cautela me acerco y dejo una flor sobre el libro.
De vuelta a mi sitio acecho su reacción: roza la rosa y sonríe deleitándose con su perfume.
─ Hasta mañana, Andrés ─ me entrega el libro al despedirse y yo lo coloco en la estantería correspondiente.
No comenta nada sobre el regalo. Su silencio me hace concebir esperanzas.
FIN
TODAVÍA ES POSIBLE
Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros.
La gran urbe desnaturaliza todo y a todos. Tanta premura por abandonar el terruño, por hacerme un sitio lejos del duro faenar del campo, ¿para qué? El oficio de descargador me rila el cuerpo y el recuerdo de Palmira me machaca el alma. Volveré rico, le dije, espérame.
Me persigue el desconsuelo de su figura adolescente,la mano frágil cortando el aire lánguidamente, empequeñecida a medida que el tren se alejaba.
Hoy vuelvo igual de pobre, aunque más recio. Palmira me espera, me sonríe; ese proyecto de cadera ahora es un poema y, asombrado, descubro que aún se producen prodigios.
FIN
Pilar
IMPOSIBLE DE DIGERIR.
La cena se enfriaba en la mesa, y el chico sin llegar. Por la ventana, el estridente ruido de un tubo de escape, le alertó. Se asomó rápida. La moto pasó veloz por la calle y se perdió dejando una estela de humo negro y el eco retumbando en la noche desapacible.
Encendió el televisor para solapar el tic-tac del reloj acusador, aunque apenas prestó atención al último telediario; dudaba en si calentar la verdura o esperar a escuchar la llave en la cerradura. Cuando dieron la noticia del accidente, como una autómata tiró la comida helada a la basura.
FIN
ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO
Anoche habló el Santo Padre, y me quedé estupefacto.
Su homilía, preñada de “perdón”, “amor” y “libertad”, referida a la acción militar ejercida sobre un país tercermundista, me sobrecogió. Seguí transido de fervor la Eucaristía, que en manos del Papá adquiría carácter prodigioso, y elevé una sentida oración por los oprimidos masacrados.
-Excelencia- el ministro de justicia interrumpió mi rezo-, esto urge.
Me santigüé, cerré el devocionario, apagué el televisor y empuñé la estilográfica.
-¿Once hoy? ¡Vaya por Dios!- me lamenté, pero firmé con pulso seguro las sentencias de muerte.
-Gracias excelencia. Que descanse.
-Lo haré. La conciencia limpia es el mejor somnífero.
FIN
Pilar
OTRA VEZ ES PRIMAVERA
No dije que lo sabía.
Empecé a recelar porque ya apenas lloraba al ver las fotos del álbum o si sonaba esa melodía; era nuestra canción, decía suspirando.
Lo sospeché al verla sonreír sin motivo. O cuando respondía al teléfono y, sofocada, aseguraba que era una equivocación. Tampoco me pasó desapercibido que incorporaba mínimas pinceladas de color a sus trasnochados crespones negros, ni el afán de taparse las incipientes canas, de maquillar los labios, ahora menos tensos. Hasta la casa parecía más luminosa.
Por eso, cuando mi madre pronunció tímidamente aquél nombre nuevo, abrí el balcón y aspire profundamente. Ya huele a primavera, le dije, nos miramos un segundo y rompimos a reír como locas.
FIN
Pilar
POR SU PROPIO PESO
Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared de la despensa, la hoja con la dieta estuvo metida en el cajón de las facturas. Aunque no la veía, saber que estaba ahí me producía ansiedad. Enmascaraba la angustia con una onza de chocolate, un bollo… Una noche, al volver del cine, sin previo acuerdo mi marido sacó martillo y clavo y yo la hoja con las recomendaciones del dietista. Todavía me ardía la cara de vergüenza al recordar cómo nos quedamos embutidos en la butaca y, al terminar la proyección, entre un amable joven y el acomodador nos desencajaron a puro tirón.
FIN
Pilar
Pilar
UN TRABAJO BIEN HECHO
Hasta siempre, Vladimir. Trabajas bien, añadí. Muy bien.
