Pilar

PASEN Y VEAN Se dibuja una sonrisa mellada en el rostro del viejo al escuchar el alboroto de los chiquillos que, impacientes, aguardan su turno para entrar. La calle huele a palomitas, algodón de azúcar y patatas fritas, que padres y abuelos se afanan en adquirir para sus pequeños antes de que comience la sesión de tarde. Siempre es igual, piensa el viejo, nada cambia en el prodigioso mundo del circo; cambiamos las personas, demasiadas he visto pasar bajo esta carpa. Nunca olvidaré la primera vez que lo hice de la mano de mi hermano; era 1953 y yo un chaval, pero me embobó la música, las luces, el olor a serrín mezclado con el de los animales… Me las ingenié para volver más veces y siempre me fascinaba lo que veía; decidí que algún día yo formaría parte de la familia circense. En mi casa no entendían ese afán mío pues tenían otros planes para mí: seguir los pasos de mi progenitor en la sastrería que anteriormente regentase mi abuelo. Pretendieron hacerme desistir en repetidas ocasiones; no lo lograron. Empecé limpiando las jaulas de los monos y los perritos amaestrados y, entretanto, aprendía acrobacias en la cuerda floja, malabares e incluso me atreví con la música maltratando un sufrido acordeón. Así fueron mis comienzos, aunque mi debut lo hice con otro número y debido a la casualidad: uno de los payasos sufrió un accidente, una caída con tan mala fortuna que le ocasionó una fisura de pelvis. Obligado a guardar reposo algo más de un mes, su papel, me lo encomendaron a mí. Me gustó la experiencia. Escuchar las risas del público, recibir aplausos fue maravilloso, y más aún sentir que mis compañeros me apoyaban; era mi sueño hecho realidad. El circo me lo ha dado todo; me casé con la hermana del ilusionista, que le ayudaba en los trucos; tenemos dos hijos que han heredado nuestro amor por el espectáculo: son trapecista y ya nos han dado un nieto que quiere ser domador. Y así se me ha pasado la vida; ya no actúo pero vengo todos los días y hago lo que sea menester: vender entradas, acomodar al público o, sencillamente, me siento y disfruto con el trabajo de los artistas. Pero lo que de verdad de verdad me produce más satisfacción es vestirme el viejo traje de payaso, saludar a los asistentes y contemplar los rostros expectantes de pequeños y mayores ¡Pasen y vean el prodigioso mundo del circo! ¡El espectáculo va a comenzar! Anuncio haciendo grandes aspavientos, y soy feliz FIN
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2 Responses
  1. Ángela Says:

    Lo importante en esta vida es ser feliz y si para eso te tienes que vestir de payaso, pues estupendo. Bonito relato que me ha hecho recordar las visitas al circo con papá.


  2. ARVIKIS Says:

    No hay nada como ser feliz con lo que se hace. El mundo del circo siempre nos trae magia y recuerdos, aunque a veces saturados de nostalgia. Bonito.
    Javier