Pilar
CUALQUIER DÍA ES NAVIDAD
 La mujer del retrato sonríe pletórica de vida; contrasta la mirada radiante con la vacuidad que muestran ahora sus ojos. En muy pocos años la enfermedad se ha apoderado de Nieves condenándola a una decadencia temprana, a la aislante ausencia. Federico no soporta verla así. Odia su gesto bobalicón, el hilillo de saliva que, a veces, se le escurre por la boca torcida, el abrir y cerrar espasmódico de las manos que antes fueron resueltas y vehementes de día, acariciadoras y apasionadas de noche. Lo odia tanto como se aborrece a sí mismo por detestarlo. No sabe cómo tratarla, no asume que cada vez más frecuentemente no le reconozca, que le mire y le hable como si él fuese un extraño. Llevado de la desesperación, en ocasiones fantasea con la idea de acabar con todo; la medicación que toma conlleva riesgos si se excede de la dosis; sería tan sencillo… Huye Federico de casa a la menor oportunidad, se deja llevar por los pasos que no llevan a ninguna parte, por el deambular del hombre abatido que no espera nada. Ya no. Suele recalar en el parque, en cualquier banco, y deja que el tiempo se le escape sin hacer otra cosa que dejarlo correr. Envidia a las parejas canosas que pasean del brazo, o que empujan el carrito del nieto, o que lo vigilan mientras juega o se columpia; actos sencillos, cotidianos de los que él no puede disfrutar. Ni siquiera se percata de que la primavera ya templa el aire, que ya colorea parterres y terrazas, que hermosea en tiernos verdes los árboles de jardines y calles. Cuando regresa lo hace con temor, con la incertidumbre de si ella habrá hecho algún desmán, si habrá burlado la vigilancia de la chica que la cuida por unas horas. Hoy la encuentra sentada en el suelo, rodeada de cajas, lazos, tiras de espumillón, de guirnaldas y bolas de colores; feliz como una niña, se afana en amontonar pastorcillos y ovejas, a San José, un camello, las lavanderas y soldados de Herodes. -Ya es Navidad- dice y tararea un villancico. Por la mente de Federico pasa como una centella la imagen de la medicina liberadora. Nieves le sonríe mientras canta y le ofrece una estrella dorada. Él, resignado, le sigue la corriente. Al fin y al cabo, piensa, la Navidad es lo que tiene, hace que nos sintamos generosos. FIN
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JUAN ARTERO, DIRECTOR Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas, y ya veo la placa dorada con mi nombre grabado; también la noticia, seguro que mañana los medios de comunicación, ¡menudos son!, airearán el lamentable suceso. Por error extirpan el apéndice a un paciente de traumatología. “Uno más de la larga lista de irregularidades que se cometen habitualmente en la Clínica Óptima”. Relee satisfecho el titular y la entradilla publicados la semana anterior. A estas alturas, mejor deberían llamarla “Deplorable”, piensa Artero divertido; después, se enfrasca en repasar el listado de admisiones. FIN
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EL PASADO 24 DE OCTUBRE Y BAJO EL PSEUDÓNIMO "TUSITALA", GANÉ EL PRIMER PREMIO DEL CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS" ESTE ES EL RELATO GANADOR Y DESDE AQUÍ MI AGRADECIMIENTO A MANUEL TÉVAR, PRESIDENTE DE ARS CREATIO, POR PERMITIRME PUBLICARLO.