Cerré la puerta, abrí el balcón y esperé. Vladimir apareció cargando brochas, latas… Levantó la vista, sonrió al descubrirme, y volví a pensar que parecía un actor cinematográfico. En la calle, las mujeres se giraban a mirarle, quizás fantaseando con lo que ocultaba el mono salpicado de gotas multicolores; una, le abordó. Él asentía sonriente, le tendió una tarjeta y continuó sin prisa. Le perdí de vista cuando el autobús se lo tragó.
Mi dormitorio olía a pintura fresca. Alisé las sábanas borrando huellas acusadoras, y decidí que el salón también necesitaba un buen repaso.
FIN
Pilar
RECOMPENSA
-¡Imbéciles!
La escena, habitual, sublevaba a Pedro. Cuatro adolescentes acosaban a David y Santi; éste, aferrado al pictograma que llevaba al cuello, miraba al vacío. El otro se mecía atrás, adelante, con las manos apretadas contra el estómago y profiriendo un quejido monocorde.
-¡Tarados!- insistían carcajeándose.
Consciente de que le acarrearía una sanción, Pedro tiró de freno y abrió las puertas obligando a los pendencieros a bajar del autobús.
David cesó de balancearse, de emitir sonidos. Santi compuso un remedo de sonrisa; Pedro suspiró satisfecho; en un año, era la primera mueca que veía en el semblante ausente del niño.
FIN
Pilar
EL ÚLTIMO PELDAÑO
¿Por qué no apagan ese pitido tan irritante?
Maldito ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Me taladra el cerebro, los oídos.
¡Ya! Al fin ha dejado de sonar.
Tengo frío.
Cada vez tengo más frío. Parece que hubiese niebla, todo lo percibo borroso.
Cómo va a haber niebla en una habitación… ¿Estaré soñando? Sí, eso es: un sueño. Me despertaré y Paloma estará a mi lado, dormida con un brazo sobre la frente. Qué postura tan extraña; siempre se ríe cuando se lo comento.
¡Qué triste parece Paloma! Muévete de una vez, chaval, la estás asustando.
¿Por qué no me trae una manta? Más que la chaqueta me abrigaría. A qué vienen la chaqueta, estoy en la cama.
¿Ahora corbata? Se me figura apremiante averiguar quién es la mujer de blanco que me la está anudando; una urgencia inquietante que me aterroriza. No sé cual de las dos sensaciones es más punzante: si la premura por saberlo o la certeza de saber.
¿Por qué no lo hago yo mismo, como siempre? ¿Y Paloma? A ella le gusta retocarme el nudo antes de salir de casa, después del beso de despedida. Me sacude una motita invisible de la solapa, me estira el cuello de la camisa y ajusta el nudo. Siempre lo hace.
Y por qué no dejo de soñar. No tiene gracia, se está convirtiendo en una pesadilla. Ahora no veo nada, todo es oscuridad. Cada vez más impenetrable. Mas. Más. Más….
FIN
Pilar
ABRAZO PÚRPURA
La mujer que sostenía el espejo sonreía complacida; a través del cristal, echó una ojeada al hombre que yacía en la cama. Le pareció repugnante, un peludo seboso, ordinario… No siempre encontraba tipos a su gusto, refinado y elegante, pero cumplían su papel sin sospechar las consecuencias del abrazo gratuito que les prometía melosa.
Se desinteresó de él, del inútil espejo… Saciada, segura de sí misma, se retocó el peinado recogido en un moño alto. Se relamió los labios rojos de carmín, de sangre fresca, y salió de la habitación pisando fuerte con los tacones afilados. Aunque no tanto como sus colmillos.
FIN
Pilar
DÁDIVA CELESTE
La madrugada, manto de estrellas y luna clara, se diluyó sigilosa para ver renacer la luz; horas demoradas, quemadas en abrazos apasionados y besos encendidos. De aquel encuentro quedó el hermoso recuerdo y el regalo de la simiente que meses después dio un fruto rosado, tierno y dulce.
Le canto bajito, muy bajito. Es el pedacito de sol que vino a iluminar mis mañanas. Un trocito de luna que alumbra mis noches. El lucero rutilante que brilla en mi casa.
Por eso apenas me atrevo a levantar la voz cuando le canto una nana.
