Pilar
DESDE EL OTRO LADO Me sentía vigilada. Una percepción errónea pues no había nadie; ningún rostro, ni siquiera enmarcado en un retrato, una fotografía. Nunca fui fetichista y adoraba los espacios despejados, casi minimalistas en la decoración; precisamente eso fue lo que me impulsó a alquilar el apartamento. Y no alcanzaba a saber qué era lo que tanto me alteraba, pero un hormigueo me subía por la espalda, me aprisionaba el estómago produciéndome nauseas. Hasta tal punto, que el reducido comedor donde la sensación era más intensa, llevaba meses sin cumplir su función; me negué a utilizar aquella pieza, incluso coloqué un pequeño cerrojo en la puerta y lo clausuré. Sólo lo abría para entrar a limpiar pues, además de la desazón que me producía ese “algo”, a veces en el ambiente flotaba un desagradable olor a flores marchitas, a agua estancada que me obligaba a terminar rápido y salir corriendo. De seguir con semejante paranoia estaba resuelta a liquidar el contrato y buscar otra vivienda. Fue en una de esas ocasiones, limpiando el espejo, que vi claramente rostros reflejados en él. Mejor dicho, no exactamente reflejados sino dentro, como impresos en el cristal. Eran caras lívidas, de rasgos afilados y gesto grave, la mayoría con los ojos cerrados. No pude soportarlo más: arranqué el espejo de la pared dispuesta a sacarlo de la casa, a hacerlo pedazos, a avisar al propietario para que se lo llevase… no sé, cualquier cosa antes de que continuase allí. La desagradable e inquietante sorpresa fue al descubrir la etiqueta pegada en la trasera: “Tanatorio del Buen Reposo” Me faltó tiempo para hacer las maletas. FIN
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EL RECLAMO Aquellas manos que desde la distancia me hacían señas, de repente quedaron quietas. Deseaba con frenesí poder acariciar aquel cuerpo escultural, olerlo, sentir su carne que intuía prieta y sedosa. Crucé la calle olvidándome del tráfico, de las advertencias de los bienintencionados que me prevenían contra el peligro de morir atropellado. Solo tenía ojos para la bella seductora; a punto de alcanzarla, de nuevo me provocó; danzaba, se contorsionaba incitante y fascinadora al son de una música cadenciosa que me llegaba debilitada por el fragor callejero. Tan ensimismado en la visión iba, que choqué contra el cristal tras el que se hallaba la diosa. Trastabillé hasta quedar despatarrado en la acera, pero ella no se inmutó e insistió en los gestos, en las mismas señas que antes me hiciese. Entonces me fijé en el cartel: “Mírame y no me toques. Pon un holograma en tu vida”. FIN
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SIN PIES NI CABEZA Como no podía ser menos la invitación era tan extravagante como el anfitrión, y no me refiero únicamente a las ilustraciones gore: vísceras, sangre… lo típico; lo realmente estrafalario era el lema de la convocatoria a la fiesta de disfraces: Sin pies ni cabeza. ¿Y cómo coño se apaña alguien un disfraz con esa premisa? Me rompí la sesera ideando algo que pareciera una ameba, una estrella de mar un huevo, una nube o una ostra, por supuesto con concha y perla que siempre me ha gustado lucir glamuroso. Lo de la cabeza era más sencillo de resolver, venden unos ropones en las tiendas especializadas, pero los pies… con cualquiera de ellos tendría que ir arrastrándome, flotar o rodar y no estaba dispuesto a humillarme de ese modo frente al chiflado de mi amigo. Después de darle muchas vueltas encontré la solución: recurrí a mi amigo Alfredo. Es un artista, se dedica a fabricar máscaras, ropa y caracterizaciones de efectos especiales para el cine; tiene cantidad de ideas y la que me propuso me pareció genial, complicado de llevar a cabo, pero Alfredo puso a mi disposición todos los medios técnicos y humanos que precisaba. La verdad es que la noche iba a resultarme un tanto incómoda dadas las características del disfraz y me estaba costando un dineral, aunque con tal de dejar boquiabierto al anfitrión y sus invitados… Mi entrada en el salón prometía ser apoteósica: una tarima rodante forrada con algo parecido a césped y saliendo de él, yo, transformado en una enorme planta carnívora. Llegaba el día esperado, todo a punto… Y la gripe llamó a mi puerta. FIN
