Pilar

NO HAY MÁS SORDO QUE… El candidato a la reelección subió al estrado, se colocó ante los micrófonos… Y se quedó en blanco. Miró en derredor del inmenso recinto a las caras expectantes de correligionarios y periodistas, y se preguntó cómo era el discurso que llevaba semanas memorizando. Se ajustó el nudo de la corbata de seda, los puños de la camisa celeste, y comprobó que los gemelos de oro estuviesen bien ajustados. Sudando, flaqueó y se apoyó en el atril buscando ayuda en los rostros benevolentes de los afiliados, entregados, que le contemplaban expectantes. La presidenta consorte sonreía animándole; hasta le envió un beso furtivo, pero él seguía sin saber qué decir. La memoria le jugó una mala pasada y lanzó las mismas consignas de la campaña de cuatro años atrás. Habló y habló… Y salió airoso del trance. Las promesas electorales, a los incondicionales asistentes, les sonaron a novedad. FIN
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Pilar

SINE DÍE Me acerco y, en la libreta negra, anoto sus nombres. Huelen a fracaso, a miedo… Sólo miro la mano que recoge el pañuelo rojo que les entrego; algunas temblorosas, otras con teatral desdén. Los apostantes rugen al verlos desfilar. La pistola, oscura y fría cual serpiente mortal, aguarda en el centro de la mesa redonda que ocupan los jugadores. A cada ¡clic! del arma le sigue un suspiro de alivio. Un murmullo de decepción. Cuando se disipa el eco del disparo fatal y del cuerpo al caer, tacho su nombre de la lista. Los ganadores, bulliciosos, se reparten los billetes manchados de sangre. Los supervivientes saludan triunfantes, pero siguen oliendo a fracaso. A miedo aplazado. FIN
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Pilar

AL MAL TIEMPO… Llueve. Y yo sin paraguas. Las prisas… Las prisas y el pataleo. Y el maldito tiempo; hacía un sol rabioso y, sin más, se lía una tormenta furibunda. Aguanto un rato frente al portal, refugiada bajo la cornisa del super. Miro a nuestras ventanas; se darán cuenta de la que está cayendo y se asomarán para buscarme. Espío esperando verlos aparecer preocupados, deseosos de perdonarme. Los padres siempre quieren perdonarnos aunque suspendamos, aunque no ordenemos la habitación, incluso si les tratamos mal y salimos vociferando, dando un portazo. Sigue la lluvia. Siguen las ventanas cerradas. Sigue el portal atrancado. Y yo… congelada. Hambrienta. Las luces del super se van apagando, el personal despidiéndose a toda prisa y queda la calle solitaria, silenciosa de voces… Sólo el ruido de las alcantarillas tragando agua sin cesar me acompaña. Yo también trago: las lágrimas frustrantes, el orgullo, y cruzo corriendo. En casa hace calor y la cena estará preparada. FIN
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EL HOMBRE INVISIBLE Me llamo Modesto. Modesto Comillas, para servirle. Soy un hombre invisible. Invisible, sí. Me enamoré de una mujer deslumbrante, una hermosa luminaria que opacaba a cualquiera que estuviera a su lado. Yo lo estaba. Pero ella no me veía. Siempre estuve a su lado. Pasaba, y no me veía. Atendía sus más mínimos deseos y no solo no me lo agradecía, ni siquiera reparaba en quién le agasajaba. No podía culparla, eran tantos los que la adoraban… Era una diosa, la diosa de la luz, un rayo de sol en la penumbra de mi oscura existencia. Pero dolía; su indiferencia era hiriente, especialmente cuando le escribía palabras de amor y me ignoraba. Me convertí en su sombra. Daba igual que estuviese delante o detrás de mi radiante adorada. Nunca me vio, ni siquiera me sospechó. Por eso, señor juez, una noche de luna clara, apagué su radiante luz. Ahora también ella es invisible para todos. Menos para mí. FIN
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