Acunándole, susurro su nombre con la cara escondida entre su carne nueva. Susurro porque los astros, celosos de los cachitos que han perdido, podrían bajar a arrebatármelo. Y es mío, sólo mío. Lo quiero únicamente para mí.
FIN
Pilar
EL TIEMPO ENTERRADO
Bajo la primera capa de barro, aparece una imagen sorprendente.
Amuro el escobón, el cobertizo puede esperar; se avecina otra tormenta. Rescato la caja y, al desenfangarla, aparece la imagen completa: un velero. El niño que era cuando la abuela me la regaló, fantaseaba con ser corsario, aventurero.
Resulta sorprendente que, aún sepultada, oxidada, custodie mis añosos tesoros. Un rizo, fotos, canicas… objetos ligados a momentos especiales, a recuerdo de los que apenas guardo memoria vuelven a mí nítidos. Gento y Zarra me sonríen bajo la cera que recubre las chapas; intento un toque y los dedos artríticos protestan negándose a obedecer.
-Abuelo, ¿a qué juegas?
-A ser niño otra vez.
FIN
Pilar
NO HAY MÁS SORDO QUE…
El candidato a la reelección subió al estrado, se colocó ante los micrófonos… Y se quedó en blanco.
Miró en derredor del inmenso recinto a las caras expectantes de correligionarios y periodistas, y se preguntó cómo era el discurso que llevaba semanas memorizando.
Se ajustó el nudo de la corbata de seda, los puños de la camisa celeste, y comprobó que los gemelos de oro estuviesen bien ajustados. Sudando, flaqueó y se apoyó en el atril buscando ayuda en los rostros benevolentes de los afiliados, entregados, que le contemplaban expectantes.
La presidenta consorte sonreía animándole; hasta le envió un beso furtivo, pero él seguía sin saber qué decir. La memoria le jugó una mala pasada y lanzó las mismas consignas de la campaña de cuatro años atrás. Habló y habló… Y salió airoso del trance.
Las promesas electorales, a los incondicionales asistentes, les sonaron a novedad.
FIN
Pilar
SINE DÍE
Me acerco y, en la libreta negra, anoto sus nombres. Huelen a fracaso, a miedo… Sólo miro la mano que recoge el pañuelo rojo que les entrego; algunas temblorosas, otras con teatral desdén.
Los apostantes rugen al verlos desfilar. La pistola, oscura y fría cual serpiente mortal, aguarda en el centro de la mesa redonda que ocupan los jugadores.
A cada ¡clic! del arma le sigue un suspiro de alivio. Un murmullo de decepción. Cuando se disipa el eco del disparo fatal y del cuerpo al caer, tacho su nombre de la lista. Los ganadores, bulliciosos, se reparten los billetes manchados de sangre. Los supervivientes saludan triunfantes, pero siguen oliendo a fracaso. A miedo aplazado.
FIN
Pilar
AL MAL TIEMPO…
Llueve. Y yo sin paraguas. Las prisas… Las prisas y el pataleo. Y el maldito tiempo; hacía un sol rabioso y, sin más, se lía una tormenta furibunda. Aguanto un rato frente al portal, refugiada bajo la cornisa del super. Miro a nuestras ventanas; se darán cuenta de la que está cayendo y se asomarán para buscarme. Espío esperando verlos aparecer preocupados, deseosos de perdonarme. Los padres siempre quieren perdonarnos aunque suspendamos, aunque no ordenemos la habitación, incluso si les tratamos mal y salimos vociferando, dando un portazo.
Sigue la lluvia. Siguen las ventanas cerradas. Sigue el portal atrancado. Y yo… congelada. Hambrienta.
Las luces del super se van apagando, el personal despidiéndose a toda prisa y queda la calle solitaria, silenciosa de voces… Sólo el ruido de las alcantarillas tragando agua sin cesar me acompaña. Yo también trago: las lágrimas frustrantes, el orgullo, y cruzo corriendo. En casa hace calor y la cena estará preparada.
FIN
Pilar
Pilar
Pilar
UN PELDAÑO MENOS
Ni subido a una escalera conseguiría besarte.
Siempre lo supe, aunque vivía aferrado a tu perfil. Desde el banco del parque en el que pasaba las horas te veía trajinar, a través de la cristalera, y soñaba ese beso imposible.
