Pilar

 

EL PRECIO DE UNA LÁGRIMA



Los hombres que a mí me enamoran, saben llorar.

Virginia lo dijo con tanta firmeza que tragué saliva y la sonrisa, que momentos antes de su inapelable aseveración afloraba a mis labios, quedó congelada. 
Ella me miraba seria, esperando mi reacción, jugueteando con un delicado pañuelo bordado con sus iniciales. Y yo no quería, ¡no podía dejarla escapar! 

La incipiente sonrisa se ensanchó, creció hasta transformarse en carcajada. Una carcajada incontrolable, casi histérica, que me llenó los ojos de lágrimas.
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Pilar


FILIAS Y FOBIAS

¡Qué bueno está este coñac! Aunque ya somos pocos los que lo apreciamos, no está de moda, en los sesenta lo desbancó el güisqui y ahora lo más de lo más es el Ging Tonic a la carta, de diseño. ¡Muy chic! Pues a mí me sigue gustando el coñac y si va acompañado de un café ya es perfecto, sobre todo en días como el de hoy, que parece que los angelitos hubieran tirado la casa por la ventana: Hace viento, llueve sin parar… Vamos, lo ideal para salir a la calle, y con paraguas.

Odio los paraguas, no me gustan, me parecen una constante fuente de disgustos; seguro que son gafes, no es la primera vez que le han saltado a alguien un ojo, aunque ahí también tiene parte de culpa el usuario, la verdad. ¡Hay que ver la gente!, cuando llueve andan despendolados; estás tan tranquila esperando, por ejemplo, a cruzar, vas tan campante con tu chubasquero y el gorro y se para alguien a tu lado con el dichoso paraguas, ¿qué sucede? Pues que te pone a escurrir, nunca mejor dicho; igual que si viajas en el metro o el autobús: entran chorreando, empapan el suelo, se acercan te dejan las piernas pingando… Ahora, en los museos, dan unas fundas estupendas para guardarlos mientras la visita, eso me encanta. 

 ¿Y cuando se pierden los dichosos paragüitas? Estoy convencida de que se escaquean a propósito para volver loco al dueño, que se estruja la sesera para recuperarlo: “¿dónde lo he olvidado? He ido al banco en un taxi, luego a comprar las botas, también a…” Y todo eso porque después de cargar con el maldito cachivache deja de llover y el “siniestro hongo protector” pasa a ser un jodido incordio. Debo reconocer que el pobre artilugio tiene su parte positiva como bastón o arma defensiva, si viene al caso. Aunque ni por esas, sigue sin convencerme; yo, de momento, no necesito ayuda para andar, me mantengo en forma con mis clases de baile, que me encanta, y lo de liarme a mamporros no va conmigo, odio las discusiones… como para pegarme con alguien.

Nada, un coñac, el café y aquí me las den todas y lo que digo: solo hay que mirar por el balcón para ver a la gente peleando contra el viento y la lluvia. Los paraguas se vuelven del revés y en lugar de parecer setas bienhechoras se convierten en artefactos peligrosos, con las varillas como garras arrastrando a las víctimas que no saben si sujetarse la ropa, el pelo, agarrarse a una farola…  en definitiva, hacen de todo menos guarecerlos del chaparrón.

¡Vamos, con lo bien que se está en casa! El sofá, la mantita, una música suave, un buen libro… ¡Ah, y otra copita!


                                                                 FIN
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