Pilar



TRES PARES DE OJOS Y UNA CRISTALERA
I
Juan agradecía las felicitaciones que, entre sonrisas y abrazos, le deseaban unos y otros. No quería desairar a su hija que con tanto esmero había preparado la celebración de su setenta cumpleaños, aunque habría preferido que pasase sin tanto fasto.
Este restaurante en las afueras, con esa cristalera... se sentía como en un escaparate, expuesto a las miradas de todos.
En la residencia sus partiditas, las charlas con los compañeros, la vida tranquila, cubrían con creces sus aspiraciones actuales. Al principio le costó acostumbrarse; su familia era una piña, siempre junta. Ahora cada vez se mostraba más reacio a las reuniones familiares. No porque ya no le agradasen; le encantaba estar con su gente más que cualquier otra cosa. No, el motivo era otro. Esos lapsos intermitentes, pero cada vez más frecuentes, le empezaban a condicionar. No quería que sus hijos lo notasen.
Quedarse con la ficha de dominó en suspenso sin saber qué hacer con ella, ponerse la ropa y no recordar cómo abrocharla. ¿Y las gafas? ¡Malditas gafas!, ni llevándolas colgadas era capaz de dar con ellas. Anteayer, durante su habitual paseo, se despistó y tardó dos horas en volver a la residencia. Un trecho que se recorre en veinte minutos escasos. ¡Terrible! Conocía los síntomas; muchos de los residentes habían empezado así. Y lo más chocante era que exteriormente estaba de maravilla, ni siquiera tenía alta la tensión. Esas enfermedades degenerativas son como una bomba de neutrones, las fachadas quedan intactas pero el interior... Cuando llega ya no eres persona. No cuando se pierde la facultad para comunicarse, la comprensión... No quería eso para él, ni tampoco que sus hijos se viesen obligados a soportarlo. A fin de cuentas él no se enteraría de nada, pero ellos... Pensar que algún día tuviesen que verle en semejante estado de deterioro, le horrorizaba.
-Papá, sopla ya. ¿En qué piensas? Las velas se consumen.
-¡Que chica tan guapa! ¿Cómo te llamas?
-¡Papá! Siempre con tus bromas. Eres tremendo: genio y figura...
-Hija, qué fiesta tan bonita. Muchas gracias. ¿Soplo ya?
Juan desenvolvió regalos, brindó y se quedó con la copa alzada en el aire, sin saber qué hacer con ella. Con una interrogación dibujada en la cara miraba ora la bebida, ora en derredor. De repente pensó que toda esa gente que sonreía le era ajena. No lograba descifrar los sonidos que emitían. Se esforzó en desentrañar aquel galimatías sin lograrlo.
¿Y quién es esa niña con la nariz pegada a la cristalera? Acaso... Puede que sea… ¿Cómo se llamaba?
El beso de su hija le hizo reentrar a la fiesta.
II
Toñi, con la nariz aplastada contra el cristal, miraba la celebración con ojos codiciosos.
No eran los regalos ni la tarta lo que envidiaba. A fuerza de carecer de todo, no echaba en falta nada material. Lo que verdaderamente ansiaba era la gente: queriéndose, abrazándose unos a otros. Ese calor humano a ella, como tantas otras cosas, le estaba vedado. A lo largo de sus raquíticos once años, no guardaba recuerdo de una caricia, un abrazo...
Su padre se evaporó; su madre cuando no estaba colocada, andaba buscando cómo colocarse. En el poblado marginal donde sobrevivía, cada cual se buscaba la vida a su manera. Allí no quedaba tiempo para sensiblerías, todos tiraban como buenamente podían. Toñi lo sabía; aún así no dejaba de sentir esa necesidad de afecto.
Tal era el motivo por el que se acercaba cada domingo hasta el restaurante. Por eso miraba durante horas a través de la cristalera. Se imaginaba a sí misma siendo objeto de atención, agasajada, obsequiada... Hoy, por ejemplo, soñaba con que ese señor que parecía distraído podría ser su abuelo; aquella mujer que ahora besaba a una niña, su madre. ¡Sería estupendo pertenecer a alguien!