El día que descubrí el cartel de “Se traspasa” también mi quimera pereció atravesada.
Ya, ni brillando el sol me abandona la sensación de penumbra, de oscuridad; la misma que envuelve el local desamparado, frío sin tu cálida presencia.
¿Qué me queda?, la luna, el fulgor de las estrellas… Y la amargura, porque nunca reparaste en mí, ¿quién mira a un mendigo?
FIN
Pilar
DULCE ESPERAPara que no se enteren de que me he marchado me desvanezco del dormitorio, pero el hedor a flores marchitas, a lodo, queda prendido en el aire, en los rincones, en los muebles… Están dormidos; ella abrazada al pecho de mi viudo, todavía ambos con el pánico pintado en los rostros crispados. No se merecen este gesto generoso. No después de la traición que acabó con mi cordura, con el gusto por la vida. El vientre de ella, palpitante de vida nueva, me llena de envidia. De ternura. Por eso me disipo. Regresaré dentro de cinco meses. No hay prisa, tengo por delante una eternidad. FIN
Pilar
SALVADO POR UN BESO
Es el diluvio, pero no mi barca, hoy no es mi día pensé mientras me llovían los golpes y estaba a punto de derrumbarme. Me salvó la campana. Tenía que seguir. Era mi oportunidad, el bienestar de mi familia. Los ojos fieros de mi oponente me decía que yo estaba perdido y él tan seguro de ganar que decidí que lucharía hasta el final, aunque me dejase la vida.
Entonces vi a mi hijo. Lloraba abrazado a su madre, me suplicaban con la mirada. Ella movió la cabeza despacio, de un lado a otro, sus labios dibujaron un beso, un “te quiero”.
Y tiré la toalla.
FIN
Pilar
LA HORA DE LOS GRILLOS
El aroma a café me despierta. En la penumbra, los objetos se reflejan borrosos en el espejo; también mi imagen marchita. ¿Quién soy?
Negás la realidad, diagnosticó la porteña, psicólogo en un pasado mejor; odiás tu vida, lo que sos.
Puede. Pero, cómo romper la dinámica. Adónde volver.
En el pasillo reptan zapatillas perezosas, oigo bostezos, voces roncas de alcohol y humo. Juro que será la última vez; abandonaré esta casa, bulliciosa a la hora negra de los grillos, sosegada cuando la mano pálida del alba apaga las estrellas.
En la mesilla, los euros golosos me eclipsan la intención. Quizá mañana.
FIN
HASTA QUE LA MUERTE NOS SEPARE.
Mientras recojo mi destino del frío suelo de la cocina, la tos cavernosa me sacude. No sé si tiemblo por ella o del terror que me produce el sobre con el nombre de la clínica en letras azules. Su sentencia. Pero me resisto a apagar el cigarrillo.
Miro la carta sin verla, sin abrirla.
-Es para el vecino del primero. Se han equivocado al meterla en el buzón- mi mujer, hosca, me la arrebata. Me mira disgustada y añade -: Pero tú... A lo tuyo.
Suspiro aliviado, aunque sigo temblando. Lo veo en la mano, al llevarme el pitillo a la boca.
FIN
Pilar
Pilar
Pilar
NAUFRAGIO
Me despertó el estertor agónico de mi compañero. Lo siento, dijo sin voz. Te quedas solo. Haz lo que tengas que hacer y reza para que te encuentren rápido.
Llevaba dos semanas haciéndolo, desde que el pesquero fue a pique. Encaramado a la barca auxiliar, milagrosamente intacta, di gracias al cielo por mi amigo superviviente. Por mí.
Poco duró la alegría, casi tan poco como la comida y el agua que redimimos del mar embravecido.
Recé mientras le cerraba los ojos. Mientras le quitaba el pantalón. Mientras me inclinaba y le hincaba los dientes en el muslo exánime.
