Pilar

ROJO RABIOSO Me llamo Domingo. Soy uno de los siete hijos de Semana y Mes, el que sale en los calendarios en color rojo. Soy el primero, aunque algunos aseguren que es el lunes, y represento el sol; al igual que él, en algunas culturas me han considerado una jornada sagrada merced al emperador Constantino; cuentan que soñó con el sol y la cruz de Jesús y se convirtió al cristianismo. Me denominó Dominica, que quiere decir día del Señor, dedicado al recogimiento espiritual. Mucho ha cambiado la sociedad y las costumbres. Actualmente ese rito de la misa, que tenía yo en exclusiva, lo comparto con mi hermano Sábado; me fastidia, pero no tanto como la desconsideración que se me tiene en otros aspectos. Antaño, se aguardaba mi llegada con entusiasmo, yo era símbolo de descanso, de ocio, porque hasta la década de los setenta se trabajaban los otros seis días, y en el mío los novios salían a bailar o al cine, las familias se reunían para comer, se organizaban guateques, excursiones al campo, a los ríos si hacía buena temperatura, y en general me celebraban con regocijo. Ahora no; los jóvenes salen a divertirse Viernes y Sábado, algunos hasta en Jueves, y cuando llega mi turno se pasan la mañana en la cama, agotados en el mejor de los casos o con resaca en el peor, y por la tarde tirados en el sillón y protestando porque se acerca Lunes y con él la hora de volver a clase. Los mayores, si se quedan en la ciudad, van a cenar o a algún espectáculo en la noche del sábado, porque en domingo no hay quien salga, dicen con cara de aburrimiento, Lo único que parece interesarles de mi jornada es el partido de fútbol. También se desplazan a las casas que tienen en la sierra y regresan protestando por la circulación, porque han estado parados una eternidad en la carretera, y la entrada a Madrid estaba insufrible… ¿Qué ha sido de aquellas mañanas dominicales en El Retiro amenizadas por la banda municipal? Qué de la hora del aperitivo a la salida de misa, de los jardines colonizados por niños en bicicleta y patines ¿Y las meriendas invernales al calor del brasero, con chocolate y churros jugando al parchís o al Monopoly? Costumbres encantadoras que pasaron a la historia; como la de descansar los días festivos; ahora abren al público los comercios sin importar que el almanaque indique el color rojo. Todo son protestas y reproches para mí, ¡hasta del tiempo me culpan! Durante la semana con un sol radiante y llega el domingo, y llueve; mañana que toca currar seguro que hace buenísimo, despotrican amargados. Yo también lo hago y estoy deseando que pase un segundo de las doce para que mi hermano Lunes me releve, que me deprime tanta bronca y tan poca consideración. Pese a quién pese siempre seguiré siendo rojo, en este momento rojo de rabia. FIN
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