Pilar
LA PIANISTA

Me paso la tarde con la mirada enredada en el balcón de mí vecina, trepando por los visillos entornados para terminar prendida en su espalda. Se inclina sobre el piano y la tensión que imprime a la interpretación se refleja en sus hombros, sus brazos.
Pongo un disco de polonesas y nocturnos de Chopin y me imagino que ella lo interpreta para mí. Por un girón de las nubes, desafiando a la lluvia mansa, se cuela un rayo de sol que ilumina su cabello plateado.
Desde que quedó viuda ha empezado a dar clases; para entretenerse y sacar unas pesetas, me cuenta nuestra charlatana portera.
Sus pupilos son todos niños; los observo aporrear las teclas y a ella corregirlos, marcarles el compás, mostrarles las notas con un paciencia infinita.
Me reconcomo de envidia. ¿Aceptará a un solterón tímido, amante de la música? Quizá mañana me decida a cruzar el rellano.
                                                   
                                                                FIN

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Pilar

 Fotografía original de Michele Cohen



                                               LOS DÍAS BRUMOSOS
Son muchos los días que no puedo con mi vida, especialmente los que, como hoy, amanecen brumosos, con girones de niebla enredados entre los árboles otoñales. Es duro estar solo; los recuerdos acompañan, sí, pero tras el agrado de rememorar un suceso o un encuentro viene la nostalgia, el dolor de saber que ya nada de eso volverá a suceder, que esas personas, los seres queridos, ya no están. Quedo yo, yo solo; bueno, están las chicas, pero ellas tienen su vida, sus obligaciones, su casa… 
¡Qué razón tenía Amelia!, parece que la estoy oyendo: “Fernando, ven a la cocina y mira cómo hago esto. Guarda los recibos del banco en su carpeta, ahí, en el segundo cajón.  Entérate un poco porque si no, el día que yo llegué a faltar…”
Anda, anda, le replicaba yo, seguro que me entierras, si te saco una pila de años y estás como una rosa. Se me fue de la noche a la mañana, sin tiempo para nada y me encontré sin saber qué hacer con mi vida. Tanto como yo había despotricado de mis yernos; no, a mis hijas no les decía nada, pero con Amelia me despachaba: serán muy buenos, pero son unos calzonazos, si solo les falta parir, porque el resto lo hacen todo en la casa.
Como siempre, ella tenía razón y ahora mejor me iría. La asistenta una vez a la semana me soluciona la limpieza y la ropa, pero los papeles, las facturas… Lo bien que me vendría ahora saber guisarme unas lentejitas, por ejemplo, en lugar de comerme unas de bote. Aunque, a estas alturas, ya no tengo gusto por nada, ni alicientes, ¡qué hago ya en este mundo! No sirvo más que para dar incumbencias, cuando no tengo que ir al médico es hacer alguna gestión, o compras y me siento inútil, yo que en mi trabajo fui un líder que no se me ponía nada por delante y ahora me ahogo en un charco. Cualquier día tiró por la calle de en medio y se acabó, un problema menos para mis hijas.
Vaya, ahora parece que quiere abrir el día; mi Amelia lo decía: mañanita de niebla, tarde de paseo, y que agradable está el parque, con los árboles que parece que los han bañado con miel, tan brillantes y dorados; sería bueno salir a dar una vuelta esta tarde, pero ¿adónde voy yo solo? A sentarme en un banco con otros viejos que nada más hablan de enfermedades, de lo mal que está todo… ¡Menudo plan!
Y ahora el teléfono; será uno de esos plastas que quieren venderme algo, porque otra cosa…
Abuelo, que dice mami que si me puedes recoger esta tarde en el cole, que ella no puede y papá está de viaje. Podíamos ir al parque, a los columpios hasta que venga mamá a buscarme, porfa, abu…
Vaya, parece que definitivamente hoy habrá sol.

                                                                 FIN
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La calle aún duerme. El camión, despacio, asoma por una esquina, como un ladrón, el ladrón que viene a robarle ilusiones y fotogramas a la historia del barrio.

Con jadeos de viejo asmático aparca frente al local. Los operarios empuñan sus despiadadas herramientas. Al primer mazazo Fermín siente una punzada dolorosa, incapaz de asistir impasible al derribo del cine. Su cine.

Se viste el deslucido uniforme, baja a la calle y se cuela en la sala por la puerta trasera.

Rememora emocionado la inauguración, en 1954: “Proyectaron Peter Pan y Jeromín; allí estábamos la chiquillería del vecindario para conseguir una entrada en la sesión de las cuatro. Íbamos repeinados, con ropa de domingo. En los bolsillos dos reales de pipas; en la mano la merienda liada en papel de estraza.