FIN
Pilar

INSTINTO
Aquél sería el primer gesto maternal consciente que recuerdo. Yo tenía siete años cuando mi hermano rompió mi muñeca; le hundió un lado de la cabeza y un ojo. Llorando, la abracé y mecí como mi madre hacía conmigo. No me consolaba saber que me comprarían otra; quería esa, la quería de verdad, y verla lisiada me dolía como si la muñeca pudiese sentir. La suponía humillada, avergonzada de su aspecto y decidí arreglarlo. Mamá tejió un gorro de lana rosa para ella y yo, con un bolígrafo, le dibujé gafas, negras igual a las del ciego que vendía cupones en la puerta del mercado. Mamá dijo: serás buena madre, tienes instinto. Mis hijos creen que lo soy. FIN
Pilar
AÑICOS
Me costó una depresión restarle tu mitad a mi corazón. Los cajones vacíos seguían llenos de tu perfume. Las perchas huérfanas se apiñaban, como pájaros asustados, en un rincón del armario, ahora demasiado grande para mis trajes. Hasta la casa sentía tu ausencia, sin el calor y el color que imprimías a cada objeto, a cada guiso…
La injusta muerte me arrebató tu hermosura, tu juventud y mi capacidad para entregarme a nadie. Mi vida estaba hecha añicos.
Me rescató Rosa, tu hermana. Me remendó el corazón con jirones del suyo. A veces, la sorprendo mirándome con los ojos ansiosos del perro entregado que aguarda una caricia. Es doloroso saberse amado y reconocerse incompetente para corresponder.
Me pregunto sí Rosa tendrá la fortuna de encontrar a alguien digno de su entrega, alguien que le remiende el corazón que yo la he roto.
FIN
Pilar
ROJO RABIOSO
Me llamo Domingo. Soy uno de los siete hijos de Semana y Mes, el que sale en los calendarios en color rojo. Soy el primero, aunque algunos aseguren que es el lunes, y represento el sol; al igual que él, en algunas culturas me han considerado una jornada sagrada merced al emperador Constantino; cuentan que soñó con el sol y la cruz de Jesús y se convirtió al cristianismo. Me denominó Dominica, que quiere decir día del Señor, dedicado al recogimiento espiritual. Mucho ha cambiado la sociedad y las costumbres. Actualmente ese rito de la misa, que tenía yo en exclusiva, lo comparto con mi hermano Sábado; me fastidia, pero no tanto como la desconsideración que se me tiene en otros aspectos. Antaño, se aguardaba mi llegada con entusiasmo, yo era símbolo de descanso, de ocio, porque hasta la década de los setenta se trabajaban los otros seis días, y en el mío los novios salían a bailar o al cine, las familias se reunían para comer, se organizaban guateques, excursiones al campo, a los ríos si hacía buena temperatura, y en general me celebraban con regocijo. Ahora no; los jóvenes salen a divertirse Viernes y Sábado, algunos hasta en Jueves, y cuando llega mi turno se pasan la mañana en la cama, agotados en el mejor de los casos o con resaca en el peor, y por la tarde tirados en el sillón y protestando porque se acerca Lunes y con él la hora de volver a clase.
Los mayores, si se quedan en la ciudad, van a cenar o a algún espectáculo en la noche del sábado, porque en domingo no hay quien salga, dicen con cara de aburrimiento, Lo único que parece interesarles de mi jornada es el partido de fútbol. También se desplazan a las casas que tienen en la sierra y regresan protestando por la circulación, porque han estado parados una eternidad en la carretera, y la entrada a Madrid estaba insufrible… ¿Qué ha sido de aquellas mañanas dominicales en El Retiro amenizadas por la banda municipal? Qué de la hora del aperitivo a la salida de misa, de los jardines colonizados por niños en bicicleta y patines ¿Y las meriendas invernales al calor del brasero, con chocolate y churros jugando al parchís o al Monopoly? Costumbres encantadoras que pasaron a la historia; como la de descansar los días festivos; ahora abren al público los comercios sin importar que el almanaque indique el color rojo. Todo son protestas y reproches para mí, ¡hasta del tiempo me culpan! Durante la semana con un sol radiante y llega el domingo, y llueve; mañana que toca currar seguro que hace buenísimo, despotrican amargados.
Yo también lo hago y estoy deseando que pase un segundo de las doce para que mi hermano Lunes me releve, que me deprime tanta bronca y tan poca consideración.
Pese a quién pese siempre seguiré siendo rojo, en este momento rojo de rabia.
