EL RECLAMO
Aquellas manos que desde la distancia me hacían señas, de repente quedaron quietas. Deseaba con frenesí poder acariciar aquel cuerpo escultural, olerlo, sentir su carne que intuía prieta y sedosa. Crucé la calle olvidándome del tráfico, de las advertencias de los bienintencionados que me prevenían contra el peligro de morir atropellado. Solo tenía ojos para la bella seductora; a punto de alcanzarla, de nuevo me provocó; danzaba, se contorsionaba incitante y fascinadora al son de una música cadenciosa que me llegaba debilitada por el fragor callejero. Tan ensimismado en la visión iba, que choqué contra el cristal tras el que se hallaba la diosa. Trastabillé hasta quedar despatarrado en la acera, pero ella no se inmutó e insistió en los gestos, en las mismas señas que antes me hiciese.
Entonces me fijé en el cartel: “Mírame y no me toques. Pon un holograma en tu vida”.
FIN
EL RECLAMO
Aquellas manos que desde la distancia me hacían señas, de repente quedaron quietas. Deseaba con frenesí poder acariciar aquel cuerpo escultural, olerlo, sentir su carne que intuía prieta y sedosa. Crucé la calle olvidándome del tráfico, de las advertencias de los bienintencionados que me prevenían contra el peligro de morir atropellado. Solo tenía ojos para la bella seductora; a punto de alcanzarla, de nuevo me provocó; danzaba, se contorsionaba incitante y fascinadora al son de una música cadenciosa que me llegaba debilitada por el fragor callejero. Tan ensimismado en la visión iba, que choqué contra el cristal tras el que se hallaba la diosa. Trastabillé hasta quedar despatarrado en la acera, pero ella no se inmutó e insistió en los gestos, en las mismas señas que antes me hiciese.
Entonces me fijé en el cartel: “Mírame y no me toques. Pon un holograma en tu vida”.
FIN
SIN PIES NI CABEZA
Como no podía ser menos la invitación era tan extravagante como el anfitrión, y no me refiero únicamente a las ilustraciones gore: vísceras, sangre… lo típico; lo realmente estrafalario era el lema de la convocatoria a la fiesta de disfraces: Sin pies ni cabeza. ¿Y cómo coño se apaña alguien un disfraz con esa premisa? Me rompí la sesera ideando algo que pareciera una ameba, una estrella de mar un huevo, una nube o una ostra, por supuesto con concha y perla que siempre me ha gustado lucir glamuroso.
Lo de la cabeza era más sencillo de resolver, venden unos ropones en las tiendas especializadas, pero los pies… con cualquiera de ellos tendría que ir arrastrándome, flotar o rodar y no estaba dispuesto a humillarme de ese modo frente al chiflado de mi amigo. Después de darle muchas vueltas encontré la solución: recurrí a mi amigo Alfredo. Es un artista, se dedica a fabricar máscaras, ropa y caracterizaciones de efectos especiales para el cine; tiene cantidad de ideas y la que me propuso me pareció genial, complicado de llevar a cabo, pero Alfredo puso a mi disposición todos los medios técnicos y humanos que precisaba. La verdad es que la noche iba a resultarme un tanto incómoda dadas las características del disfraz y me estaba costando un dineral, aunque con tal de dejar boquiabierto al anfitrión y sus invitados… Mi entrada en el salón prometía ser apoteósica: una tarima rodante forrada con algo parecido a césped y saliendo de él, yo, transformado en una enorme planta carnívora.
Llegaba el día esperado, todo a punto… Y la gripe llamó a mi puerta.
FIN
MOMENTOS GOLOSOS
Me gustaba especialmente aquella encantadora pastelería. No solo por las exquisiteces que ofrecía, también me agradaba Rogelio, el dueño del comercio, un viudo maduro, con buena planta. Trataba a su numerosa clientela con esmerada educación, “gracias por su visita”, acostumbraba a decir invariablemente al despedir al comprador de turno.
Yo solía pasar a última hora de la tarde, al salir de misa; había poca gente y podíamos charlar un ratito. Rogelio, conversador ameno y culto, siempre planteaba algún tema interesante que nos entretenía dilatando el momento de la despedida y es que, en realidad, a ninguno nos esperaba nadie en casa.
La noche que ceremoniosamente me pidió relaciones, la despedida fue diferente “gracias por quedarte”, me dijo.