QUERIDO PAPÁ
Papá sólo era una foto sobre el piano cerrado, el rostro afable de un apuesto y joven hombre, un cuento escuchado desde siempre. Eso era para mí. Para mamá, un batir de pestañas, el suspiro hondo cuando acaricia el retrato con sus dedos largos, como de porcelana de puro frágiles. Y es que no es fácil querer a alguien a quien no has conocido. Aunque ese alguien sea tu padre. Junto al retrato, el libro de poemas; mamá guarda entre sus páginas una fotografía y una carta, la primera remitida por papá desde aquel exótico país. “El pequeño hotel en el que me alojo está bien situado, aledaño al río, y la habitación es cómoda y limpia, aunque sin lujos; lo regenta un matrimonio, y Lalo, su hijo, muchacho dispuesto y servicial que me está facilitando ubicarme. Desde mi ventana veo el canal. Las barcas constituyen el medio de vida de los nativos y en muchos casos su hogar; a bordo de ellas venden sus peculiares productos, pasean a los visitantes… Esa es la cara amable, el tipismo que ven los turistas; la trastienda es bien distinta: miseria, enfermedad, incultura. Hay tanto por hacer…” Mi padre era ingeniero, la empresa para la que trabajaba realizaba obras por todo el mundo y él iba allí donde tocaba. Por eso no estaba nunca en casa, le justifica invariablemente mi madre, venía cuando sus obligaciones le permitían, aunque siempre se acordaba de nosotros, de ti, dice, y esgrime una miniatura de barca con sombrilla, reproducción fiel de las que aparecen en la foto. Es el primer regalo que te trajo. Era tan detallista, tan tierno, apostilla e insiste en relatarme por enésima vez pormenores, en un vano intento de que yo recuerde. De nada sirve que le indique que la memoria en niños de apenas un año es poco menos que nula. Mamá, con un abaniqueo impaciente de manos, me silencia, ignora el inciso y se empeña en mil detalles que a mí se me antojan tan remotos y desvaídos como la presencia paterna. Cuando va alcanzando el punto crucial de la historia hace una larga pausa, y se acerca un minúsculo pañuelo a los ojos lacrimosos. Con cada nueva frase suspira y ralentiza el tono, en contraposición con el llanto que arrecia hasta derramarse en torrente al concluir, casi musitando: … “Y le perdimos para siempre.” Porque mi padre desapareció; se lo tragó la selva, la catarata, el río… no lo sabemos con certeza. Sucedió durante un viaje de prospección; marchó de amanecida, solo y conduciendo un todo-terreno, con intención de evaluar una zona en la que proyectaban construir un puente. Nunca llegó. Su rastro se perdió a medio camino, aunque le recordaban algunos lugareños de una aldea en la que paró por breve tiempo. Después: nada. Ni un indicio, un resto, ni tan siquiera el vehículo fue localizado. Lo que yo sí encontré fue aquella carta. Acababa de cumplir veinticinco años y era la víspera de mi boda. Mamá me ofreció los pendientes y el collar de perlas que le regalase mi padre con motivo de mi nacimiento, empeñada en que los luciera en la ceremonia, convencida de que sería un bello homenaje; a mí no terminaba de gustarme la idea, se me figuraban demasiado “formales”, y estaba trasteando en su joyero en busca de otro adorno más acorde con mi gusto y edad cuando, en el fondo de la caja, tropecé con un papel amarillento, cuidadosamente doblado. La carta no era demasiado larga, un folio escrito con una letra que de inmediato hermané con la que escondía el libro de poemas. Tras los prolegómenos rutinarios, llegué al meollo. “… apenas tenemos ya nada en común, la hija, por supuesto, pero si el roce hace el cariño… aunque sea un tópico manido no por eso es menos cierto, tanto como que nuestro matrimonio no es tal; la distancia no sólo separa físicamente, también enfría los sentimientos hasta que se desvanecen en nuestro ánimo, como se ha desdibujado el rostro de la niña, el tuyo. Las noches aquí son tórridas y largas, más largas aún sin compañía, sin nadie que te espere, que te escuche, que te reciba tras una larga jornada de trabajo. Creo que anteriormente te he hablado de Lalo, de la amistad y entendimiento que hemos trabado en este tiempo, pues bien, él ha templado mi corazón y…” Y su cama, pensé estupefacta, asqueada. A duras penas logré continuar leyendo. “No me busques, salgo de inmediato hacia un nuevo país contratado por otra empresa; quiero dar un giro total a mi vida, empezar de