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MOMENTOS GOLOSOS Me gustaba especialmente aquella encantadora pastelería. No solo por las exquisiteces que ofrecía, también me agradaba Rogelio, el dueño del comercio, un viudo maduro, con buena planta. Trataba a su numerosa clientela con esmerada educación, “gracias por su visita”, acostumbraba a decir invariablemente al despedir al comprador de turno. Yo solía pasar a última hora de la tarde, al salir de misa; había poca gente y podíamos charlar un ratito. Rogelio, conversador ameno y culto, siempre planteaba algún tema interesante que nos entretenía dilatando el momento de la despedida y es que, en realidad, a ninguno nos esperaba nadie en casa. La noche que ceremoniosamente me pidió relaciones, la despedida fue diferente “gracias por quedarte”, me dijo. FIN
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FANTASÍA Me enteré por casualidad; yo esperaba a una amiga en la cafetería que ocupa los bajos de mi oficina; en un extremo de la barra un hombre escuchaba atentamente a otro; no podía verle pero su voz me resultó familiar; me acerqué disimuladamente y le oí comentar su fantasía erótica: una mujer enmascarada y vestida de monja le aborda, le retiene, le seduce hasta dejarle tan extenuado que cae rendido… cuando despierta la asaltante ha desaparecido. A los pocos días, cuando ya no quedaba nadie en la oficina entré en el despacho de mi jefe. Ave María Purísima, le dije, y cerré la puerta con llave. FIN
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LA VOZ DEL PASADO ¿Y por qué hablar de ella? No fue casualidad; el destino volvía a ponerme en su camino, como antaño cuando me salvó de la orfandad, de la cuesta descendente que mi loca adolescencia había tomado y me llevaba irremediablemente a la prisión, o a la tumba. En estos días duros, aciagos, en los que mi mundo se hunde, que vuelvo a estar solo y ofuscado, una voz del pasado la mencionó y supe que, a pesar del tiempo, de mi afán por borrar el ayer y de mi despego, su ternura me ayudaría a renacer, a superar el divorcio, el fracaso. Llegué frente al Hospicio y pulsé el timbre rezando, como ella me enseñó, para que aún viviera. FIN
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MEMORIA SELECTIVA Tal vez si hubiera preguntado dónde, podría haberme enrollado un poco, pero preguntar “quién, contra quién y cuándo” me hundió; necesitaba poner nombres, fechas concretas, y por más que me exprimía la sesera no me salía ni uno; a mí eso de las batallitas, los reyes y tantas mandangas antiguas no se me queda; entregué el examen y me largué a la cafetería. Echaban en la tele “La guerra de las Galaxias”; me la sabía de memoria pero total, tenía que esperar a que salieran los compañeros… FIN
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DESPEDIDA DE SOLTERO Manuel estaba asombrado. La fiesta, tan misteriosamente preparada por sus amigos, resultó decepcionante: un pub en su misma calle, dos chistes, una copa… ¿dónde estaba la maciza saliendo de la tarta? ¿Dónde las burradas a las que eran tan aficionados? Por una vez debemos ser comedidos; si llegas a la iglesia con ojeras y resaca tu novia nos mata, alegaron desoyendo sus quejas, empujándole para que saliera con ellos y se marchara a dormir, y desaparecieron en masa dejándole plantado. Abatido y solo decidió alargar la velada, pidió más güisqui y subió a casa pasada la una. En la puerta había un sobre. ¡Al ataque! ponía el tarjetón firmado por la panda. Sobre la cama encontró un paquete enorme envuelto en plástico de burbujas, con un lazo gigantesco. ¡Era esto! exclamó sonriendo y volvió a animarse. Lo desató sin prisa y desplegó las pompas sospechando la sorpresa. Fue impactante: una hermosa mujer desnuda miraba sin ver, con la boca amoratada, desencajada en un grito desesperado, inútil. Manuel se sentó en el suelo y rompió a llorar. FIN