FIN
FANTASÍA
Me enteré por casualidad; yo esperaba a una amiga en la cafetería que ocupa los bajos de mi oficina; en un extremo de la barra un hombre escuchaba atentamente a otro; no podía verle pero su voz me resultó familiar; me acerqué disimuladamente y le oí comentar su fantasía erótica: una mujer enmascarada y vestida de monja le aborda, le retiene, le seduce hasta dejarle tan extenuado que cae rendido… cuando despierta la asaltante ha desaparecido.
A los pocos días, cuando ya no quedaba nadie en la oficina entré en el despacho de mi jefe. Ave María Purísima, le dije, y cerré la puerta con llave.
FIN
LA VOZ DEL PASADO
¿Y por qué hablar de ella? No fue casualidad; el destino volvía a ponerme en su camino, como antaño cuando me salvó de la orfandad, de la cuesta descendente que mi loca adolescencia había tomado y me llevaba irremediablemente a la prisión, o a la tumba.
En estos días duros, aciagos, en los que mi mundo se hunde, que vuelvo a estar solo y ofuscado, una voz del pasado la mencionó y supe que, a pesar del tiempo, de mi afán por borrar el ayer y de mi despego, su ternura me ayudaría a renacer, a superar el divorcio, el fracaso.
Llegué frente al Hospicio y pulsé el timbre rezando, como ella me enseñó, para que aún viviera.
FIN
MEMORIA SELECTIVA
Tal vez si hubiera preguntado dónde, podría haberme enrollado un poco, pero preguntar “quién, contra quién y cuándo” me hundió; necesitaba poner nombres, fechas concretas, y por más que me exprimía la sesera no me salía ni uno; a mí eso de las batallitas, los reyes y tantas mandangas antiguas no se me queda; entregué el examen y me largué a la cafetería. Echaban en la tele “La guerra de las Galaxias”; me la sabía de memoria pero total, tenía que esperar a que salieran los compañeros…
FIN
DESPEDIDA DE SOLTERO
Manuel estaba asombrado. La fiesta, tan misteriosamente preparada por sus amigos, resultó decepcionante: un pub en su misma calle, dos chistes, una copa… ¿dónde estaba la maciza saliendo de la tarta? ¿Dónde las burradas a las que eran tan aficionados?
Por una vez debemos ser comedidos; si llegas a la iglesia con ojeras y resaca tu novia nos mata, alegaron desoyendo sus quejas, empujándole para que saliera con ellos y se marchara a dormir, y desaparecieron en masa dejándole plantado.
Abatido y solo decidió alargar la velada, pidió más güisqui y subió a casa pasada la una. En la puerta había un sobre. ¡Al ataque! ponía el tarjetón firmado por la panda.
Sobre la cama encontró un paquete enorme envuelto en plástico de burbujas, con un lazo gigantesco. ¡Era esto! exclamó sonriendo y volvió a animarse. Lo desató sin prisa y desplegó las pompas sospechando la sorpresa. Fue impactante: una hermosa mujer desnuda miraba sin ver, con la boca amoratada, desencajada en un grito desesperado, inútil.
Manuel se sentó en el suelo y rompió a llorar.
FIN
BÚSQUEDA
No sé porqué estoy aquí. Lo ignoro, pero continúo viniendo. La inquietud me sobrevino apenas emergí del sopor de la anestesia. No sabía de qué se trataba pero algo me inquietaba. La intervención ha sido un éxito, escuchaba decir a médicos, enfermeras y familiares. Es fuerte, se recuperará rápido, y es de esperar que sin problemas. Y así fue; No habían pasado quince días y ya estaba de vuelta a casa. Vivir solo y ser solterón tiene muchas ventajas aunque también inconvenientes, y mis hermanas se empeñaron en contratar a una mujer para que me cuidase. La odiaba. Me tenía secuestrado. Yo necesitaba salir, sentirme vivo, escapar para ir… ¿adónde? Ciertamente no lo sabía aunque sentía la urgencia de hacerlo. Y lo hice. Salía a la calle, me dejaba llevar y ya fuese a pie, en autobús o Metro, al cabo de un tiempo caí en la cuenta de que siempre terminaba en la misma zona: un parquecito con una fuentecilla cantarina en el centro y bancos de madera rodeando el perímetro; en las inmediaciones casas antiguas, señoriales, con miradores de forja en la fachada. Yo daba vueltas y me acomodaba cada vez en un banco, como probando algo aunque, indefectiblemente, acababa ocupando el que se situaba frente a un portal grande, con zaguán, y observaba quién entraba y salía.