El cine me cautivó. Empecé vendiendo en los descansos: ¡Bombón helado, caramelos, chicle americano! Después ascendí a acomodador. He llorado, reído, sufrido y alegrado con cada película y, sin sentir, me sorprendieron las canas.”

El martilleo le trae a la realidad, le arranca lágrimas. Los cascotes caen sin compasión; la pantalla se resquebraja, se blanquean las butacas de terciopelo verde… el uniforme que Fermín viste por última vez.


                                                                  THE END

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EL PRECIO DE UNA LÁGRIMA



Los hombres que a mí me enamoran, saben llorar.

Virginia lo dijo con tanta firmeza que tragué saliva y la sonrisa, que momentos antes de su inapelable aseveración afloraba a mis labios, quedó congelada. 
Ella me miraba seria, esperando mi reacción, jugueteando con un delicado pañuelo bordado con sus iniciales. Y yo no quería, ¡no podía dejarla escapar! 

La incipiente sonrisa se ensanchó, creció hasta transformarse en carcajada. Una carcajada incontrolable, casi histérica, que me llenó los ojos de lágrimas.
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FILIAS Y FOBIAS

¡Qué bueno está este coñac! Aunque ya somos pocos los que lo apreciamos, no está de moda, en los sesenta lo desbancó el güisqui y ahora lo más de lo más es el Ging Tonic a la carta, de diseño. ¡Muy chic! Pues a mí me sigue gustando el coñac y si va acompañado de un café ya es perfecto, sobre todo en días como el de hoy, que parece que los angelitos hubieran tirado la casa por la ventana: Hace viento, llueve sin parar… Vamos, lo ideal para salir a la calle, y con paraguas.

Odio los paraguas, no me gustan, me parecen una constante fuente de disgustos; seguro que son gafes, no es la primera vez que le han saltado a alguien un ojo, aunque ahí también tiene parte de culpa el usuario, la verdad. ¡Hay que ver la gente!, cuando llueve andan despendolados; estás tan tranquila esperando, por ejemplo, a cruzar, vas tan campante con tu chubasquero y el gorro y se para alguien a tu lado con el dichoso paraguas, ¿qué sucede? Pues que te pone a escurrir, nunca mejor dicho; igual que si viajas en el metro o el autobús: entran chorreando, empapan el suelo, se acercan te dejan las piernas pingando… Ahora, en los museos, dan unas fundas estupendas para guardarlos mientras la visita, eso me encanta. 

 ¿Y cuando se pierden los dichosos paragüitas? Estoy convencida de que se escaquean a propósito para volver loco al dueño, que se estruja la sesera para recuperarlo: “¿dónde lo he olvidado? He ido al banco en un taxi, luego a comprar las botas, también a…” Y todo eso porque después de cargar con el maldito cachivache deja de llover y el “siniestro hongo protector” pasa a ser un jodido incordio. Debo reconocer que el pobre artilugio tiene su parte positiva como bastón o arma defensiva, si viene al caso. Aunque ni por esas, sigue sin convencerme; yo, de momento, no necesito ayuda para andar, me mantengo en forma con mis clases de baile, que me encanta, y lo de liarme a mamporros no va conmigo, odio las discusiones… como para pegarme con alguien.

Nada, un coñac, el café y aquí me las den todas y lo que digo: solo hay que mirar por el balcón para ver a la gente peleando contra el viento y la lluvia. Los paraguas se vuelven del revés y en lugar de parecer setas bienhechoras se convierten en artefactos peligrosos, con las varillas como garras arrastrando a las víctimas que no saben si sujetarse la ropa, el pelo, agarrarse a una farola…  en definitiva, hacen de todo menos guarecerlos del chaparrón.

¡Vamos, con lo bien que se está en casa! El sofá, la mantita, una música suave, un buen libro… ¡Ah, y otra copita!


                                                                 FIN
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SOÑAR-VIVIR

Siempre he sido previsora, excesivamente sensata y bastante miedosa, aunque no me refiero a las típicas situaciones  que  asustan: la oscuridad, las tormentas, los fantasmas… No. No son esos mis temores sino las circunstancias más mundanas que afectan a mi entorno: conflictos familiares, problemas laborales, económicos…  Le doy vueltas y más vueltas a los “Y si… “

Curiosamente la mayoría de las cosas que me han quitado el sueño jamás han sucedido y de repente algo en lo que nunca he pensado ha venido a trastocar mi mundo de solterona con un buen pasar.  He conocido a Lorenzo;  ahora no quiero más que vivir el momento y soñar despierta.

FIN
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