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BÚSQUEDA No sé porqué estoy aquí. Lo ignoro, pero continúo viniendo. La inquietud me sobrevino apenas emergí del sopor de la anestesia. No sabía de qué se trataba pero algo me inquietaba. La intervención ha sido un éxito, escuchaba decir a médicos, enfermeras y familiares. Es fuerte, se recuperará rápido, y es de esperar que sin problemas. Y así fue; No habían pasado quince días y ya estaba de vuelta a casa. Vivir solo y ser solterón tiene muchas ventajas aunque también inconvenientes, y mis hermanas se empeñaron en contratar a una mujer para que me cuidase. La odiaba. Me tenía secuestrado. Yo necesitaba salir, sentirme vivo, escapar para ir… ¿adónde? Ciertamente no lo sabía aunque sentía la urgencia de hacerlo. Y lo hice. Salía a la calle, me dejaba llevar y ya fuese a pie, en autobús o Metro, al cabo de un tiempo caí en la cuenta de que siempre terminaba en la misma zona: un parquecito con una fuentecilla cantarina en el centro y bancos de madera rodeando el perímetro; en las inmediaciones casas antiguas, señoriales, con miradores de forja en la fachada. Yo daba vueltas y me acomodaba cada vez en un banco, como probando algo aunque, indefectiblemente, acababa ocupando el que se situaba frente a un portal grande, con zaguán, y observaba quién entraba y salía. Han trascurrido varios meses infructuosos; el parque se colorea de ocres y siento que sea lo que fuere que busco, es una quimera. Me doy por vencido y me convenzo: será la última vez que vengo al parque. Me marcho derrotado, cabizbajo y en mi obcecación arrollo a alguien que sale del portal. Musito una disculpa sin apenas mirar. ─ No tiene importancia ─ asegura una voz femenina y al oírla siento como una descarga eléctrica que me paraliza. Encubierto tras las gafas ahumadas, la miro sin disimulo; es una mujer madura, atractiva a pesar de ir discretamente vestida, toda de negro. En la mano derecha lleva dos alianzas, una de ellas a todas luces de hombre, por el tamaño. Tiene los ojos tristes, pero su semblante es dulce. Se rebulle violenta por mi actitud y reanuda su camino. ─ Creo que tengo algo que le pertenece ─ digo al cabo. Mi declaración la detiene. Duda, pero al fin se vuelve. Yo me llevo la mano al pecho. Y ella me mira intrigada, sin comprender hasta que me golpeo el corazón. Entonces, aunque los ojos se le llenan de lágrimas, sonríe. FIN
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UNA CASA DE ENSUEÑO El pasillo conducía al salón, presidido por el retrato de una bella mujer. Parecía sonreírme, invitarme a mirarla. Los ventanales se abrían al jardín, tan decadente como el resto del caserón, pero nada justificaba el ridículo precio que pedían. -El heredero vive en París y quiere liquidarla- aseguró el vendedor. Todavía dudé al escuchar ruidos en el piso superior. Provenían de uno de los dormitorios; olía a perfume y supe que ella estaba allí. El vendedor también lo percibió y sonrió nervioso. Extendí un cheque y le despedí para quedarme a solas con mi espectral fantasía. FIN
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LA PRIMERA CITA. Eres malo para hacer la guerra, dijo mi mujer. -Te sobra entusiasmo, pero careces de picardía- aclaró- Para desbancar a tu oponente debes usar estrategia. Ciertos detalles y gestos, dicen más que los alardes de fuerza; resérvalos para defender tu conquista. ¿Vas a liarte a tortas con Luisito? No, hijo, no. Fíate de tu madre; sugeriría que te ganases su confianza y sabrías con qué armas luchar para derrotarle. -Me parece un consejo rastrero- apunté yo, y mi mujer me fulminó con la mirada. -Debe aprender desde pequeño a pelear por lo que quiere; en el amor vale todo. Le gusta Martita… pues a por ella- arregló la corbata del chico, le atusó el flequillo rebelde y le besó. -Diviértete, hijo. Y recuerda: a las diez te quiero en casa. FIN