FIN
Pilar
HOJAS MUERTAS
No reconocí al hombre que tenía frente al espejo. Sorprendente después de media vida juntos. Nos miramos en silencio a través del cristal; en mi rostro un gesto de gris impotencia, en el suyo un patético deslumbramiento reverdecido. Luego, en ambos, la decepción del amor agostado. Me tapé los oídos para no escuchar más justificaciones, explicaciones que no me consolaban. Él posó una mano marchita en mi hombro antes de darse la vuelta deprisa. Las lágrimas me ahogaron y cerré los ojos para no ver mis canas, sus arrugas… Para no verle recoger la maleta y abrir la puerta huyendo de nuestro destemplado otoño en pos de una cálida primavera.
FIN
Pilar
DESHOJANDO LA MARGARITA
Miré las fotografías y los reconocí. Cerré el sobre y lo dejé sobre la mesa, junto a la taza con el café. Bebí un sorbo y apenas noté que me abrasa ni lo amargo que estaba. Prolongué la tregua encendiendo un cigarrillo -Salían de…-El detective se acomodó dispuso a leer el informe. Le acallé con un gesto; extendí un cheque con sus honorarios y le despedí sin pronunciar palabra. ¿Cuánto tiempo estuve en la cafetería? No lo sé. Tampoco las vueltas que di con el coche por la ciudad, sin saber adonde iba, sin decidir cómo afrontar lo que llevaba tiempo sospechando. Y de repente, unas cartulinas en blanco y negro... ¿Y ahora, qué? Preguntaba negándome la respuesta. Yo no soy violento, ni irascible, ni grosero, aunque racionalmente querría insultar, descontrolarme, matar. No, eso no. No podría hacer daño a quien amo desesperadamente. La herida estaba abierta, sangrando los jirones de mi corazón sin saber cómo remendarlos. Otra cicatriz más, contabilicé. La más profunda aún dolía algunas veces, con cada recuerdo de mi vida pasada, cuando era un hombre casado, cuando ocultaba mi inclinación, cuando me enamoré como un colegial de Quique; el Quique becario que se desvivía por aprender y cumplir mis órdenes. El Quique que se reveló sagaz y supo ver dentro de mí lo que yo me resistía a asumir pero que, irremediablemente, afloraba en su atractiva presencia. Ha sido arduo el proceso, la aceptación, vivir la vida sin que mis noches se desvelasen de zozobra, de arrepentimiento… Irracionalmente me reprocho haber contratado al investigador, por querer saber la verdad. Odio la cobardía de Enrique y su falta de sinceridad, su doblez, no ser capaz de afrontar el hecho de que ya no me quiere. Sí, sí me quiere. Por eso no da el paso definitivo, para no herirme, para no hundirme, a mi edad, en una sima de desesperación. Me quiere, pero no me ama. A esa conclusión he llegado casi al tiempo que, sin percatarme, me descubro aparcado frente a su portal. El dedo me tiembla mientras decido si pulsar el botón del portero automático de su piso. Sí, no. Sí, no, sí… No llego a hacerlo. A través de las cristaleras de la puerta veo abrirse el ascensor. Enrique sale primero; a su espalda, con las manos posesiva ciñéndole los hombros, aparece el tipo de la fotografía. Si se sorprenden al verme lo disimulan muy bien. -¿Recuerdas a Sergio?- me pregunta desenfadado. Por supuesto que le recuerdo. Es un directivo de la multinacional en la que ambos trabajan, y nunca me gustó cómo le miraba. -No te esperaba- añade ignorando mi mudez-, íbamos a tomar algo. ¿Nos acompañas? Palpo el sobre que guardo en el bolsillo de la chaqueta y tiró de él despacio. El vidrio del portal refleja mi imagen caduca, la de ellos dolorosamente lozana, y devuelvo a su sitio las fotografías acusadoras. Fuerzo una sonrisa y acepto la invitación. Yo también soy un cobarde. FIN
Pilar
CARA A CARA
¿Te acuerdas de mí?
En absoluto; ni siquiera lo intente. ¡Tantas mujeres habían pasado por mis manos! Apenas me fijaba en la cara; no era, precisamente, lo que me interesaba de ellas.
