Pilar

EXPLÍCITO CARMÍN Sacaba la presidente del primer cajón un espejito plateado, el lápiz de labios, y se pintaba. Lo utilizaba con una parsimonia enervante, desde la cabecera de la imponente mesa de acero de su despacho, acomodada en el asiento de cuero negro y siempre momentos antes de empezar la ronda, que acostumbraba a dar por sus dominios. El personal de la Compañía aguardábamos expectantes su aparición, el tono del carmín era el indicativo de su estado de ánimo y de las decisiones que se proponía tomar. Aquella fatídica mañana, me dijeron después mis ex compañeros, cuando hizo su aparición su boca era rosa pálido, casi transparente, subió a fucsia al pillar a un administrativo enfrascado en una partida de mus en el ordenar. Pero al entrar al cuarto de la impresora y sorprenderme haciéndole un trabajo fino y en profundidad a la telefonista, ella con la falda por la cintura y yo con los pantalones por la rodilla, el tono cambió súbitamente a morado y, de inmediato, a rojo fuego tan ardiente como nuestras mejillas y las chispas que lanzaban los ojos de la presidente. De ejecutivo con brillante porvenir he pasado a gris vendedor en unos grandes almacenes y ¡maldita sea! me han asignado a la sección de cosmética. FIN
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