cero”. Así de frío, así de rotundo daba por zanjado su matrimonio, su paternidad. La indignación me asfixiaba, por el fraude, el abandono de él y por el engaño de mamá, que durante veintitrés años me ocultó la verdad. Guardé la carta y salí dispuesta a enfrentarme a ella, a tirar del hilo de aquella madeja de sentimientos sin devanar que me estaban estrangulando. La encontré en el salón con el retrato en la mano. Y lo vi. En los surcos de su rostro, prematuramente mustio, estaba escrita la historia de su drama íntimo. Vi que en los ojos brillantes no sólo había llanto, descubrí un atisbo de anhelo que si bien me sublevó, también me desarmó. El tiempo, ladrón infame y falsario, incita a creer que podemos hacer vivir para siempre aquello que amamos, y mamá seguía amando a mi padre con una devoción indeleble, o quizá su mente se negaba a reconocer la traición aferrándose al quimérico recuerdo que se forjase. ¿En cualquier caso, con qué derecho podía yo arrebatarle aquellas migajas de dignidad, de ilusión? Y vi a mi padre bajo otro prisma; aquél rostro dulce en realidad denotaba cierta blandura, igual que la mano, demasiado lánguida, que sostenía el mentón poco marcado. Estarías tan orgulloso de ella… escuché a mamá decirle a la foto. -Tienes razón- dije tratando de tragarme las lágrimas, abrazándola fuerte-, las perlas son bonitas. Las luciré mañana. FIN
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DESDE LA DISTANCIA Se nota con mirarte que no te han querido bien. No es difícil adivinarlo, los ojos huidizos, ese gesto nervioso de las manos y el más indicativo: replegarte evitando la cercanía, el contacto. Paseas por el jardín como un espectro, añorando las rosas aún sin abrir, sin apenas fijarte en la belleza que te rodea. Cuando te veo así tengo que frenarme para no correr a tu lado; ansío abrazarte, acunarte y repetirte bajito que estás a salvo, que yo cuidaré para que él nunca más pueda dañarte. Sería maravilloso acariciarte el pelo. A veces lo llevas suelto, desplegado por la espalda como una mantilla negra; es como más me gusta. Cuando sales con él siempre lo llevas recogido. Cuando sales con él siempre vas un paso por detrás, mirando al suelo, sin hablar. Cuando sales con él me hierve la sangre. Es terrible estar a tu lado y saber que nunca te podré tener. Es terrible que la primavera venga tardía. Es terrible ser el insignificante jardinero que cuida tus rosales. FIN
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LA VISITA Tuve la sensación de no estar sola, el olor de su colonia flotaba en el aire de la habitación. Sentí un escalofrío por la espalda y me volví rápida. No había nadie y, por supuesto, mi padre no podía ser en modo alguno aunque el perfume fuese el mismo que él acostumbraba a usar. Pensé que estaba obsesionada; su muerte, a pesar de no encontrarse bien de salud, cogió por sorpresa a toda la familia que desconocíamos la dolencia cardiaca que papá padecía y no había confesado. El ataque le sobrevino estando de viaje y el día que debía regresar llegó el avión, pero no él. Desde el aeropuerto le ingresaron en una clínica sin posibilidad de traslado. Descansa donde él quería, en un lugar bañado por el Mediterráneo que amaba y en el que había sido feliz. Al entrar en casa mi hermana olfateó y dijo: ¿Has notado que papá está aquí? FIN
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BREVE ABRAZO Cada verano vuelvo, recorro la playa donde la conocí; peregrino por las calles que transitamos escudriñando cada rincón silente y umbrío, testigo de nuestros abrazos y acabo aprisionado entre el recuerdo y la frustración, derrotado en la anodina habitación del hotel. Los amores efímeros, pero intensos, dejan tanta huella… El nuestro duró apenas un suspiro; lo llenamos con silencios elocuentes, ¿para qué hablar? Los sentidos y el latente deseo lo hacían por nosotros, inmersos en una loca embriaguez de besos y caricias urgentes, tanto que padezco resaca inacabable, una sed que no se sacia jamás. Ni siquiera otros labios, otros brazos consiguen hacerme olvidar aquellos, dulces y posesivos a la vez. A veces dudo de que el romance fuese tan idílico como lo atesoro, pero el tiempo, inefable escultor, cincela con mano experta las aristas y él es quién, en definitiva, eterniza el espejismo. O quizá es que los sueños son el alimento de la realidad, por eso me resisto a despertar. FIN
