Pilar
EL MIEMBRO IMPRESCINDIBLE El ambiente se puede cortar en la impresionante sala de juntas. El silencio, tan denso como la atmósfera, se rompe cuando la presidente tamborilea con la pluma dorada sobre el tablero de caoba de la mesa. Mira sin disimulo, uno por uno, las tan familiares caras de los rancios miembros del consejo. Últimamente las rencillas entre ellos son habituales; la crisis tiene la culpa, la siniestra sombra del inminente ERE planea sobre sus cabezas y la lista de los defenestrados no acaba de darse a conocer. En su fuero interno todos se consideran imprescindibles y se regodean pensando que “la china” les va a caer a otro aunque, circunspectos, guardan la compostura y se muestran tensos. Todos menos Amando, el más joven, que parece relajado, incluso divertido con la situación, como si supiese algo que los demás ignoran. A la presidente se le escapa la estilográfica y Armando se apresura a recogerla de debajo de la mesa y, de pasada, aprovecha para acariciarle los muslos entreabiertos a la mujer. FIN
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