Han trascurrido varios meses infructuosos; el parque se colorea de ocres y siento que sea lo que fuere que busco, es una quimera. Me doy por vencido y me convenzo: será la última vez que vengo al parque. Me marcho derrotado, cabizbajo y en mi obcecación arrollo a alguien que sale del portal. Musito una disculpa sin apenas mirar.
─ No tiene importancia ─ asegura una voz femenina y al oírla siento como una descarga eléctrica que me paraliza.
Encubierto tras las gafas ahumadas, la miro sin disimulo; es una mujer madura, atractiva a pesar de ir discretamente vestida, toda de negro. En la mano derecha lleva dos alianzas, una de ellas a todas luces de hombre, por el tamaño. Tiene los ojos tristes, pero su semblante es dulce. Se rebulle violenta por mi actitud y reanuda su camino.
─ Creo que tengo algo que le pertenece ─ digo al cabo.
Mi declaración la detiene. Duda, pero al fin se vuelve. Yo me llevo la mano al pecho. Y ella me mira intrigada, sin comprender hasta que me golpeo el corazón. Entonces, aunque los ojos se le llenan de lágrimas, sonríe.
FIN
LA PRIMERA CITA.
Eres malo para hacer la guerra, dijo mi mujer.
-Te sobra entusiasmo, pero careces de picardía- aclaró- Para desbancar a tu oponente debes usar estrategia. Ciertos detalles y gestos, dicen más que los alardes de fuerza; resérvalos para defender tu conquista. ¿Vas a liarte a tortas con Luisito? No, hijo, no. Fíate de tu madre; sugeriría que te ganases su confianza y sabrías con qué armas luchar para derrotarle.
-Me parece un consejo rastrero- apunté yo, y mi mujer me fulminó con la mirada.
-Debe aprender desde pequeño a pelear por lo que quiere; en el amor vale todo. Le gusta Martita… pues a por ella- arregló la corbata del chico, le atusó el flequillo rebelde y le besó.
-Diviértete, hijo. Y recuerda: a las diez te quiero en casa.
FIN
EN TABLAS
A mi mujer no le gusta que le fastidie sus estrategias; la conozco a la perfección y su siguiente movimiento será sacar el caballo, después el alfil. Dejo que lo haga e incluso a mi turno, intencionadamente, cometo un error que precipita el jaque mate. Tumbo sobre el tablero al rey y le guiño un ojo a mi sonriente y hermosa contrincante; ella sabe que yo también tengo mis tácticas y me sigue el juego.
FIN
SI FUERA TAN FÁCIL...
-¿Por qué me mira así? Señorita, no es para llorar; sólo he pregunto si usted conoce a ese señor alemán. Creo Que tengo algo que es suyo y no me gustaría quedármelo; mi deber es devolvérselo, aunque en este momento no recuerdo bien qué es... ¿Usted lo sabe, señorita?
-Papá, no te preocupes. Y come.
FIN
Pilar
ÁNIMOS ENCENDIDOS
Le despertó un olor agrio a goma quemada; abrió la ventana, Madrid ardía por completo. Un espectáculo dantesco originado por una riña de aparcamiento- voceaba la radio del vecino. Testigos presénciales declaran que el individuo, sin mediar palabra, volvió con un bidón prendiendo fuego al vehículo motivo de la disputa. Se desconoce su identidad, pero aseguran que estaba ebrio y tiene el rostro atravesado por una horrible cicatriz. Los daños materiales son incalculables. Las víctimas se cuentan por cientos…
Atilano, pensativo, se rascó la sien, la matadura que le atravesaba la cara hasta perderse en la camisa ahumada. Se encogió de hombros y volvió a la cama; la resaca le estaba matando.
FIN
Pilar
TRAPOS SUCIOS
Todo el mundo sabía que era una mujer bala; sus palabras herían, a veces mataban y, sin embargo, su programa alcanzaba las máximas cuotas de audiencia. Siguió defenestrando reputaciones, mutilando vidas y siempre preservando celosamente la suya. La noche que desde el pasado el hombre sin futuro surgió como una sombra, a la mujer bala se le atravesó el proyectil en la garganta y la dejó muda.