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JOHNNY COGIÓ SU FUSIL Algunos lloran; el rugido de los Boeing C-17 solapa los supiros de los familiares que los rodean, apurando los últimos minutos. Madres y novias, a pesar de las lágrimas y de las oraciones mudas, intentan sonreir; los acarician, los besan, dicen que están guapísimos con el uniforme y se esfuerzan por ahuyentar la punzante imagen de esa bandera doblada como un acerico. Los adolescentes, silenciosos, sueñan aventuras heroícas. Los padre les palméan la espalda y proclaman el orgullo que siente por su patriotismo, su valor, aunque, de inmediato, aseguran que el presidente pronto ordenará la retirada de las tropas; íntimamente también lloran, también rezan para que cumpla su palabra. FIN
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INTRANSIGENCIA Relleno folios por no vaciar el cargador delante del primero que se me presente… dadme tinta, un asesino anda suelto. No estoy desquiciado, simplemente no soporto que toquen mis útiles de escribir. Colecciono libretas, bolígrafos… en la universidad todos lo saben. Prefiero prestar dinero o el coche antes que un lápiz. Hoy mi taquilla estaba descerrajada y mis más preciadas pertenencias rotas o desaparecidas. Lusy, popular y guapa oficial, rodeada de su cohorte acechaba mi reacción. Así aprenderás dijo, nadie me rechaza. Y los incondicionales corearon sus carcajadas. Se les congeló la risa cuando me volví empuñando la pistola. Mañana seré yo el más popular de la universidad y mi foto recorrerá el mundo. FIN
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KALIMBA Y Alvarito dio otro bocado, más penetrante aún que el anterior. Pero no le gustó nada nada, y seguía sin comprender porqué la niña nueva de la guardería, que tenía ese nombre tan raro, sabía salada si parecía de chocolate. FIN
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LOS INTRUSOS Supo entonces que la casa no estaba vacía. Pisadas y voces acercándose al sótano le alarmaron. Avivó a su prole, ¡escondeos y ni un ruido! Ordenó y corrió a investigar. No lo veía, pero el olfato le indicaba que pronto aparecería alguien. También que traía comida. Un haz de luz, procedente de la escalera, iluminó a un hombre. Puso algo en el suelo y salio. Le faltó tiempo para acercarse al objeto; era raro, pero el manjar que contenía se le antojó irresistible. El hambre pudo con el miedo y mordisqueó un pedacito del queso. Un chasquido alteró el silencio. Hartos de esperar a mamá, los ratoncillos hambrientos salieron de su escondrijo. FIN
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EXPLÍCITO CARMÍN Sacaba la presidente del primer cajón un espejito plateado, el lápiz de labios, y se pintaba. Lo utilizaba con una parsimonia enervante, desde la cabecera de la imponente mesa de acero de su despacho, acomodada en el asiento de cuero negro y siempre momentos antes de empezar la ronda, que acostumbraba a dar por sus dominios. El personal de la Compañía aguardábamos expectantes su aparición, el tono del carmín era el indicativo de su estado de ánimo y de las decisiones que se proponía tomar. Aquella fatídica mañana, me dijeron después mis ex compañeros, cuando hizo su aparición su boca era rosa pálido, casi transparente, subió a fucsia al pillar a un administrativo enfrascado en una partida de mus en el ordenar. Pero al entrar al cuarto de la impresora y sorprenderme haciéndole un trabajo fino y en profundidad a la telefonista, ella con la falda por la cintura y yo con los pantalones por la rodilla, el tono cambió súbitamente a morado y, de inmediato, a rojo fuego tan ardiente como nuestras mejillas y las chispas que lanzaban los ojos de la presidente. De ejecutivo con brillante porvenir he pasado a gris vendedor en unos grandes almacenes y ¡maldita sea! me han asignado a la sección de cosmética. FIN
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JUVENTUD, ¿DIVINO TESORO? ¡Imbéciles! Era la palabra más suave de mi padre; la soltaba refiriéndose a mi hermano y a mí, a la juventud en general, y continuaba hablando de sus tiempos, de la dura vida de entonces, del ahínco por abrirse camino… Jamás lográbamos complacerle; nos afeaba todo: los amigos, la moda, las diversiones, los amoríos, y especialmente el escaso provecho con los estudios; “y lo que yo me sacrifico por vosotros, desagradecidos, imbéciles. Si yo hubiera podido… Ahora, algunas veces, se pasa por el prestigioso estudio de arquitectura que compartimos mi hermano y yo; se pavonea al entrar, saluda a la recepcionista y pasea por los despachos con aires de propietario. También, algunas veces, se le escapa y nos llama “imbéciles”. Nosotros no le replicamos, y le seguimos llamando papá. FIN