Esta no estaba mal, mustia; olía a hembra necesitada de un macho que le alegrase la noche. Y yo estaba loco por pillar carne; el mes en la trena pareció un siglo. Me acerqué haciendo como que quería echarle un vistazo más de cerca.
Ella retrocedió hasta quedar apoyada en la pared, con las manos en los bolsillos. Igual pensaba que la iba a robar… ¡Imbécil!
Yo hice lo propio y empuñe el destornillador.
¿De verdad no te acuerdas?
¡Qué plasta, la tía! Pronto iba a dejar de preguntar. Di unos pasos más y… El empellón me pilló a contrapié, me cortó el resuello y salí despedido; igual que el destornillador, que rodó hasta los zapatos de la zorra salvaje. Quedé tirado en el suelo, mareado. Cuando sentí el pinchazo en la entrepierna supe que la conocía, aunque no me hubiese fijase en su cara. Ella si lo hizo.
FIN
Pilar
LA LLAMADA DE LA VIDA
El rugido del mar embravecido salva el muro que me rodea imponiéndose al silencio que entolda, habitualmente, el recinto monacal.
Cierro el breviario incapaz de centrarme en la obligada lectura; aspiro el viento salobre que me hace evocar el azul Mediterráneo, su belleza lujuriosa... Siento que ya le he perdonado. La apremiante necesidad de contemplarlo me empuja a abandonar lo que desde hace dos años es mi mundo; lo elegí libre, conscientemente, a sabiendas de qué me exigía, qué dejaba: un paisaje ocre, olor a algas y alquitrán, tempestad traicionera, aguacero encrespado lacerando barcas pesqueras, la cristalera empañada de una cafetería con aroma a chocolate… Y la espera infructuosa, y la brutal noticia, y el llanto, y el luto.
Los días desolados alcanzaron el invierno que trajo, en sus manos escarchadas, mi decisión de profesar en clausura. He sido una novicia sumisa y, hasta esta noche, no pretendía más que armonía, paz interior. Algo se ha rebelado en mí; me descubro incompleta y anhelo compartir el amor más allá de la mera espiritualidad. Mantengo a raya un deseo que el mar frustró: ser madre, darme a alguien físico y tangible, derramar la ternura que albergo. ¡Qué mejor que un hijo para hacerlo realidad! Puedo retomar mi vida, volver a la docencia, a enamorarme… También, de nuevo, sentirme defraudada, atormentada con tanta incertidumbre que impera más allá de estos muros protectores. Pero veo con claridad que es una cobardía esconderse tras ellos, enterrar mi dolor laborando una huerta, mi lozanía entre las páginas de un devocionario, mis inquietudes y anhelos bajo llave en lo más recóndito de mi mente. Ahora me siento con fuerzas renovadas para arrostrar lo negativo. Y hay tanto positivo…
Reverenda Madre Superiora: Le extrañará mi marcha tan intempestiva, tan insospechada, pero anoche escuche el mar, percibí su aroma y sentí su llamada.
Antaño me arrebató el amor, me apartó del mundo, hoy me instiga a volver a él.
FIN
Pilar
LA CACERÍA
… y luego, se fue corriendo
-¿Adónde?- pregunté intrigada.
-A llamar a la puerta de enfrente. Abrió un tío macizo, un yogurcito; descalzo, con una toalla enrollada a la cintura y las gotas de agua brillándole en el corpachón.
-¡Jesús, vaya espectáculo!
-Ya te digo. Pues, eso, que Marisa se puso a gritar histérica: ¡una cucaracha, hay una cucaracha en la cocina! El macizo, por lo visto, puso cara de “bichitos a mí” y tal y como estaba salió dispuesto a la cacería. Creo que estuvo media hora larga persiguiendo a la cuqui y Marisa, encaramada en una silla, encantada. Cuando el mozo se la cargó, ella se disculpó: “Perdona. De verdad que lo siento, pero es que me espantan esos bichos. Bueno, todos; soy tan miedosa… Debes ser nuevo en el edificio, nunca te había visto antes…” El caso es que le invitó a tomar algo, para agradecerle el favor.
-Para enrollarse con él, quieres decir. Ya me la imagino poniendo ojitos.
