Pilar

DÁDIVA CELESTE La madrugada, manto de estrellas y luna clara, se diluyó sigilosa para ver renacer la luz; horas demoradas, quemadas en abrazos apasionados y besos encendidos. De aquel encuentro quedó el hermoso recuerdo y el regalo de la simiente que meses después dio un fruto rosado, tierno y dulce. Le canto bajito, muy bajito. Es el pedacito de sol que vino a iluminar mis mañanas. Un trocito de luna que alumbra mis noches. El lucero rutilante que brilla en mi casa. Por eso apenas me atrevo a levantar la voz cuando le canto una nana. Acunándole, susurro su nombre con la cara escondida entre su carne nueva. Susurro porque los astros, celosos de los cachitos que han perdido, podrían bajar a arrebatármelo. Y es mío, sólo mío. Lo quiero únicamente para mí. FIN
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Pilar

EL TIEMPO ENTERRADO Bajo la primera capa de barro, aparece una imagen sorprendente. Amuro el escobón, el cobertizo puede esperar; se avecina otra tormenta. Rescato la caja y, al desenfangarla, aparece la imagen completa: un velero. El niño que era cuando la abuela me la regaló, fantaseaba con ser corsario, aventurero. Resulta sorprendente que, aún sepultada, oxidada, custodie mis añosos tesoros. Un rizo, fotos, canicas… objetos ligados a momentos especiales, a recuerdo de los que apenas guardo memoria vuelven a mí nítidos. Gento y Zarra me sonríen bajo la cera que recubre las chapas; intento un toque y los dedos artríticos protestan negándose a obedecer. -Abuelo, ¿a qué juegas? -A ser niño otra vez. FIN
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