Pilar




EL PERRO OVEJERO     


Chucho, mi perro, está enamorado de Boba, una oveja merina. Chucho cuida del rebaño y en cuanto le tiene bajo control se arrima a Boba; ella, al principio, salía corriendo pero últimamente creo que se deja cortejar.  
Hoy he pillado al perro encaramado sobre el lomo de Boba. ¡Vaya pareja!  Los he dejado en paz, que disfruten un rato, total, no creo que tenga consecuencias.
Me equivocaba. Boba está preñada y parece que la cosa va para adelante; el veterinario está emocionado.
La oveja ha parido un… no sé cómo definirlo. ¿Perroveja? La cría tiene la cabeza del padre y el resto como la madre. Se morirá.
Pues no se ha muerto. La hemos puesto Chuba de nombre y la granja se ha convertido en una atracción turística para los vecinos. Me pregunto qué pasará cuando oigan a la cachorra ladrar.
Ya se ha corrido la voz; ha salido en la prensa y ha venido la televisión para hacer un reportaje.
Como Boba, Chuba tiene las patitas finas y luce una lana suave y rizada. De Chucho ha heredado buenas orejas, una cola larga, el morro chato y los colmillos ya apuntan; lo mismo come hierba que roe un hueso.
La comunidad científica está interesadísima en investigar a estos animales tan atípicos, especiales, incluso se han ofrecido a comprármelos. Me estoy dejando querer; ¿a cuanto podrá subir la cifra al enterarse de que Chuba da leche? 

                                                                       FIN
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QUERIDO ABUELO


¡Qué desgracia de familia, son un desastre! Eran las palabras más suaves de mi abuelo. Hija, lo que yo me he sacrificado por ti para darte una educación esmerada, para que te codearas con gente importante y vas y te enamoras de un cantamañanas, un pintamonas con ínfulas de artista.  El abuelo continuaba hablando de sus tiempos, de la dura vida de entonces, del ahínco por abrirse camino…
Mi padre trabajaba en una imprenta y, efectivamente, su gran pasión era la pintura. Mamá le animaba, estaba segura de que algún día triunfaría.
Y llegó el día, casi de casualidad: en nuestro colegio se organizó un acto solidario y mis padres cedieron, entre otras cosas, un cuadro. La casualidad quiso que el tío de un compañero se interesase por el oleo y el autor. Nos dio una tarjeta y dijo que le gustaría hablar con mi padre. Resultó ser un galerista y le propuso participar en una muestra colectiva. Después todo pasó muy deprisa: exposiciones individuales, entrevistas, premios, viajes…
Aún así el abuelo no se daba por satisfecho, ahora su objetivo éramos mi hermano y yo; nunca lográbamos complacerle y nos afeaba todo: los amigos, la ropa, las diversiones, los amoríos, y especialmente los estudios. A pesar de su carácter tan hosco y tan negativo nos inculcaron el respeto a nuestros mayores, incluso a que le tuviésemos cariño, aunque no era fácil y procurábamos escaquearnos cuando él venía a casa.
¡Qué desgracia de familia me ha tocado! Se lamentaba con mamá. ¡Qué piensan hacer esos desastres que tienes por hijos! ¿Pretenden ganarse la vida haciendo garabatos o van a esperar durante años a ver si suena la flauta, como con el pintamonas de tu marido?
Ahora, algunas veces, se pasa por el prestigioso estudio de diseño publicitario que compartimos mi hermano y yo; se pavonea al entrar, saluda a la recepcionista y pasea por los despachos con aires de propietario. También, algunas veces, se le escapa y nos llama “desastre”; se da cuenta y lo echa a broma disimulando. Aunque no es fácil, nosotros no le replicamos, le tratamos con el respeto que nos inculcaron nuestros padres y le seguimos llamando abuelo. 

                                                                  FIN
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ARCOÍRIS




No es fácil vivir en una pequeña localidad siendo diferente. Toda mi vida, hasta donde alcanza mi memoria, he tenido miedo. Miedo a comportarme con libertad. Me recuerdo en la escuela, sentada en un rincón del patio sin participar en los juegos de mis compañeras, no me gustaban las muñecas, ni hacer comiditas, ni la comba o el truque; mis preferencias iban en otro sentido. Ese rasgo de mi personalidad me ha marcado, siempre he sido retraída y modosa, aburrida decía mi hermana. Rara decía padre. Madre callaba, pero movía la cabeza pesarosa y suspiraba.