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RENACER DE LAS CENIZAS La vetusta biblioteca se consumía. Luisa se recostó en la pared para soportar tanta tristeza, el espanto del fuego escapando por las cristaleras astilladas lamiendo la fachada, devorando aleros… Los muros se desmoronaban, igual que su esperanza de poder salvar algún libro. La obra que su abuelo, maestro y lector insaciable, recopiló con tanto amor, que era el orgullo de la familia, del pueblo al que la había donado, ardía sin remisión. Las lágrimas le surcaban el rostro tiznado y, aunque ya todo estaba perdido, amontonado en cenizas humeantes, no tenía fuerzas para alejarse. Sintió que una mano le tocaba en el brazo y descubrió a un niño que, tímidamente, le tendía un cuento manoseado, después fue una joven, una pareja, un anciano… Todos depositaban a sus pies libros y más libros, de historia, de aventuras, infantiles… Luisa continuaba llorando, pero sus lágrimas ahora eran de alegría y esperanza reverdecida. FIN
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MI HERMOSA HECHICERA Coloreaba en dorados la tarde otoñal. Desde algún rincón del parque llegaba el sonido de una voz hechicera. Me dejé guiar por la melodía y entonces la vi. Cantaba encarando el ocaso que dibujaba pinceladas de oro en sus rizos oscuros, en el vaporoso vestido blanco, en sus rasgos exóticos… una visión tan prodigiosa que me subyugó; cuanto más la miraba, más hermosa y misteriosa parecía. Así conocí a Kalimba, un espíritu libre que nada me prometió, pero que mientras estuvo a mi lado era como si se abriese un balcón a la vida porque a cada momento se reinventaba y cada minuto era un regalo, un renacer, un poema. Cierto amanecer, cuando llegaron las golondrinas colonizando rincones y afanándose en hacer nidos, Kalimba voló de mi vida. Los amores eternos son tan cortos…y ella estaba hecha de la materia que nutre los sueños, y los sueños se desvanecen. Ruego para que llegue el día que, al despertarme, descubra que puedo vivir sin ella; entre tanto, sobrevivo alimentado por su mágico recuerdo. FIN
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EL MIEMBRO IMPRESCINDIBLE El ambiente se puede cortar en la impresionante sala de juntas. El silencio, tan denso como la atmósfera, se rompe cuando la presidente tamborilea con la pluma dorada sobre el tablero de caoba de la mesa. Mira sin disimulo, uno por uno, las tan familiares caras de los rancios miembros del consejo. Últimamente las rencillas entre ellos son habituales; la crisis tiene la culpa, la siniestra sombra del inminente ERE planea sobre sus cabezas y la lista de los defenestrados no acaba de darse a conocer. En su fuero interno todos se consideran imprescindibles y se regodean pensando que “la china” les va a caer a otro aunque, circunspectos, guardan la compostura y se muestran tensos. Todos menos Amando, el más joven, que parece relajado, incluso divertido con la situación, como si supiese algo que los demás ignoran. A la presidente se le escapa la estilográfica y Armando se apresura a recogerla de debajo de la mesa y, de pasada, aprovecha para acariciarle los muslos entreabiertos a la mujer. FIN
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PÉTALOS MENSAJEROS Un tratado de oftalmología en braille se abre ante él. Las gafas oscuras favorecen su aspecto atractivo. Los dedos delicados recorren los puntos negros, reguero de hormigas pedagogas, silentes. Se siente observado, la mano detiene su labor lectora y alza la cara, venteando en torno; la biblioteca huele a papel, a tinta y madera antigua. Con suma cautela me acerco y dejo una flor sobre el libro. De vuelta a mi sitio acecho su reacción: roza la rosa y sonríe deleitándose con su perfume. ─ Hasta mañana, Andrés ─ me entrega el libro al despedirse y yo lo coloco en la estantería correspondiente. No comenta nada sobre el regalo. Su silencio me hace concebir esperanzas. FIN