FIN
Pilar
EN EL ÚLTIMO MOMENTO
-¿Cuándo te decidirás? Julio, yo te quiero.
Cuando cerró la puerta me quedé pensando qué habría querido decir con aquellas palabras. Y no era la primera vez que lo preguntaba, pero la coletilla… El tono serio, la mirada profunda, fue lo insólito. ¿Realmente hablaba de amor? Nos conocíamos hacía tres años, cuando empezó a trabajar en la agencia, y sintonizamos rápido. Nos sentímos bien juntos, tenemos gustos afines, me agrada y nos queremos. ¡Por supuesto! De ahí al amor…
Julio abrió la ventana y aguardó hasta que apareció saliendo del portal. Desde la acera alzó la cara y le sopló un beso con la punta de los dedos.
Sospeché que sería el último y me entró pánico.
-¡Vuelve, Luís!- grité decidido.
FIN
Pilar
ALMAEl coche se detuvo sin motivo al pasar por Magno. La aldea, pura ironía con seis casas ruinosas, no figuraba en el mapa. Deambulé buscando ayuda o cama donde pernoctar, pero el lugar parecía solitario, dormido. Sólo la luna, redonda y sonriente, avivaba las ventanas opacas, las calles desiertas, proyectando sombras inquietantes. Volví al coche y la vi, tenue y bella, junto al cartel con el nombre del pueblo. -Te esperaba- dijo tendiéndome las manos-. Soy Alma. No pronuncié palabra, no pude, Alma enmudeció mi voz y mi mente envolviéndome entre sus brazos posesivos, y la noche invernal se caldeó con nuestra pasión. El alba, me sorprendió aterido, desorientado y solo; creí haber soñado el encuentro aunque mi piel lo negaba guardando el aroma de la suya a madera perfumada, y en los labios aún perduraba el sabor delicado a frutas maduras de los de Alma. El coche arrancó y, confuso, abandoné Margo, mas nadie supo darme razón de la joven ni del lugar. Volví a buscar a ambos sin hallarlos, y quise convencerme de que solamente fue un sueño, el cansancio del viaje… pretendí persuadirme, aunque nunca olvidé el inquietante encuentro. Después de años, hoy, leyéndole a mi hija una leyenda, Alma, bella y misteriosa como la recordaba, me sonreía apoyada en el letrero de Magno desde una ilustración a todo color. FIN
Pilar
CUALQUIER DÍA ES NAVIDADLa mujer del retrato sonríe pletórica de vida; contrasta la mirada radiante con la vacuidad que muestran ahora sus ojos. En muy pocos años la enfermedad se ha apoderado de Nieves condenándola a una decadencia temprana, a la aislante ausencia. Federico no soporta verla así. Odia su gesto bobalicón, el hilillo de saliva que, a veces, se le escurre por la boca torcida, el abrir y cerrar espasmódico de las manos que antes fueron resueltas y vehementes de día, acariciadoras y apasionadas de noche. Lo odia tanto como se aborrece a sí mismo por detestarlo. No sabe cómo tratarla, no asume que cada vez más frecuentemente no le reconozca, que le mire y le hable como si él fuese un extraño. Llevado de la desesperación, en ocasiones fantasea con la idea de acabar con todo; la medicación que toma conlleva riesgos si se excede de la dosis; sería tan sencillo… Huye Federico de casa a la menor oportunidad, se deja llevar por los pasos que no llevan a ninguna parte, por el deambular del hombre abatido que no espera nada. Ya no. Suele recalar en el parque, en cualquier banco, y deja que el tiempo se le escape sin hacer otra cosa que dejarlo correr. Envidia a las parejas canosas que pasean del brazo, o que empujan el carrito del nieto, o que lo vigilan mientras juega o se columpia; actos sencillos, cotidianos de los que él no puede disfrutar. Ni siquiera se percata de que la primavera ya templa el aire, que ya colorea parterres y terrazas, que hermosea en tiernos verdes los árboles de jardines y calles. Cuando regresa lo hace con temor, con la incertidumbre de si ella habrá hecho algún desmán, si habrá burlado la vigilancia de la chica que la cuida por unas horas. Hoy la encuentra sentada en el suelo, rodeada de cajas, lazos, tiras de espumillón, de guirnaldas y bolas de colores; feliz como una niña, se afana en amontonar pastorcillos y ovejas, a San José, un camello, las lavanderas y soldados de Herodes. -Ya es Navidad- dice y tararea un villancico. Por la mente de Federico pasa como una centella la imagen de la medicina liberadora. Nieves le sonríe mientras canta y le ofrece una estrella dorada. Él, resignado, le sigue la corriente. Al fin y al cabo, piensa, la Navidad es lo que tiene, hace que nos sintamos generosos. FIN
Pilar
JUAN ARTERO, DIRECTOR
Rutinariamente, intercambio sus pulseras identificativas, y ya veo la placa dorada con mi nombre grabado; también la noticia, seguro que mañana los medios de comunicación, ¡menudos son!, airearán el lamentable suceso.