Mi adolescencia, esa etapa insolente y desenfadada, de disfrutar y descubrir tantas y tantas cosas fue catastrófica; las chicas iban al baile, coqueteaban con los muchachos, lucían sus mejores modelos y peinados; yo vestía ropas insulsas, de tonos anodinos: ocre, negro, marengo…

Así de grises han sido mis relaciones personales, el temor a que una inocente amistad tomase otros derroteros me ha coartado, influido en mi comportamiento volviéndolo encorsetada y huraña. 

Mi empleo en una finca de cultivos florales sí me reportaba satisfacción; me encantan las flores, preparar la tierra, plantar, recolectar rosas, gladiolos, orquídeas… Servíamos flor cortada a establecimientos de toda España.

Cuando cumplí los cuarenta murió madre y padre la siguió dos años después, mi hermana estaba casada y nunca nos entendimos bien porque no aceptaba cómo soy; en definitiva, no había nada que me atase al terruño y decidí dar un cambio radical a mi vida. Nunca es tarde para comenzar de nuevo y así empecé a forjar un proyecto: tener mi propia floristería.   

En Chueca, un antiguo barrio de Madrid, remozado, alegre y colorista, no me sentía diferente; en sus calles, casas y comercios había mujeres como yo, sin complejos, con la cabeza alta y sin ocultar su condición. Alquilé un pequeño local y abrí mi floristería; y como en tantas otras tiendas, puertas y balcones del barrio colgué la bandera con todos los colores del arcoíris. 

¿Será cierto que nuestra verdadera vida está donde se realizan los sueños? No lo sé, pero estoy dispuesta a comprobarlo. ¡Tanta libertad por delante y solo mía!

                                                                   FIN
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                                                             FIJACIÓN                                                                                                                                         





Mis padres eran los porteros en una finca del barrio de Arguelles; nuestra vivienda estaba en el sótano y las ventanas quedaban a ras de la acera; yo me subía a un taburete y miraba la calle, el suelo, en realidad, he visto pasar ante mis ojos zapatos, botas, botines y zapatillas de todos los estilos y colores, soy un experto en calzado. Y en piernas; de una mujer no me importa su cara, el pecho, su vientre… lo único que me excita son las piernas; ni siquiera soy exigente y aunque me gustan torneadas y largas, no le hago ascos a otras menos atractivas. Tengo una fijación enfermiza que me ha ocasionado más de un disgusto.

Estoy ahorrando para comprar una pierna ortopédica. De momento me conformo con acercarme a la tienda y admirar los distintos modelos, tocarlos, pero creo que tendré que buscar en otro comercio;  el dependiente cada vez está más mosqueado conmigo.



                                                                FIN
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                                            EL ENCUENTRO

Se conocieron debajo de la escalera; la culpa fue de un trocito de queso, se le había caído de la merienda a la niña de la casa.

Ratita vivía en el sótano y, en cuanto olía a comida, subía para ver si encontraba algo. Aquella tarde, Ratón apareció para disputarle el queso. Se detuvieron sorprendidos por la inesperada presencia del otro, retándose, alerta para saltar sobre el bocado y salir escapados. De repente Ratón cerró los ojillos colorados y se quedó como derrengado, con las patas abiertas y la barriga pegada al suelo. Es un truco, sospechó Ratita, y le observó sin arrimarse;  nunca antes le había visto por allí, ni siquiera por el patio. Era guapo, con unas orejas grandes, la cola fina y un hociquillo con largos bigotes. Demasiado flaco, debe estar muerto de hambre, pensó luego y le acercó el queso.

Ratón no se movió; olisqueó y como si el delicioso aroma le despabilase lo devoró en dos mordiscos. Se sentía avergonzado por mostrarse tan ansioso ante aquella preciosa y generosa ratita, pero estaba desfallecido, no tenía donde vivir…

Ratita le invitó a bajar al sótano; hasta que te recuperes, le dijo, se está calentito, y hay cajas, libros, baúles, telas… montones de sitios estupendos donde poder acomodarte. No han vuelto a separarse: Ratón ha recuperado el lustre del pelo; corre rapidísimo para buscar comida porque Ratita ahora se mueve menos, la abultada panza le pesa mucho y está deseando parir para ver a sus crías.

Ya tengo pensados los nombres, le cuenta a Ratón. Como el queso nos ha unido los pequeños se llamarán: Pecorino, Niolo, Sardo, Idiazabal, Cabrales;  y las ratitas Fontina, Cantal, Feta, Oveja, Bola, Tetilla.  Porque… No querrás que se llamen Presumida o Pérez, Miqui o Mini.  Pues eso.


                                                                  FIN
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