Pilar
EL PASADO 24 DE OCTUBRE Y BAJO EL PSEUDÓNIMO "TUSITALA", GANÉ EL PRIMER PREMIO DEL CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS" ESTE ES EL RELATO GANADOR Y DESDE AQUÍ MI AGRADECIMIENTO A MANUEL TÉVAR, PRESIDENTE DE ARS CREATIO, POR PERMITIRME PUBLICARLO.

QUERIDO PAPÁ
Papá sólo era una foto sobre el piano cerrado, el rostro afable de un apuesto y joven hombre, un cuento escuchado desde siempre. Eso era para mí. Para mamá, un batir de pestañas, el suspiro hondo cuando acaricia el retrato con sus dedos largos, como de porcelana de puro frágiles. Y es que no es fácil querer a alguien a quien no has conocido. Aunque ese alguien sea tu padre. Junto al retrato, el libro de poemas; mamá guarda entre sus páginas una fotografía y una carta, la primera remitida por papá desde aquel exótico país. “El pequeño hotel en el que me alojo está bien situado, aledaño al río, y la habitación es cómoda y limpia, aunque sin lujos; lo regenta un matrimonio, y Lalo, su hijo, muchacho dispuesto y servicial que me está facilitando ubicarme. Desde mi ventana veo el canal. Las barcas constituyen el medio de vida de los nativos y en muchos casos su hogar; a bordo de ellas venden sus peculiares productos, pasean a los visitantes… Esa es la cara amable, el tipismo que ven los turistas; la trastienda es bien distinta: miseria, enfermedad, incultura. Hay tanto por hacer…” Mi padre era ingeniero, la empresa para la que trabajaba realizaba obras por todo el mundo y él iba allí donde tocaba. Por eso no estaba nunca en casa, le justifica invariablemente mi madre, venía cuando sus obligaciones le permitían, aunque siempre se acordaba de nosotros, de ti, dice, y esgrime una miniatura de barca con sombrilla, reproducción fiel de las que aparecen en la foto. Es el primer regalo que te trajo. Era tan detallista, tan tierno, apostilla e insiste en relatarme por enésima vez pormenores, en un vano intento de que yo recuerde. De nada sirve que le indique que la memoria en niños de apenas un año es poco menos que nula. Mamá, con un abaniqueo impaciente de manos, me silencia, ignora el inciso y se empeña en mil detalles que a mí se me antojan tan remotos y desvaídos como la presencia paterna. Cuando va alcanzando el punto crucial de la historia hace una larga pausa, y se acerca un minúsculo pañuelo a los ojos lacrimosos. Con cada nueva frase suspira y ralentiza el tono, en contraposición con el llanto que arrecia hasta derramarse en torrente al concluir, casi musitando: … “Y le perdimos para siempre.” Porque mi padre desapareció; se lo tragó la selva, la catarata, el río… no lo sabemos con certeza. Sucedió durante un viaje de prospección; marchó de amanecida, solo y conduciendo un todo-terreno, con intención de evaluar una zona en la que proyectaban construir un puente. Nunca llegó. Su rastro se perdió a medio camino, aunque le recordaban algunos lugareños de una aldea en la que paró por breve tiempo. Después: nada. Ni un indicio, un resto, ni tan siquiera el vehículo fue localizado. Lo que yo sí encontré fue aquella carta. Acababa de cumplir veinticinco años y era la víspera de mi boda. Mamá me ofreció los pendientes y el collar de perlas que le regalase mi padre con motivo de mi nacimiento, empeñada en que los luciera en la ceremonia, convencida de que sería un bello homenaje; a mí no terminaba de gustarme la idea, se me figuraban demasiado “formales”, y estaba trasteando en su joyero en busca de otro adorno más acorde con mi gusto y edad cuando, en el fondo de la caja, tropecé con un papel amarillento, cuidadosamente doblado. La carta no era demasiado larga, un folio escrito con una letra que de inmediato hermané con la que escondía el libro de poemas. Tras los prolegómenos rutinarios, llegué al meollo. “… apenas tenemos ya nada en común, la hija, por supuesto, pero si el roce hace el cariño… aunque sea un tópico manido no por eso es menos cierto, tanto como que nuestro matrimonio no es tal; la distancia no sólo separa físicamente, también enfría los sentimientos hasta que se desvanecen en nuestro ánimo, como se ha desdibujado el rostro de la niña, el tuyo. Las noches aquí son tórridas y largas, más largas aún sin compañía, sin nadie que te espere, que te escuche, que te reciba tras una larga jornada de trabajo. Creo que anteriormente te he hablado de Lalo, de la amistad y entendimiento que hemos trabado en este tiempo, pues bien, él ha templado mi corazón y…” Y su cama, pensé estupefacta, asqueada. A duras penas logré continuar leyendo. “No me busques, salgo de inmediato hacia un nuevo país contratado por otra empresa; quiero dar un giro total a mi vida, empezar de cero”. Así de frío, así de rotundo daba por zanjado su matrimonio, su paternidad. La indignación me asfixiaba, por el fraude, el abandono de él y por el engaño de mamá, que durante veintitrés años me ocultó la verdad. Guardé la carta y salí dispuesta a enfrentarme a ella, a tirar del hilo de aquella madeja de sentimientos sin devanar que me estaban estrangulando. La encontré en el salón con el retrato en la mano. Y lo vi. En los surcos de su rostro, prematuramente mustio, estaba escrita la historia de su drama íntimo. Vi que en los ojos brillantes no sólo había llanto, descubrí un atisbo de anhelo que si bien me sublevó, también me desarmó. El tiempo, ladrón infame y falsario, incita a creer que podemos hacer vivir para siempre aquello que amamos, y mamá seguía amando a mi padre con una devoción indeleble, o quizá su mente se negaba a reconocer la traición aferrándose al quimérico recuerdo que se forjase. ¿En cualquier caso, con qué derecho podía yo arrebatarle aquellas migajas de dignidad, de ilusión? Y vi a mi padre bajo otro prisma; aquél rostro dulce en realidad denotaba cierta blandura, igual que la mano, demasiado lánguida, que sostenía el mentón poco marcado. Estarías tan orgulloso de ella… escuché a mamá decirle a la foto. -Tienes razón- dije tratando de tragarme las lágrimas, abrazándola fuerte-, las perlas son bonitas. Las luciré mañana. FIN
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