Por error extirpan el apéndice a un paciente de traumatología. “Uno más de la larga lista de irregularidades que se cometen habitualmente en la Clínica Óptima”. Relee satisfecho el titular y la entradilla publicados la semana anterior.
A estas alturas, mejor deberían llamarla “Deplorable”, piensa Artero divertido; después, se enfrasca en repasar el listado de admisiones.
FIN
Pilar
EL PASADO 24 DE OCTUBRE Y BAJO EL PSEUDÓNIMO "TUSITALA", GANÉ EL PRIMER PREMIO DEL CONCURSO "UNA IMAGEN EN MIL PALABRAS" ESTE ES EL RELATO GANADOR Y DESDE AQUÍ MI AGRADECIMIENTO A MANUEL TÉVAR, PRESIDENTE DE ARS CREATIO, POR PERMITIRME PUBLICARLO. QUERIDO PAPÁ
Papá sólo era una foto sobre el piano cerrado, el rostro afable de un apuesto y joven hombre, un cuento escuchado desde siempre. Eso era para mí. Para mamá, un batir de pestañas, el suspiro hondo cuando acaricia el retrato con sus dedos largos, como de porcelana de puro frágiles. Y es que no es fácil querer a alguien a quien no has conocido. Aunque ese alguien sea tu padre. Junto al retrato, el libro de poemas; mamá guarda entre sus páginas una fotografía y una carta, la primera remitida por papá desde aquel exótico país. “El pequeño hotel en el que me alojo está bien situado, aledaño al río, y la habitación es cómoda y limpia, aunque sin lujos; lo regenta un matrimonio, y Lalo, su hijo, muchacho dispuesto y servicial que me está facilitando ubicarme. Desde mi ventana veo el canal. Las barcas constituyen el medio de vida de los nativos y en muchos casos su hogar; a bordo de ellas venden sus peculiares productos, pasean a los visitantes… Esa es la cara amable, el tipismo que ven los turistas; la trastienda es bien distinta: miseria, enfermedad, incultura. Hay tanto por hacer…” Mi padre era ingeniero, la empresa para la que trabajaba realizaba obras por todo el mundo y él iba allí donde tocaba. Por eso no estaba nunca en casa, le justifica invariablemente mi madre, venía cuando sus obligaciones le permitían, aunque siempre se acordaba de nosotros, de ti, dice, y esgrime una miniatura de barca con sombrilla, reproducción fiel de las que aparecen en la foto. Es el primer regalo que te trajo. Era tan detallista, tan tierno, apostilla e insiste en relatarme por enésima vez pormenores, en un vano intento de que yo recuerde. De nada sirve que le indique que la memoria en niños de apenas un año es poco menos que nula. Mamá, con un abaniqueo impaciente de manos, me silencia, ignora el inciso y se empeña en mil detalles que a mí se me antojan tan remotos y desvaídos como la presencia paterna. Cuando va alcanzando el punto crucial de la historia hace una larga pausa, y se acerca un minúsculo pañuelo a los ojos lacrimosos. Con cada nueva frase suspira y ralentiza el tono, en contraposición con el llanto que arrecia hasta derramarse en torrente al concluir, casi musitando: … “Y le perdimos para siempre.” Porque mi padre desapareció; se lo tragó la selva, la catarata, el río… no lo sabemos con certeza. Sucedió durante un viaje de prospección; marchó de amanecida, solo y conduciendo un todo-terreno, con intención de evaluar una zona en la que proyectaban construir un puente. Nunca llegó. Su rastro se perdió a medio camino, aunque le recordaban algunos lugareños de una aldea en la que paró por breve tiempo. Después: nada. Ni un indicio, un resto, ni tan siquiera el vehículo fue localizado. Lo que yo sí encontré fue aquella carta. Acababa de cumplir veinticinco años y era la víspera de mi boda. Mamá me ofreció los pendientes y el collar de perlas que le regalase mi padre con motivo de mi nacimiento, empeñada en que los luciera en la ceremonia, convencida de que sería un bello homenaje; a mí no