Pilar
LOS INTRUSOS Supo entonces que la casa no estaba vacía. Pisadas y voces acercándose al sótano le alarmaron. Avivó a su prole, ¡escondeos y ni un ruido! Ordenó y corrió a investigar. No lo veía, pero el olfato le indicaba que pronto aparecería alguien. También que traía comida. Un haz de luz, procedente de la escalera, iluminó a un hombre. Puso algo en el suelo y salio. Le faltó tiempo para acercarse al objeto; era raro, pero el manjar que contenía se le antojó irresistible. El hambre pudo con el miedo y mordisqueó un pedacito del queso. Un chasquido alteró el silencio. Hartos de esperar a mamá, los ratoncillos hambrientos salieron de su escondrijo. FIN
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Pilar

EXPLÍCITO CARMÍN Sacaba la presidente del primer cajón un espejito plateado, el lápiz de labios, y se pintaba. Lo utilizaba con una parsimonia enervante, desde la cabecera de la imponente mesa de acero de su despacho, acomodada en el asiento de cuero negro y siempre momentos antes de empezar la ronda, que acostumbraba a dar por sus dominios. El personal de la Compañía aguardábamos expectantes su aparición, el tono del carmín era el indicativo de su estado de ánimo y de las decisiones que se proponía tomar. Aquella fatídica mañana, me dijeron después mis ex compañeros, cuando hizo su aparición su boca era rosa pálido, casi transparente, subió a fucsia al pillar a un administrativo enfrascado en una partida de mus en el ordenar. Pero al entrar al cuarto de la impresora y sorprenderme haciéndole un trabajo fino y en profundidad a la telefonista, ella con la falda por la cintura y yo con los pantalones por la rodilla, el tono cambió súbitamente a morado y, de inmediato, a rojo fuego tan ardiente como nuestras mejillas y las chispas que lanzaban los ojos de la presidente. De ejecutivo con brillante porvenir he pasado a gris vendedor en unos grandes almacenes y ¡maldita sea! me han asignado a la sección de cosmética. FIN
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Pilar

JUVENTUD, ¿DIVINO TESORO? ¡Imbéciles! Era la palabra más suave de mi padre; la soltaba refiriéndose a mi hermano y a mí, a la juventud en general, y continuaba hablando de sus tiempos, de la dura vida de entonces, del ahínco por abrirse camino… Jamás lográbamos complacerle; nos afeaba todo: los amigos, la moda, las diversiones, los amoríos, y especialmente el escaso provecho con los estudios; “y lo que yo me sacrifico por vosotros, desagradecidos, imbéciles. Si yo hubiera podido… Ahora, algunas veces, se pasa por el prestigioso estudio de arquitectura que compartimos mi hermano y yo; se pavonea al entrar, saluda a la recepcionista y pasea por los despachos con aires de propietario. También, algunas veces, se le escapa y nos llama “imbéciles”. Nosotros no le replicamos, y le seguimos llamando papá. FIN
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Pilar
RENACER DE LAS CENIZAS La vetusta biblioteca se consumía. Luisa se recostó en la pared para soportar tanta tristeza, el espanto del fuego escapando por las cristaleras astilladas lamiendo la fachada, devorando aleros… Los muros se desmoronaban, igual que su esperanza de poder salvar algún libro. La obra que su abuelo, maestro y lector insaciable, recopiló con tanto amor, que era el orgullo de la familia, del pueblo al que la había donado, ardía sin remisión. Las lágrimas le surcaban el rostro tiznado y, aunque ya todo estaba perdido, amontonado en cenizas humeantes, no tenía fuerzas para alejarse. Sintió que una mano le tocaba en el brazo y descubrió a un niño que, tímidamente, le tendía un cuento manoseado, después fue una joven, una pareja, un anciano… Todos depositaban a sus pies libros y más libros, de historia, de aventuras, infantiles… Luisa continuaba llorando, pero sus lágrimas ahora eran de alegría y esperanza reverdecida. FIN
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