-Normal, parece que el chico está como para desmayarse. La cuestión es que él dijo que no podía, que en otra ocasión.
-Vaya corte.
-No creas; ya conoces a Marisa, cuando quiere algo… Hoy he hablado con ella y no podía venir; se le ha metido entre ceja y ceja que tiene un ratoncito en el armario del dormitorio. FIN
Pilar
DE PADRES GATOS…
El niño paró de colorear en amarillo las trenzas del dibujo que estaba haciendo en su cuaderno.
-Le regalaré a Henar un collar, como el que papá te compró ayer- aseguró- Y unos pendientes. Y un abrigo de piel, el más bonito que tengan en la tienda.
La madre dejó de lado el libro, y una sombra de tristeza le nubló el rostro. Abrazó a su hijo y le cubrió de besos.
-Pero eso cuenta mucho dinero- alegó dulcemente - ¿De dónde piensas sacarlo?
-Pues del Banco- replicó cargado de razón el pequeño y se desligó del abrazo- ¡Mamá, no sabes nada!
-¿Y cuando le darás esos regalos a Henar?- continuó interrogándole, ignorando el comentario último.
-Se los daré cada vez que sea buena y no me haga enfadar. Igual que hace papi cuando te pide perdón. Así, con tantos regalos, dejará de llorar. Como haces tú. Y no querrá marcharse a vivir a otra casa. Tú no te vas a marchar, ¿a que no, mami?
La madre no respondió. Una lágrima furtiva le rodó por la mejilla tumefacta.
El niño volvió a enfrascarse en el dibujo y terminó de colorear las trenzas amarillas.
FIN
Pilar
EVOLUCIÓN
Se ofreció Laureano voluntario para el novedoso ensayo. Su carácter, iracundo, intransigente y prepotente le condicionaba, tanto en el trabajo como en las relaciones sociales. Debido a él, había dejado de optar a ese ascenso al que era merecedor y candidato. De igual manera, las mujeres pasaban por su vida como cuentas de rosario, sin llegar a desgranar la letanía.
Sintió de inmediato los efectos del tratamiento: se atemperó, colaboraba y ayudaba ahí donde se le requería, incluso sin necesidad de que se lo pidiesen… También notó que se volvía más eficiente y resolutivo, con una capacidad inagotable para solventar asuntos que anteriormente se le hacían muy cuenta arriba. Hasta físicamente comprobó que, aunque apenas perceptible, su cuerpo evolucionaba suavizando los rasgos adustos de su rostro, sus maneras perdieron hosquedad y la voz se tornó comedida.
En consecuencia, al finalizar el experimento era una persona nueva. Tan nueva, que pasados unos meses sufrió un cambio más, el definitivo. Estupefacto, corrió a buscar una farmacia para comprar un paquete de compresas.
FIN
Pilar
AMOR DE SALDO
De seis a ocho Emilia vende amor con la mano, por 10 euros, en rincones umbríos, en cines pestilentes, en retretes tabernarios.
Cuando el marido llega, a las nueve, la encuentra afanosa, enredada en cazuelas y sartenes; prueba el guiso y se congratula de la buena mano que tiene Emilia para darle el punto preciso.
Ella sonríe y le besa en la frente.
FIN
Pilar
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PUNTO FINAL
En cuanto entré vi la boina sobre la mesa. Solté la carpeta y sonreí feliz, anticipando el sabor de los caramelos de menta que el abuelo llevaba en el bolsillo para mí, el calor de su abrazo, de sus besos húmedos y sonoros, la caricia de su mano rugosa en mi mejilla; un ritual que se repetía hasta donde alcanzaba mi memoria. Corrí a su encuentro con la ilusión de que se animase a dar un paseo, unos paseos tan largos y ligeros como, ahora, las piernas maltrechas le permitían. Le gustaba hablar; me iba relatando historias antiguas, curiosidades de los lugares por los que deambulábamos; era como leer un libro, pero más divertido porque lo adornaba y contaba tan bien…
Mamá me salió al paso, vestida de oscuro, llorosa, con los brazos abiertos para acogerme, para consolarme.
Odié la boina, redonda y negra, porque era como un punto final.
FIN


