Pilar


VEO VEO

Tengo una extraña anomalía visual; según los médicos adapto mis estados de ánimo a mi caprichosa retina. Al principio me ocasionaba muchos problemas: pretendía meterme en coches del mismo modelo que el mío, me vestía con colores imposibles, llevaba zapatos diferentes… Al final no me quedó más remedio que aprenderme de memoria la matrícula y poner carteles a todo: camisa celeste, corbata granate, traje marino…  
Si ceno mucho y duermo mal me levanto amarillo; distingo perfectamente ropas, muebles, objetos… lo que me rodea pero en una gama de tonos que van desde el  delicado pajizo hasta el dorado intenso.
Me gusta cuando abro los ojos y lo veo todo verde. Es mi favorito, tan refrescante; la sensación es auténtica, tanto que hasta creo sentir el olor de hierba mojada, de césped cortado.
Este trastorno tiene ciertas ventajas, no me canso de las cosas, ni de mi casa, es como si la redecorase a diario. Y desventajas, especialmente con las chicas, les molesta que no aprecie si se han cambiado el tinte del pelo o la ropa que llevan. Son bobadas pero para ellas esos detalles tienen importancia. Tampoco les agrada mis cambios de carácter. Si me despierto en blanco no me acuerdo de nada, como si me hubiesen pasado una bayeta por la mente. Cuando lo veo todo rojo estoy rabioso, pendenciero… mejor ni hablarme. Por un día así he perdido mi trabajo, me puse como un buitre con mis compañeros, organicé tal follón que me han despedido. Ahora lo veo todo negro, negativo, triste… Me paso el tiempo en la cama con los ojos apretados soñando con el momento en el que mi vida vuelva a ser en tecnicolor.


                                                                       FIN




 

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