terminaba de gustarme la idea, se me figuraban demasiado “formales”, y estaba trasteando en su joyero en busca de otro adorno más acorde con mi gusto y edad cuando, en el fondo de la caja, tropecé con un papel amarillento, cuidadosamente doblado. La carta no era demasiado larga, un folio escrito con una letra que de inmediato hermané con la que escondía el libro de poemas. Tras los prolegómenos rutinarios, llegué al meollo. “… apenas tenemos ya nada en común, la hija, por supuesto, pero si el roce hace el cariño… aunque sea un tópico manido no por eso es menos cierto, tanto como que nuestro matrimonio no es tal; la distancia no sólo separa físicamente, también enfría los sentimientos hasta que se desvanecen en nuestro ánimo, como se ha desdibujado el rostro de la niña, el tuyo. Las noches aquí son tórridas y largas, más largas aún sin compañía, sin nadie que te espere, que te escuche, que te reciba tras una larga jornada de trabajo. Creo que anteriormente te he hablado de Lalo, de la amistad y entendimiento que hemos trabado en este tiempo, pues bien, él ha templado mi corazón y…” Y su cama, pensé estupefacta, asqueada. A duras penas logré continuar leyendo. “No me busques, salgo de inmediato hacia un nuevo país contratado por otra empresa; quiero dar un giro total a mi vida, empezar de cero”. Así de frío, así de rotundo daba por zanjado su matrimonio, su paternidad. La indignación me asfixiaba, por el fraude, el abandono de él y por el engaño de mamá, que durante veintitrés años me ocultó la verdad. Guardé la carta y salí dispuesta a enfrentarme a ella, a tirar del hilo de aquella madeja de sentimientos sin devanar que me estaban estrangulando. La encontré en el salón con el retrato en la mano. Y lo vi. En los surcos de su rostro, prematuramente mustio, estaba escrita la historia de su drama íntimo. Vi que en los ojos brillantes no sólo había llanto, descubrí un atisbo de anhelo que si bien me sublevó, también me desarmó. El tiempo, ladrón infame y falsario, incita a creer que podemos hacer vivir para siempre aquello que amamos, y mamá seguía amando a mi padre con una devoción indeleble, o quizá su mente se negaba a reconocer la traición aferrándose al quimérico recuerdo que se forjase. ¿En cualquier caso, con qué derecho podía yo arrebatarle aquellas migajas de dignidad, de ilusión? Y vi a mi padre bajo otro prisma; aquél rostro dulce en realidad denotaba cierta blandura, igual que la mano, demasiado lánguida, que sostenía el mentón poco marcado. Estarías tan orgulloso de ella… escuché a mamá decirle a la foto. -Tienes razón- dije tratando de tragarme las lágrimas, abrazándola fuerte-, las perlas son bonitas. Las luciré mañana. FIN
DESDE LA DISTANCIA
Se nota con mirarte que no te han querido bien. No es difícil adivinarlo, los ojos huidizos, ese gesto nervioso de las manos y el más indicativo: replegarte evitando la cercanía, el contacto.
Paseas por el jardín como un espectro, añorando las rosas aún sin abrir, sin apenas fijarte en la belleza que te rodea. Cuando te veo así tengo que frenarme para no correr a tu lado; ansío abrazarte, acunarte y repetirte bajito que estás a salvo, que yo cuidaré para que él nunca más pueda dañarte.
Sería maravilloso acariciarte el pelo. A veces lo llevas suelto, desplegado por la espalda como una mantilla negra; es como más me gusta.
Cuando sales con él siempre lo llevas recogido. Cuando sales con él siempre vas un paso por detrás, mirando al suelo, sin hablar. Cuando sales con él me hierve la sangre.
Es terrible estar a tu lado y saber que nunca te podré tener.
Es terrible que la primavera venga tardía.
Es terrible ser el insignificante jardinero que cuida tus rosales.
FIN


