Pilar

LA CAJA DE LÁPICES

Menuda bobada de regalo. Claro que, viniendo de tu hermana, no me extraña nada.-Pues a mí me parece muy divertido, y original.-¡Querrás decir extravagante!Ana asistía indiferente a la conversación de sus padres; jugueteando con el tenedor, dibujaba surcos en el lenguado sin decidirse a probarlo.-Hija, deja de enredar y termina la cena. ¿Qué piensas, sembrar el hambre y esperar a que crezca?- le reconvino el padre- Eso es lo que tienes que hacer: crecer, y el pescado es fundamental en la dieta, además está buenísimo. Anda, cómetelo que se enfría. Y volviendo al regalito, ¿para qué se supone que sirven unos lápices de algodón?La madre se encogió de hombros sin ánimos para seguir con el tema, sabía que nada de lo dijese le convencería.-Para dibujar cosas blandas, mullidas, suaves...- aclaró Ana con la suficiencia que le aportaban sus ocho años- Y sólo escriben palabras bonitas y tiernas; lo dice la tía. Son mágicos y por eso los fabrican en La India.-Claro, claro... eso lo explica todo. ¡Muy lógico! Lo que digo, tu hermana está como una cabra y, para colmo, le mete a la niña ideas raras en la cabeza. ¡Como si nuestra hija necesitase que le aviven la imaginación! Ya se basta y se sobra ella solita.-Bueno, déjalo ya, por favor. Total... sólo es una caja de pinturas; no hay que darle tantas vueltas ni más importancia.Encerrada en su dormitorio Ana repasaba los lápices esponjosos y flexibles: azul, amarillo, rojo, blanco...-¡Menuda cena! El pescado que no me gusta nada, y encima papá... ¡qué pesado! ¿Qué pasaría si me dibujo un postre?- se relamió sólo de pensarlo- Sí, uno de esos que llevan de todo como los de las vacaciones. Los que ponían en el hotel... ¡Uuuh, eran guay!Con la boca hecha agua empezó a perfilar una copa, pero no se plasmaba. No se desanimó y pintó la nata, las bolas de helado de fresa, limón, chocolate... Esas sí se configuraron y se apresuró a chupetearlas antes de que se escurriesen del papel.Su alegría no tuvo límites, lo celebró saltando en la cama, riéndose de la cara que pondría papá cuando se lo contara, y se durmió pensando en todas las cosas fantásticas que podría pintar.En días sucesivos fue materializando dibujos de lo más variopintos: un conejito blanco al que se le olvidó pintar una oreja, un pato amarillo y un gatito atigrado; no cayó en la cuenta de que, al tener ternillas en lugar de huesos, no se sostenían bien. Los eliminó con el borrador de algodón y volvió a hacerlos, está vez diminutos, para que pesasen menos. Las mariposas y libélulas sí fueron un éxito desde el primer intento, revoloteaban en derredor de la lámpara luciendo colores preciosos. Pero lo mejor fueron las chuches: montañas de gominolas, chicles, algodón de azúcar rosa y helados, ¡montones de helados!Cuando salía de su dormitorio tenía buen cuidado en esconderlo todo para que mamá no lo descubriese. Había decidido no contarles nada. Los mayores no entienden de magia, se dijo con tristeza.-¿Dónde lo pinto? El papel es pequeño. ¿Y si junto muchas hojas? No vale... Tiene que ser algo más grande- Ana, con el ceño fruncido y mordisqueándose una uña, cavilaba para encontrar la solución a su última y más fantasiosa idea- ¡Ya sé! Sábanas. Es justo lo que necesito, muchas sábanas.Dicho y hecho: entró a saco en el armario de la ropa blanca y, para que no la pillasen con el botín, lo escondió bajo la bata y corrió a encerrarse en su habitación.-Ana, ¡vamos, levántate!- alertaba la mamá acercándose por el pasillo- Nena, hoy se te han pegado las sábanas. Arriba dormilona, que llegas tarde al cole.Pero la niña no contestó con la cantinela de los otros días: “cinco minutos más, ¡mami, porfa!”A Ana le despertó de golpe el ruido de la persiana al abrirse, seguido del grito de su madre, y no supo sí reírse o ponerse a llorar al ser descubierta, al verla apoyada en el armario con expresión de espanto sin saber a dónde mirar, si a los animalillos en miniatura que campaban por el dormitorio o al muñeco de nieve; ya estaba medio derretido, formando un charco lechoso que empapaba los cuadrados de césped que alfombraban el suelo.La madre volvió a gritar espantada; no daba crédito al ver las enormes bolsas de golosinas y de bombones, los flanes que había junto a la gelatina de limón y asomaban por los cajones de la mesilla. Pero lo que definitivamente le enmudeció fue descubrir a su hija acostada en una enorme nube azul, que flotaba suspendida por cuatro gigantescos globos multicolores, y arropada por montones de plumas y pétalos de flores.Ana se sentó con tanto ímpetu en su algodonosa cama, que provocó una inoportuna lluvia; de inmediato empapó a su mamá que la miraba boquiabierta, con los ojos como platos.La nube se iba haciendo más y más pequeña a medida que descargaba. La niña no se daba ni cuenta, estaba extasiada contemplando a su madre; le pareció que nunca estuvo tan guapa como en ese momento: teñida de celeste, con el pelo coronado de hojas de rosa y plumón de cisne. Las dos ranitas verdes que se le quedaron prendidas en la pechera del camisón parecían un adorno exótico, de La India.
FIN

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2 Responses
  1. Anónimo Says:

    Me gustan todos los relatos que has colgado, pero siento una especial debilidad por esa maravillosa niña de los lápices de algodón, qué cuento tan tierno y colorido!


  2. Anónimo Says:

    ¡Es fantástico! Me encantó SOBREMANERA
    ¡La imaginación al poder!
    Un abrazo