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TODAVÍA ES POSIBLE Hace ya tiempo que aquí nadie cree en los milagros. La gran urbe desnaturaliza todo y a todos. Tanta premura por abandonar el terruño, por hacerme un sitio lejos del duro faenar del campo, ¿para qué? El oficio de descargador me rila el cuerpo y el recuerdo de Palmira me machaca el alma. Volveré rico, le dije, espérame. Me persigue el desconsuelo de su figura adolescente,la mano frágil cortando el aire lánguidamente, empequeñecida a medida que el tren se alejaba. Hoy vuelvo igual de pobre, aunque más recio. Palmira me espera, me sonríe; ese proyecto de cadera ahora es un poema y, asombrado, descubro que aún se producen prodigios. FIN
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IMPOSIBLE DE DIGERIR. La cena se enfriaba en la mesa, y el chico sin llegar. Por la ventana, el estridente ruido de un tubo de escape, le alertó. Se asomó rápida. La moto pasó veloz por la calle y se perdió dejando una estela de humo negro y el eco retumbando en la noche desapacible. Encendió el televisor para solapar el tic-tac del reloj acusador, aunque apenas prestó atención al último telediario; dudaba en si calentar la verdura o esperar a escuchar la llave en la cerradura. Cuando dieron la noticia del accidente, como una autómata tiró la comida helada a la basura. FIN
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ASÍ EN LA TIERRA COMO EN EL CIELO Anoche habló el Santo Padre, y me quedé estupefacto. Su homilía, preñada de “perdón”, “amor” y “libertad”, referida a la acción militar ejercida sobre un país tercermundista, me sobrecogió. Seguí transido de fervor la Eucaristía, que en manos del Papá adquiría carácter prodigioso, y elevé una sentida oración por los oprimidos masacrados. -Excelencia- el ministro de justicia interrumpió mi rezo-, esto urge. Me santigüé, cerré el devocionario, apagué el televisor y empuñé la estilográfica. -¿Once hoy? ¡Vaya por Dios!- me lamenté, pero firmé con pulso seguro las sentencias de muerte. -Gracias excelencia. Que descanse. -Lo haré. La conciencia limpia es el mejor somnífero. FIN
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OTRA VEZ ES PRIMAVERA No dije que lo sabía. Empecé a recelar porque ya apenas lloraba al ver las fotos del álbum o si sonaba esa melodía; era nuestra canción, decía suspirando. Lo sospeché al verla sonreír sin motivo. O cuando respondía al teléfono y, sofocada, aseguraba que era una equivocación. Tampoco me pasó desapercibido que incorporaba mínimas pinceladas de color a sus trasnochados crespones negros, ni el afán de taparse las incipientes canas, de maquillar los labios, ahora menos tensos. Hasta la casa parecía más luminosa. Por eso, cuando mi madre pronunció tímidamente aquél nombre nuevo, abrí el balcón y aspire profundamente. Ya huele a primavera, le dije, nos miramos un segundo y rompimos a reír como locas. FIN
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POR SU PROPIO PESO Hasta que decidimos volver a colgarla en la pared de la despensa, la hoja con la dieta estuvo metida en el cajón de las facturas. Aunque no la veía, saber que estaba ahí me producía ansiedad. Enmascaraba la angustia con una onza de chocolate, un bollo… Una noche, al volver del cine, sin previo acuerdo mi marido sacó martillo y clavo y yo la hoja con las recomendaciones del dietista. Todavía me ardía la cara de vergüenza al recordar cómo nos quedamos embutidos en la butaca y, al terminar la proyección, entre un amable joven y el acomodador nos desencajaron a puro tirón. FIN
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HA VUELTO EL SOL La de los días de lluvia era esa melodía romántica que tanto te gustaba, la del viejo disco que olvidaste en la repisa de tu cuarto; tenías tanta prisa por comerte el mundo… Me acostumbré a escucharla por ser tu preferida, porque todas mis horas eran grises y sosegaba mi dolor, la zozobra por saber dónde, con quién y cómo estarías. Pero el mundo casi te devora a ti, mi niña. Ahora ya ni siquiera los días borrascosos ponemos ese disco; está olvidado en el trastero, arrumbado junto a los objetos atesorados en tu adolescencia. Me abrazas, compungida, cuando te lo cuento, pero enseguida sonríes, sonreímos mientras sigues meciendo la cuna, canturreando, bajito, una nana. FIN
