Pilar
DE PATITAS EN LA CALLE Mi situación es desesperada. Llevo ya dos días en la calle y nadie se ha interesado por mí. Bueno, no es del todo cierto; Blasa, la portera, al verme junto al contenedor de basura rodeada de enseres desechados, estuvo inspeccionándome, tentando el asiento para comprobar si era firme, zarandeándome para ver en qué estado se encontraban mis patas torneadas… ¡Bah! Mucho tocar, mucho mirar para, al final, dejarme. Hablo y hablo y no me he presentado: soy una silla. Antes de seguir aclararé que, aunque soy un objeto, no debe extrañar que tenga sentimientos y pueda expresarme. En los cuentos vale todo por obra y gracia del autor. Una pulga con pantalón de pana, un espejo mágico o un perro con el ojo de cristal, por ejemplo, son protagonistas de ficción y he tenido la oportunidad de escuchar sus aventuras en relatos. Y dicho esto, continúo con la presentación. Decía que soy una silla clásica, de roble, forrada en satén granate. Es mi última tapicería y la encargó Luís, mi dueño; mejor dicho, el que lo era hasta anteayer que me puso de patitas en la calle. Le dolió, no quería desprenderse de mí, pero Natalia, su pareja, fue tajante: esto es un trasto viejo, fuera, no combina con nada de la nueva decoración. Y es que Natalia se viene a vivir con Luís y esta dándole la vuelta a la casa; todo tiene que ser supermoderno, minimalista… pobres muebles, da frío sólo de verlos tan lisos y simplones. En fin, es su gusto, pero conozco el de él y no parece muy conforme por eso le hizo los cargos defendiéndome: -Nena, ¿qué te estorba? A mi me gusta. La traje de casa de mis padres cuando me independice, precisamente porque tengo muy buenos recuerdos de ella. De pequeño me gustaba esconderme debajo a comer chocolate o si hacía alguna travesura. La usaba como coche y tren. Si jugaba a la guerra era la trinchera, la tienda de campaña cuando se trataba de fingir que estaba de excursión… Mientras se lo decía le brillaban los ojos igual que de chiquitín y me acariciaba el respaldo. No sirvió de nada, tampoco cuando intentó, como último recurso, pactar con ella. -Si te traes al gato, que tragaría con él por lo que le quieres y aunque sabes perfectamente que me da alergia, la silla se queda. No sé lo que pasaría después, porque se encerraron en el dormitorio y yo estaba en el despacho, pero puedo suponerlo pues al día siguiente Luís me bajaba a la calle, y nos cruzamos con Natalia que subía con el gato en un cesto. No se lo reprocho, aunque me duela, el amor tiene más fuerza que los recuerdos de infancia. Y aquí estoy, esperando a que pase el camión del Ayuntamiento para terminar hecha astillas y cenizas. ¡Qué se va a hacer! El destino de los objetos es ése: servir a sus dueños, y yo he cumplido. Me porté bien con los abuelos de Luís, que fueron quienes me adquirieron, y eso que la abuela era un rato gorda. Luego pasé a ser de sus padres, y la madre también estaba entradita en carnes, no como Natalia, que en cualquier momento se puede quebrar de puro flaca. El caso es que resistí los kilos y el paso del tiempo dignamente, y bien puedo terminar mis días satisfecha por el deber cumplido. Se hace de noche y el camión no aparece, ¿será posible? Otra velada a la intemperie, soportando la espera, el frío… -Buenas noches, don Guillermo, ¿qué, a sacar la basura? -Pues sí, Blasa, a eso voy. -¿Ha visto?, la acera está a rebosar, hoy toca el camión de recogida de muebles. Fíjese que silla tan maja. Usted que es tan manitas, la podía aprovechar. Es una lástima que la tiren porque es recia y antigua, menuda madera tiene. Escuchando la conversación entre la portera y ese vecino siento un atisbo de esperanza, aunque prefiero no hacerme ilusiones. El don Guillermo este me parece interesante, con pinta de bohemio. Ha echado la bolsa en el contenedor y se me acerca. Me mira. Me toca acariciando con suavidad la madera pulida, el satén brillante… Se aleja, entra al portal y se despide de Blasa, que aún se entretiene un momento en repasar unos dedos marcados en el cristal. Vuelvo a quedarme sola, rodeada de enseres desechados, como yo. El camión de la recogida está cerca, en la esquina de arriba; se oye cómo van apilando los trastos, el portón que se cierra y vuelve a arrancar. La luz del portal se enciende y... Guillermo me ha pintado de color blanco satinado, y retapizado con una tela de dibujos geométricos en negro. Estoy encantada en mi nuevo hogar, curiosamente justo en el piso de abajo del anterior. Me ha colocado en su dormitorio, muy bonito, estilo zen. Me siento útil de nuevo y remozada, pero cuando escucho en el techo las pisadas de Luís siento nostalgia; me consuelo rememorando los ratos agradables que pasamos juntos. Eso nadie me lo podrá quitar. ¡Ah! Me olvidaba del autor que ha contado mi historia; es hermoso que alguien nos de la oportunidad de expresarnos, aunque seamos objetos. Gracias, Pilar. FIN
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4 Responses
  1. Me gusta el final de esta historia, descorazonadora como la vida misma, pero con su chispa de esperanza para todos los que se sienten desechados, y no hace falta que sean sillas ni mesas. Siempre hay algún Guillermo...


  2. Graziela Says:

    Un cuento muy tierno.La silla melancólica y triste resulta conmovedora y el final es muy original.Empiezas bien el año. My bien Ángela!!!


  3. ARVIKIS Says:

    Es bueno desprenderse de las cosas materiales, el apego a la materia de curso legal condiciona mucho nuestro transito terrenal, solo hace falta ver este protectorado Europeo lleno de chorizos llamado Spain.


  4. Cruz Cartas Says:

    Compi, aprovecho que la pereza me ha abandonado un rato para decirte una vez más que me encantan tus relatos y tus micros. La silla, como la vida misma, hecha de abandonos y reencuentros. Felicidades¡¡