El que podría ser su abuelo la miraba fijamente, como intrigado. La mujer se acercó a él y le besó. Sonriente le decía algo, pero él no parecía hacerle caso; continuaba sin apartar la vista de Toñi que, intimidada, se apartó presurosa de la vidriera.
Desde el banco, frente al comedor, la pequeña continuó escudriñando la escena; no quería perder detalle: colocaban paquetes con grandes lazos encima de la mesa, alzaban las copas, reían.
Toñi no dejaba de observar al abuelo, volvía a estar distraído de la fiesta y de nuevo la miraba fijamente. No me ve, pensó. Siempre es igual, me miran pero no reparan en mí. Nadie se da cuenta de que existo.
-Nena- Toñi se sobresaltó al ver a su lado a la mujer que momentos antes besaba al anciano- Ese señor te manda un trozo de tarta y un refresco. Es su cumpleaños.
La cría, con la cabeza encogida entre los hombros, permaneció inmóvil. No se atrevía a aceptarlo, ni siquiera se lo podía creer.
-¡Vamos, no te dé vergüenza!- dejó las viandas sobre el banco- ¡Está muy rica! Anda pequeña, come un poco.
Tenía una voz muy amable, le dedicó una sonrisa al tiempo que le acariciaba el pelo enmarañado, y se alejó.
Toñi suspiró satisfecha, la caricia le supo más dulce que el pastel.
Un suave roce le cosquilleó en las piernas.
-¡Hola gatito!
III
Gatito merodeaba habitualmente por el restaurante. Prácticamente vivía entre las cajas de botellas que se amontonaban en la parte trasera del edificio. No era un mal refugio; llevaba años en él, desde que era tan sólo una bola de pelos ralos y negros.
Lo abandonaron metido en una caja. Uno de los camareros se apiadó de sus ojitos legañosos y sus maullidos lastimeros y lo crió con platitos de leche y galletas desmigajadas.
En ocasiones hacía incursiones por los alrededores, pero siempre volvía. Le gustaba el ajetreo, el ir y venir de gente... Como hoy, por ejemplo.
Atraído por su fino olfato, se acercó a una persona que, sentada en un banco del jardín, comía algo. Nunca le faltaba comida, pero esto olía de un modo especial. Parecía apetecible.
-¡Hola gatito!- dijo una vocecita.
Escapó a la carrera. Atrincherado detrás de un árbol se agazapó asustado. Esperó receloso, nadie le perseguía.
Se acercó con cautela a la vidriera. Al otro lado se movía gente y se escuchaban risas. Ladeando la cabeza tensó las orejas, pendiente de los ruidos, alerta por sí tenía que volver a huir.
Unas niñas se acercaron a verle. Haciendo gestos y cucamonas golpeaban el cristal para llamar su atención. Gatito se restregó contra el vidrio arqueando el lomo; lo arañaba intentando en vano traspasarlo, maullando zalamero para atraer a las pequeñas. Le habría gustado que le acariciasen; le encantaba que le rascasen, sobre todo detrás de las orejas. Hacía tiempo que nadie lo hacía. Había dejado de ser pequeño y con ello perdió parte de su gracia. Estaba algo despeluchado, incluso lucía varias calvas como medallas ganadas en múltiples contiendas perdidas.
Una mujer se acercó a una niña y la besó, también a un hombre. Gatito envidió el afecto que se desprendía de esos gestos.
-Ven gatito- le llamó la vocecita del banco- Toma, come un poco. ¡Está muy rico!
Se acercó despacito, cauteloso, olfateando el vacío. No le iba a hacer daño, podía sentirlo. Tenía un instinto innato que le hacía conocer ciertas cosas.
Olisqueó a la chiquilla. Captó su desamparo, su carencia de todo y se frotó mimoso contra las escuálidas piernecillas. Relamió, goloso, los restos del plato hasta dejarlo reluciente. Mientras se aseaba los bigotes, una manita le acarició el lomo y le rascó las orejas. Se estiró ronroneando feliz; El contacto le pareció más grato que la comida.
FIN