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UN TRABAJO BIEN HECHO Hasta siempre, Vladimir. Trabajas bien, añadí. Muy bien. Cerré la puerta, abrí el balcón y esperé. Vladimir apareció cargando brochas, latas… Levantó la vista, sonrió al descubrirme, y volví a pensar que parecía un actor cinematográfico. En la calle, las mujeres se giraban a mirarle, quizás fantaseando con lo que ocultaba el mono salpicado de gotas multicolores; una, le abordó. Él asentía sonriente, le tendió una tarjeta y continuó sin prisa. Le perdí de vista cuando el autobús se lo tragó. Mi dormitorio olía a pintura fresca. Alisé las sábanas borrando huellas acusadoras, y decidí que el salón también necesitaba un buen repaso. FIN
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RECOMPENSA -¡Imbéciles! La escena, habitual, sublevaba a Pedro. Cuatro adolescentes acosaban a David y Santi; éste, aferrado al pictograma que llevaba al cuello, miraba al vacío. El otro se mecía atrás, adelante, con las manos apretadas contra el estómago y profiriendo un quejido monocorde. -¡Tarados!- insistían carcajeándose. Consciente de que le acarrearía una sanción, Pedro tiró de freno y abrió las puertas obligando a los pendencieros a bajar del autobús. David cesó de balancearse, de emitir sonidos. Santi compuso un remedo de sonrisa; Pedro suspiró satisfecho; en un año, era la primera mueca que veía en el semblante ausente del niño. FIN
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EL ÚLTIMO PELDAÑO ¿Por qué no apagan ese pitido tan irritante? Maldito ¡piiiiiiiiiiiiiiiiiiiii! Me taladra el cerebro, los oídos. ¡Ya! Al fin ha dejado de sonar. Tengo frío. Cada vez tengo más frío. Parece que hubiese niebla, todo lo percibo borroso. Cómo va a haber niebla en una habitación… ¿Estaré soñando? Sí, eso es: un sueño. Me despertaré y Paloma estará a mi lado, dormida con un brazo sobre la frente. Qué postura tan extraña; siempre se ríe cuando se lo comento. ¡Qué triste parece Paloma! Muévete de una vez, chaval, la estás asustando. ¿Por qué no me trae una manta? Más que la chaqueta me abrigaría. A qué vienen la chaqueta, estoy en la cama. ¿Ahora corbata? Se me figura apremiante averiguar quién es la mujer de blanco que me la está anudando; una urgencia inquietante que me aterroriza. No sé cual de las dos sensaciones es más punzante: si la premura por saberlo o la certeza de saber. ¿Por qué no lo hago yo mismo, como siempre? ¿Y Paloma? A ella le gusta retocarme el nudo antes de salir de casa, después del beso de despedida. Me sacude una motita invisible de la solapa, me estira el cuello de la camisa y ajusta el nudo. Siempre lo hace. Y por qué no dejo de soñar. No tiene gracia, se está convirtiendo en una pesadilla. Ahora no veo nada, todo es oscuridad. Cada vez más impenetrable. Mas. Más. Más…. FIN
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ABRAZO PÚRPURA La mujer que sostenía el espejo sonreía complacida; a través del cristal, echó una ojeada al hombre que yacía en la cama. Le pareció repugnante, un peludo seboso, ordinario… No siempre encontraba tipos a su gusto, refinado y elegante, pero cumplían su papel sin sospechar las consecuencias del abrazo gratuito que les prometía melosa. Se desinteresó de él, del inútil espejo… Saciada, segura de sí misma, se retocó el peinado recogido en un moño alto. Se relamió los labios rojos de carmín, de sangre fresca, y salió de la habitación pisando fuerte con los tacones afilados. Aunque no tanto como sus colmillos. FIN
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DÁDIVA CELESTE La madrugada, manto de estrellas y luna clara, se diluyó sigilosa para ver renacer la luz; horas demoradas, quemadas en abrazos apasionados y besos encendidos. De aquel encuentro quedó el hermoso recuerdo y el regalo de la simiente que meses después dio un fruto rosado, tierno y dulce. Le canto bajito, muy bajito. Es el pedacito de sol que vino a iluminar mis mañanas. Un trocito de luna que alumbra mis noches. El lucero rutilante que brilla en mi casa. Por eso apenas me atrevo a levantar la voz cuando le canto una nana. Acunándole, susurro su nombre con la cara escondida entre su carne nueva. Susurro porque los astros, celosos de los cachitos que han perdido, podrían bajar a arrebatármelo. Y es mío, sólo mío. Lo quiero únicamente para mí. FIN