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EN TABLAS A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias; la conozco a la perfección y su siguiente movimiento será sacar el caballo, después el alfil. Dejo que lo haga e incluso a mi turno, intencionadamente, cometo un error que precipita el jaque mate. Tumbo sobre el tablero al rey y le guiño un ojo a mi sonriente y hermosa contrincante; ella sabe que yo también tengo mis tácticas y me sigue el juego. FIN
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SI FUERA TAN FÁCIL... -¿Por qué me mira así? Señorita, no es para llorar; sólo he pregunto si usted conoce a ese señor alemán. Creo Que tengo algo que es suyo y no me gustaría quedármelo; mi deber es devolvérselo, aunque en este momento no recuerdo bien qué es... ¿Usted lo sabe, señorita? -Papá, no te preocupes. Y come. FIN
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ÁNIMOS ENCENDIDOS Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Un espectáculo dantesco originado por una riña de aparcamiento- voceaba la radio del vecino. Testigos presénciales declaran que el individuo, sin mediar palabra, volvió con un bidón prendiendo fuego al vehículo motivo de la disputa. Se desconoce su identidad, pero aseguran que estaba ebrio y tiene el rostro atravesado por una horrible cicatriz. Los daños materiales son incalculables. Las víctimas se cuentan por cientos… Atilano, pensativo, se rascó la sien, la matadura que le atravesaba la cara hasta perderse en la camisa ahumada. Se encogió de hombros y volvió a la cama; la resaca le estaba matando. FIN
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TRAPOS SUCIOS Todo el mundo sabía que era una mujer bala; sus palabras herían, a veces mataban y, sin embargo, su programa alcanzaba las máximas cuotas de audiencia. Siguió defenestrando reputaciones, mutilando vidas y siempre preservando celosamente la suya. La noche que desde el pasado el hombre sin futuro surgió como una sombra, a la mujer bala se le atravesó el proyectil en la garganta y la dejó muda. FIN
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EN EL ÚLTIMO MOMENTO -¿Cuándo te decidirás? Julio, yo te quiero. Cuando cerró la puerta me quedé pensando qué habría querido decir con aquellas palabras. Y no era la primera vez que lo preguntaba, pero la coletilla… El tono serio, la mirada profunda, fue lo insólito. ¿Realmente hablaba de amor? Nos conocíamos hacía tres años, cuando empezó a trabajar en la agencia, y sintonizamos rápido. Nos sentímos bien juntos, tenemos gustos afines, me agrada y nos queremos. ¡Por supuesto! De ahí al amor… Julio abrió la ventana y aguardó hasta que apareció saliendo del portal. Desde la acera alzó la cara y le sopló un beso con la punta de los dedos. Sospeché que sería el último y me entró pánico. -¡Vuelve, Luís!- grité decidido. FIN
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ALMA
El coche se detuvo sin motivo al pasar por Magno. La aldea, pura ironía con seis casas ruinosas, no figuraba en el mapa. Deambulé buscando ayuda o cama donde pernoctar, pero el lugar parecía solitario, dormido. Sólo la luna, redonda y sonriente, avivaba las ventanas opacas, las calles desiertas, proyectando sombras inquietantes. Volví al coche y la vi, tenue y bella, junto al cartel con el nombre del pueblo. -Te esperaba- dijo tendiéndome las manos-. Soy Alma. No pronuncié palabra, no pude, Alma enmudeció mi voz y mi mente envolviéndome entre sus brazos posesivos, y la noche invernal se caldeó con nuestra pasión. El alba, me sorprendió aterido, desorientado y solo; creí haber soñado el encuentro aunque mi piel lo negaba guardando el aroma de la suya a madera perfumada, y en los labios aún perduraba el sabor delicado a frutas maduras de los de Alma. El coche arrancó y, confuso, abandoné Margo, mas nadie supo darme razón de la joven ni del lugar. Volví a buscar a ambos sin hallarlos, y quise convencerme de que solamente fue un sueño, el cansancio del viaje… pretendí persuadirme, aunque nunca olvidé el inquietante encuentro. Después de años, hoy, leyéndole a mi hija una leyenda, Alma, bella y misteriosa como la recordaba, me sonreía apoyada en el letrero de Magno desde una ilustración a todo color. FIN
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