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EL TIEMPO ENTERRADO Bajo la primera capa de barro, aparece una imagen sorprendente. Amuro el escobón, el cobertizo puede esperar; se avecina otra tormenta. Rescato la caja y, al desenfangarla, aparece la imagen completa: un velero. El niño que era cuando la abuela me la regaló, fantaseaba con ser corsario, aventurero. Resulta sorprendente que, aún sepultada, oxidada, custodie mis añosos tesoros. Un rizo, fotos, canicas… objetos ligados a momentos especiales, a recuerdo de los que apenas guardo memoria vuelven a mí nítidos. Gento y Zarra me sonríen bajo la cera que recubre las chapas; intento un toque y los dedos artríticos protestan negándose a obedecer. -Abuelo, ¿a qué juegas? -A ser niño otra vez. FIN
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NO HAY MÁS SORDO QUE… El candidato a la reelección subió al estrado, se colocó ante los micrófonos… Y se quedó en blanco. Miró en derredor del inmenso recinto a las caras expectantes de correligionarios y periodistas, y se preguntó cómo era el discurso que llevaba semanas memorizando. Se ajustó el nudo de la corbata de seda, los puños de la camisa celeste, y comprobó que los gemelos de oro estuviesen bien ajustados. Sudando, flaqueó y se apoyó en el atril buscando ayuda en los rostros benevolentes de los afiliados, entregados, que le contemplaban expectantes. La presidenta consorte sonreía animándole; hasta le envió un beso furtivo, pero él seguía sin saber qué decir. La memoria le jugó una mala pasada y lanzó las mismas consignas de la campaña de cuatro años atrás. Habló y habló… Y salió airoso del trance. Las promesas electorales, a los incondicionales asistentes, les sonaron a novedad. FIN
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SINE DÍE Me acerco y, en la libreta negra, anoto sus nombres. Huelen a fracaso, a miedo… Sólo miro la mano que recoge el pañuelo rojo que les entrego; algunas temblorosas, otras con teatral desdén. Los apostantes rugen al verlos desfilar. La pistola, oscura y fría cual serpiente mortal, aguarda en el centro de la mesa redonda que ocupan los jugadores. A cada ¡clic! del arma le sigue un suspiro de alivio. Un murmullo de decepción. Cuando se disipa el eco del disparo fatal y del cuerpo al caer, tacho su nombre de la lista. Los ganadores, bulliciosos, se reparten los billetes manchados de sangre. Los supervivientes saludan triunfantes, pero siguen oliendo a fracaso. A miedo aplazado. FIN
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Pilar

AL MAL TIEMPO… Llueve. Y yo sin paraguas. Las prisas… Las prisas y el pataleo. Y el maldito tiempo; hacía un sol rabioso y, sin más, se lía una tormenta furibunda. Aguanto un rato frente al portal, refugiada bajo la cornisa del super. Miro a nuestras ventanas; se darán cuenta de la que está cayendo y se asomarán para buscarme. Espío esperando verlos aparecer preocupados, deseosos de perdonarme. Los padres siempre quieren perdonarnos aunque suspendamos, aunque no ordenemos la habitación, incluso si les tratamos mal y salimos vociferando, dando un portazo. Sigue la lluvia. Siguen las ventanas cerradas. Sigue el portal atrancado. Y yo… congelada. Hambrienta. Las luces del super se van apagando, el personal despidiéndose a toda prisa y queda la calle solitaria, silenciosa de voces… Sólo el ruido de las alcantarillas tragando agua sin cesar me acompaña. Yo también trago: las lágrimas frustrantes, el orgullo, y cruzo corriendo. En casa hace calor y la cena estará preparada. FIN
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Pilar

EL HOMBRE INVISIBLE Me llamo Modesto. Modesto Comillas, para servirle. Soy un hombre invisible. Invisible, sí. Me enamoré de una mujer deslumbrante, una hermosa luminaria que opacaba a cualquiera que estuviera a su lado. Yo lo estaba. Pero ella no me veía. Siempre estuve a su lado. Pasaba, y no me veía. Atendía sus más mínimos deseos y no solo no me lo agradecía, ni siquiera reparaba en quién le agasajaba. No podía culparla, eran tantos los que la adoraban… Era una diosa, la diosa de la luz, un rayo de sol en la penumbra de mi oscura existencia. Pero dolía; su indiferencia era hiriente, especialmente cuando le escribía palabras de amor y me ignoraba. Me convertí en su sombra. Daba igual que estuviese delante o detrás de mi radiante adorada. Nunca me vio, ni siquiera me sospechó. Por eso, señor juez, una noche de luna clara, apagué su radiante luz. Ahora también ella es invisible para todos. Menos para mí. FIN
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